Venezuela | ¿Cómo fue la respuesta sísmica del Estado durante las primeras 72 horas? – Por Misión Verdad
¿Cómo fue la respuesta sísmica del Estado durante las primeras 72 horas?
Cuando analizamos la respuesta de un país ante una catástrofe natural, debemos dejar de lado la retórica política y fijarnos en la organización de sus instituciones y en los datos objetivos. Tras el doble terremoto del 24 de junio de 2026, la agilidad con la que el Estado venezolano afrontó el golpe y gestionó la crisis revela un método de seguridad que contradice la idea de un colapso institucional o de un gobierno inactivo.
Cuando las capacidades logísticas y operativas de las alcaldías y gobernaciones en la Gran Caracas y el estado La Guaira se vieron inmediatamente desbordadas, la respuesta centralizada impidió la fragmentación de los esfuerzos sobre el terreno.
La respuesta institucional y el mando cívico-militar
La activación del Estado Mayor de Emergencia, apenas hora y media después de registrarse los sismos, se ejecutó bajo el amparo constitucional del Estado de Alarma, una instancia que centralizó la toma de decisiones. En la gestión de catástrofes de gran escala, la dispersión de directrices suele ser el principal vector de ineficiencia; el Estado Mayor anuló la autonomía de los componentes militares, policiales o de rescate, lo cual los obligó a subordinar cada movimiento de maquinaria, tropas o insumos a una mesa técnica unificada.
La designación del mayor general Juan Ernesto Sulbarán Quintero como Autoridad Única del Estado Mayor garantizó que la cadena de mando mantuviera un criterio operativo-militar en el terreno, mientras que la articulación macro de recursos quedó en manos del poder ejecutivo central. La estructura sectorial combinó áreas críticas del gabinete para evitar fisuras logísticas:
Dirección Ejecutiva y Presupuesto. Coordinada por la presidenta encargada Delcy Rodríguez, asumió el enlace con ministerios y la gestión de la asistencia internacional.
Seguridad y Orden Interno. Dirigida por Diosdado Cabello, centralizó el despliegue de la Policía Nacional Bolivariana (PNB), policías estadales, bomberos y Protección Civil.
Servicios, Infraestructura y Finanzas. Conducida por los vicepresidentes sectoriales Juan José Ramírez (Obras Públicas), Héctor Rodríguez (Atención Social) y Calixto Ortega (Economía), garantizó la viabilidad financiera de las operaciones de contingencia.
Esta concentración del mando permitió que los recursos pesados de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana (aeronaves, helicópteros, transporte y cocinas de campaña) se pusieran de inmediato a disposición de los cuerpos civiles de Protección Civil y Bomberos.
La gestión de las primeras 72 horas
La efectividad de un protocolo de emergencia se mide por la pertinencia de sus primeras decisiones. El Estado Mayor dictó tres líneas de acción verticales que determinaron la estabilización de la crisis en los focos más afectados de la capital y el litoral central:
Aseguramiento del canal logístico crítico. Ingeniería Militar y el Ministerio de Transporte priorizaron de forma exclusiva el despeje de los deslizamientos en la autopista Caracas-La Guaira. Garantizar la conectividad entre el epicentro del desastre y la capital —donde se concentra la mayor densidad hospitalaria y de almacenamiento del país— era la condición obligatoria para el flujo de ambulancias y suministros pesados.
Sectorización territorial. La Guaira y los puntos afectados de Caracas fueron divididos en cuadrantes de contingencia, asignando a cada uno un jefe militar y un jefe civil. Este diseño técnico permitió el levantamiento de datos en tiempo real sobre las necesidades de búsqueda y salvamento, lo cual evitó la duplicidad de esfuerzos en sectores sobreexpuestos y el abandono de las zonas periféricas.
