Mundial 2026, el fútbol del pueblo en tiempos de genocidio, racismo y negocios – Por Alejandra Rizzo
Mundial 2026, el fútbol del pueblo en tiempos de genocidio, racismo y negocios
¡Nunca más un mundial de fútbol con genocidio como vivimos en el 78!”
La pelota… no se mancha*
*Alejandra Rizzo
La idea de que el fútbol y la política son asuntos separados ha sido una de las ficciones más exitosas construidas por las élites deportivas. Cada Mundial se encargó de desmentirla. La Copa del Mundo 2026, organizada por Estados Unidos, México y Canadá, comenzó atravesada por genocidios, conflictos geopolíticos, persecuciones migratorias, denuncias por violaciones a los derechos humanos, discursos de odio y una creciente mercantilización del deporte.
No se trata de un detalle secundario, el mundial es el evento deportivo más importante y convocante. Ningún otro espectáculo concentra durante un mes semejante atención mediática, económica y cultural. Por eso mismo se convierte en un espacio privilegiado para disputar sentidos, construir legitimidad política y proyectar poder.
Mientras millones de personas celebran la realización del torneo, el mundo atraviesa una de las etapas más violentas y convulsionadas de las últimas décadas. El genocidio contra el pueblo palestino continúa ocupando el centro de la agenda internacional. A su vez, el avance del facismo en la región y en el mundo, las políticas antimigratorias, la criminalización de la protesta, la violencia racista y los discursos antifeministas reconfiguran las condiciones en las que se disputa esta Copa del Mundo.
Las sedes tampoco son escenarios neutrales. Estados Unidos organiza el torneo bajo la presidencia de Donald Trump, cuyo gobierno profundizó las políticas antimigratorias, las deportaciones masivas y la militarización de las fronteras. La contradicción resulta evidente: mientras la FIFA, presidida por Gianni Infantino, promueve la Copa del Mundo como una celebración de la diversidad, la integración y el encuentro entre los pueblos, uno de sus principales anfitriones fortalece mecanismos de exclusión contra quienes son expulsados por la desigualdad, la violencia y las crisis que el propio orden global produce.
En ese escenario, las denuncias vinculadas al Mundial no se limitan a una sola sede ni a un solo conflicto. Las campañas de solidaridad con Palestina, las acciones impulsadas por el movimiento Boicot, Desinversión y Sanciones, las protestas de hinchas en distintas ciudades, las denuncias de las madres buscadoras mexicanas y las intervenciones contra los femicidios muestran que la Copa del Mundo también puede ser utilizada para amplificar las voces de quienes habitualmente son excluidos de los grandes medios y de los espacios de poder.
En Argentina, la campaña impulsada por Ahora Que Sí Nos Ven bajo la consigna “Porque los derechos de mujeres y diversidades también importan cuando rueda la pelota” vuelve a colocar una pregunta necesaria. Desde 2015 se registraron al menos 3205 víctimas letales de violencia de género: 3144 femicidios directos y vinculados, 46 transfemicidios y travesticidios, y 15 investigaciones al suicidio. A esto se suma el desmantelamiento de políticas públicas fundamentales para la prevención y asistencia, junto con discursos negacionistas y odiantes que banalizan la violencia de género y ponen en riesgo la vida de mujeres y disidencias.
Lejos de ser una simple organizadora de competencias deportivas, la FIFA se consolidó como un actor político global. Aunque insiste en presentarse como una institución neutral y apolítica, pocas organizaciones poseen hoy una capacidad de influencia semejante sobre gobiernos y Estados. La entidad negocia directamente con presidentes, condiciona legislaciones nacionales, exige modificaciones en materia de seguridad, infraestructura y comercio, y obtiene beneficios económicos y fiscales extraordinarios para sus torneos.
La historia reciente demuestra que su supuesta neutralidad es profundamente selectiva. La FIFA sanciona expresiones políticas de jugadores, selecciones o hinchadas cuando estas cuestionan determinados intereses, pero mantiene silencio frente a numerosos conflictos vinculados a los derechos humanos. Esa selectividad se vuelve todavía más evidente cuando se observan las decisiones adoptadas en torno a Palestina, las migraciones y la diversidad.
Las críticas se profundizaron durante la previa del Mundial cuando la FIFA eliminó la campaña “Unite for Inclusion”, una iniciativa creada para promover la diversidad y la no discriminación. La decisión fue leída por organizaciones de derechos humanos como una señal de retroceso frente al avance de sectores conservadores y discursos excluyentes. La omisión afecta especialmente a poblaciones LGBT+, personas migrantes, periodistas y sectores históricamente violentados dentro y fuera de las canchas.
Algo similar ocurre con Palestina. La detención de las futbolistas palestinas Rand Halawani y Natalie Abu Dayyeh volvió a colocar a la FIFA frente a cuestionamientos internacionales. La Asociación Palestina de Fútbol denuncia desde hace meses ataques contra deportistas, restricciones a la actividad deportiva y violaciones sistemáticas de derechos humanos. Sin embargo, la respuesta de la organización ha sido muy distinta a la aplicada en otros conflictos internacionales. La pregunta resulta inevitable: ¿por qué algunos casos generan sanciones inmediatas y otros son ignorados?