Fiscalización de los flujos de ayuda. Se centralizaron los centros de acopio estratégicos —como el Poliedro de Caracas y las instalaciones portuarias y aeroportuarias de La Guaira— bajo administración directa del Estado Mayor, registrando cada tonelada de insumo entrante para auditar su posterior distribución.
Métricas del despliegue en el terreno
El despliegue inicial partió de 4 mil funcionarios en las primeras 24 horas, ascendió a 11 mil a las 48 horas y actualmente supera los 29 mil efectivos cívico-militares concentrados principalmente en el estado La Guaira —declarado Zona de Desastre—.
A la par de este contingente, los registros oficiales computan la inscripción de más de 19 mil voluntarios en la primera jornada y el despliegue de 151 perros especializados en búsqueda y salvamento urbanos.
En el ámbito de la atención social y los servicios públicos, la estabilización de los indicadores muestra el siguiente comportamiento:
Infraestructura de refugio. Instalación de 80 campamentos transitorios desde el 25 de junio, que albergan actualmente a 17 642 personas en situación de damnificación, con cobertura de alimentación, camas y asistencia psicológica.
Servicios básicos. Restablecimiento de 90% del sistema eléctrico y de la red de distribución de agua potable en los cuadrantes afectados, complementado con el reparto de más de 5 millones de litros de agua a través de cisternas.
Seguridad ciudadana. Las estadísticas del Ministerio de Relaciones Interiores arrojaron un índice de pillaje y criminalidad de 0% en las zonas afectadas durante las primeras 72 horas. En la historia internacional de los eventos sísmicos de gran magnitud, el caos social y el saqueo inmediato suelen ser la norma; el sellado perimetral ejecutado por la FANB y los Cuadrantes de Paz ha operado como un factor de disuasión y protección para las víctimas.
El ejercicio de la soberanía en la cooperación internacional
La narrativa que sugiere que la ayuda humanitaria extranjera desplazó o sustituyó la autoridad local queda desmentida por los mecanismos de control migratorio, sanitario y logístico impuestos por el Estado venezolano. A pesar de los daños estructurales que sufrió inicialmente el Aeropuerto Internacional de Maiquetía, la administración central habilitó corredores aéreos de contingencia que permitieron el ingreso ordenado de rescatistas procedentes de nueve países en los primeros tres días, y luego se procesó formalmente la solidaridad de 147 naciones y 31 organismos internacionales.
El principal indicador de la vigencia del control estatal fue la activación del protocolo internacional Cicom (Célula de Información y Coordinación Médica), avalado por la Organización Panamericana de Salud (OPS) y la OMS. A través de esta célula, el Ministerio de Salud venezolano asumió la dirección de las brigadas médicas internacionales y de los 11 hospitales de campaña extranjeros —incluido el módulo médico-quirúrgico de alta complejidad enviado por Estados Unidos y las estructuras instaladas por la Federación Internacional de la Cruz Roja en el estadio Jorge Luis García Carneiro). Cada componente médico externo recibió una asignación geográfica exacta sujeta al mapa de daños del Estado Mayor.
El flujo de auxilio técnico inicial —que incluyó los contingentes avanzados de El Salvador, las unidades Insarag de la ONU (Chile, Colombia, México, Italia, Suiza, España y Francia), el puente humanitario de la Cruz Roja con 40 toneladas de suministros, la tecnología de alta precisión de Israel y el acceso a imágenes satelitales facilitado por Washington y Beijing— se insertó dentro de una planificación territorial preexistente diseñada por el comando unificado, concentrada prioritariamente en los más de 100 edificios colapsados en Catia La Mar y Tanaguarenas.
La reacción estatal ante los sismos del 24 de junio prueba que hubo sinergia entre distintos organismos de manera unificada, un protocolo de defensa arraigado, el cual ha respondido con la rigurosidad técnica requerida por la catástrofe natural más grave ocurrida en el país.