Las contradicciones de la FIFA no son nuevas. Mucho antes de que los escándalos de corrupción sacudieran a la organización, hubo una figura que denunció públicamente el funcionamiento de la dirigencia mundial del fútbol: Diego Armando Maradona.
La tensión entre Maradona y la FIFA fue mucho más que una pelea personal. Expresó una disputa política sobre quién debía controlar el fútbol. Durante años, Diego cuestionó a los dirigentes que transformaban una pasión popular en una mercancía global administrada por corporaciones y burócratas deportivos. Sus críticas a João Havelange y Joseph Blatter anticiparon buena parte de las denuncias que más tarde serían confirmadas por investigaciones judiciales internacionales.
Maradona entendía que la pelea no era solamente deportiva. Detrás de cada negocio, de cada patrocinador y de cada decisión dirigencial existía una discusión sobre el sentido mismo del fútbol. Su figura condensaba muchas de las contradicciones de los sectores populares: rebeldía, irreverencia, identificación con los de abajo y una confrontación permanente con las estructuras de poder. Por eso sigue resultando incómodo incluso después de su muerte.
La célebre frase “la pelota no se mancha” fue mucho más que una despedida. Fue una declaración política. La defensa de la idea de que el fútbol pertenece a quienes lo juegan, lo sienten y lo construyen cotidianamente en los barrios, y no a quienes buscan administrarlo únicamente como un negocio.
La historia muestra que el fútbol puede ser utilizado tanto para la propaganda como para la resistencia. Precisamente porque concentra la atención de millones de personas, cada Mundial se convierte en un escenario donde se enfrentan proyectos políticos, relatos oficiales y demandas sociales.
El Mundial de Argentina 1978 constituye uno de los ejemplos más claros de esa contradicción. Mientras la dictadura encabezada por Jorge Rafael Videla utilizaba el torneo para construir una imagen de normalidad y ocultar el terrorismo de Estado, los organismos de derechos humanos aprovecharon la presencia de periodistas extranjeros para denunciar las desapariciones, la tortura y la represión. Las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo encontraron en la cobertura internacional una oportunidad para romper el silencio impuesto por la dictadura. Aquella Copa del Mundo fue utilizada por el poder para legitimarse, pero también por los pueblos para resistir.
El Mundial 2026 marca un nuevo salto en la mercantilización del fútbol a escala global. Detrás de la expansión del torneo aparecen patrocinadores globales, plataformas digitales, empresas tecnológicas, cadenas televisivas y casas de apuestas que encuentran en el fútbol una fuente inagotable de ganancias. La lógica del mercado ya no se limita a la transmisión de partidos: alcanza a las redes sociales, los videojuegos, las apuestas online y las nuevas formas de consumo digital.
Esa lógica comercial avanza incluso sobre las infancias. Videojuegos, plataformas de apuestas deportivas, sistemas de recompensas digitales y mecanismos de gamificación convierten cada experiencia vinculada al fútbol en una oportunidad de consumo. Lo que alguna vez fue una práctica colectiva nacida en los barrios aparece cada vez más integrada a las dinámicas del mercado global, en esta nueva fase del capitalismo.
Sin embargo, el fútbol conserva una dimensión profundamente popular que ninguna corporación ha logrado eliminar. Precisamente porque sigue siendo una pasión compartida por millones de personas, continúa funcionando como un espacio de resistencia, encuentro y disputa cultural.
Las campañas de solidaridad con Palestina, las acciones impulsadas por el movimiento Boicot, Desinversión y Sanciones (BDS), las protestas de hinchas en distintas ciudades, las denuncias de las madres buscadoras mexicanas, las intervenciones contra los femicidios y las expresiones contra el racismo muestran que el Mundial también puede ser utilizado para amplificar las voces de quienes habitualmente son excluidos de los grandes medios y de los espacios de poder.
La disputa por el sentido del fútbol sigue abierta porque el Mundial no sólo ordena calendarios deportivos, también concentra intereses económicos, decisiones del estado, estrategias de legitimación política y formas de organización popular. Allí donde las corporaciones, los gobiernos y la FIFA buscan administrar la pasión como mercancía, los pueblos insisten en devolverle al fútbol su dimensión colectiva: la memoria de los barrios, la identidad de las hinchadas, la denuncia en las tribunas, la organización en las calles y la solidaridad que atraviesa fronteras. Por eso, la verdadera disputa de esta Copa del Mundo no se juega únicamente en las canchas de Estados Unidos, México o Canadá, sino también en cada espacio donde esa atención global puede ser convertida en una voz contra el genocidio, el racismo, la violencia patriarcal y la mercantilización de la vida.
*Alejandra Rizzo, militante feminista argentina e integrante de la Colectiva Feminista Aquelarre en la provincia de San Luis, Argentina. Analista de Nodal