Gran Misión Venezuela Renace y el desafío de reconstruir el hábitat
El 24 de junio de 2026, la realidad estructural y social de la región central de Venezuela fue sacudida por un evento sísmico sin precedentes recientes. Lo que técnicamente se denominó un «doblete sísmico» dejó sentir su impacto con extrema violencia en una profundidad superficial menor a los 15 kilómetros.
Especialistas del Ministerio de Ciencia y Tecnología (Mincyt) afirman que la liberación de energía del primer sismo equivale a 63 bombas atómicas como la de Hiroshima (1945), mientras que el segundo, que se produjo menos de un minuto después, alcanzó un equivalente cercano a 178. El fenómeno conmovió los cimientos de la infraestructura urbana de la Gran Caracas y, especialmente, del estado La Guaira, que fue formalmente declarado zona de desastre natural.
Respuesta ante la complejidad del impacto
Modelos utilizados por la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) estiman que el fenómeno afectó de forma directa o indirecta a 6,76 millones de personas. Esto evidencia la vulnerabilidad estructural frente a los fenómenos naturales en el contexto de una nación que ya atravesaba una compleja crisis socioeconómica agravada por medidas coercitivas unilaterales.
Al 7 de julio, los informes oficiales consolidaron una trágica cifra de 3.685 fallecidos y más de 16.740 heridos, además de una cantidad considerable de personas reportadas como desaparecidas bajo los escombros de estructuras residenciales colapsadas. Fueron rescatadas 6.462 personas y 25.970 pacientes han sido atendidos.
No obstante, el mayor colapso de edificaciones multifamiliares y viviendas populares se concentró en la franja costera de La Guaira, lo que obligó a miles de familias a migrar o pernoctar en refugios habilitados de emergencia para evitar las deficiencias críticas en el acceso inmediato a agua potable, energía y redes estables de telecomunicación.
La población afectada no solo enfrenta la pérdida material, sino el trauma de la incertidumbre en un territorio que, históricamente, posee el reto de una planificación urbana adaptada a sus fallas tectónicas. Además, es compleja la estimación de los impactos directos e indirectos sobre redes de servicios, logística y cadenas productivas.
Como respuesta inmediata, el gobierno venezolano ha establecido más de 80 campamentos transitorios en los siete estados afectados. Estos cuentan con capacidad total para más de 17.000 personas y se registran, hasta el momento, 12.806 ciudadanos atendidos.
Estos espacios cuentan, en su mayoría, con diversos servicios de atención médica y equipos de atención social (psicólogos, docentes, trabajadores sociales y recreadores) desplegados para acompañar a las familias y asegurar un ambiente digno de resguardo.
Acciones y medidas para la recuperación temprana y a largo plazo
El estado de emergencia, activado de forma inmediata por el Estado venezolano, se orienta hacia la mitigación de daños y a la planificación de una reconstrucción estructural ante un escenario de 856 edificios afectados a escala nacional, 190 de ellos totalmente colapsados.
Las acciones iniciales se alinean con los protocolos de respuesta a emergencias. Estas incluyeron la movilización de la red sanitaria, la distribución de 9.603 toneladas de alimentos a 86.794 familias, el despliegue de 29.567 efectivos de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana y otros cuerpos de seguridad, junto a 28.362 voluntarios registrados y la coordinación con cuerpos de rescate internacionales.
Un componente central de esta política fue el anuncio de la creación de un fondo especial de 200 millones de dólares destinado exclusivamente a financiar las obras de reconstrucción de infraestructura pública y soluciones habitacionales.
Asimismo, la agenda macro del Ejecutivo se unificó bajo el lanzamiento estratégico de la Gran Misión «Venezuela Renace», plataforma diseñada para coordinar las políticas públicas post desastre en el corto, mediano y largo plazo.
Estas acciones se alinean conceptualmente con las directrices de los organismos globales en materia de gestión de desastres, tales como los marcos operativos del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) y ONU-Hábitat. Los estándares internacionales dividen la atención posterior a una crisis en fases nítidas:
Respuesta de emergencia: búsqueda, salvamento y estabilización de servicios.
Recuperación temprana: rehabilitación ágil de la habitabilidad y reactivación económica.
Reconstrucción a largo plazo: bajo la premisa de «reconstruir mejor».
En este entramado, el gobierno venezolano ha articulado el potencial operativo de programas e instituciones preexistentes para insertarse en dicha metodología internacional:
Gran Misión Barrio Nuevo Barrio Tricolor: Tradicionalmente enfocada en la transformación del hábitat popular, su estructura de corredores locales permite descentralizar la remoción de escombros y evaluar de forma directa la seguridad constructiva de las viviendas en zonas populares vulnerables, esto facilitaría la fase de recuperación temprana.
Misión Venezuela Bella: Con su experiencia acumulada en la optimización y adecuación humanista de espacios urbanos y patrimoniales, esta estructura asume la tarea de recuperar los espacios públicos dañados, incluyendo la evaluación técnica de zonas icónicas y bienes de interés cultural afectados.
Corporación «Juntos Todo es Posible»: Esta entidad, caracterizada por operar bajo una lógica de baja burocracia y vinculación directa con el Poder Popular, se convierte en una herramienta idónea para canalizar recursos de forma ágil hacia las comunidades organizadas, acelerando la rehabilitación productiva, habitacional y de servicios esenciales en los sectores más golpeados por el sismo.
Estas políticas se alinean con las fases de «recuperación temprana» promovidas por ONU-Hábitat, que enfatizan no solo la reconstrucción física sino también la reactivación económica y el fortalecimiento de la gobernanza local. Los protocolos de las buenas prácticas del PNUD para América Latina enfatizan que la reconstrucción debe «reconstruir mejor» (build back better), para mitigar futuros riesgos.
En los estándares internacionales, la participación comunitaria es vital, pero en Venezuela adquiere un carácter soberano. Además, el Mincyt ha comenzado a integrar tecnología satelital y cartográfica para la gestión de desastres, alineándose con las operaciones modernas de monitoreo y respuesta que dictan los organismos globales, garantizando que la ayuda se dirija con precisión quirúrgica sobre los territorios devastados.
Desafíos para reconstruir el hábitat
El doblete sísmico puso en evidencia algunas dinámicas de vulnerabilidad urbana que están intrínsecamente ligadas a los patrones históricos de ocupación del espacio. Por ello, además de la inyección de capital financiero o de la atención temprana, la superación definitiva de la crisis depende del rediseño estructural de una política nacional de Ordenamiento y Gestión Territorial de cara a las nuevas fases de reconstrucción permanente.
Diversos análisis plantean que la ordenación territorial debe fungir como el instrumento científico y normativo para determinar dónde y cómo se debe reconstruir. La incorporación de herramientas avanzadas, basadas en tecnología satelital y cartografía digital de alta precisión, resulta indispensable para el mapeo actualizado de microzonificación sísmica, la identificación de fallas geológicas activas y la delimitación de áreas de alto riesgo no edificables en los estados costeros y centrales.
Una gestión territorial con enfoque de resiliencia garantiza que la inversión del Estado transite de forma segura desde la recuperación temprana hasta la planificación urbana a largo plazo. Los desafíos van desde la delimitación de zonas de exclusión habitacional, rediseño del tejido productivo comunal y un nuevo modelo de ocupación del espacio nacional resiliente frente a los designios de la naturaleza.
Venezuela cuenta con el potencial técnico y organizativo para mitigar futuros eventos naturales. Esto pasa por actualizar los códigos de construcción sismorresistente bajo rigurosa fiscalización y desconcentrar tanto ciudades como servicios estratégicos.
En este sentido, se trata de una oportunidad para que la Gran Misión Venezuela Renace evolucione hacia instrumentos de gestión de riesgo y transforme el espacio geográfico nacional bajo criterios de verdadera sustentabilidad, seguridad y protección soberana de la población.
