América Latina en la disputa por la alfabetización en la Nueva Fase – Por Mariano Yedro
América Latina en la disputa por la alfabetización en la Nueva Fase
El acceso a internet no garantiza alfabetización digital. Una persona puede tener un teléfono, conectarse todos los días y utilizar inteligencia artificial sin comprender quién controla las plataformas, qué ocurre con los datos que produce ni cómo los algoritmos deciden qué información aparece frente a ella. En la nueva fase digital del capitalismo, alfabetizar vuelve a ser una disputa política. Ya no alcanza con enseñar a leer y escribir. También es necesario aprender a leer las infraestructuras, las plataformas y los intereses que organizan la circulación del conocimiento.
Cada 8 de septiembre se celebra el Día Internacional de la Alfabetización. La fecha recupera una idea central: leer y escribir son condiciones para ejercer derechos y participar de la vida social. Hoy esa discusión adquiere otra dimensión. La digitalización atraviesa la educación y transforma las formas de acceder al conocimiento. Al mismo tiempo, una parte de esa infraestructura está concentrada en corporaciones tecnológicas que también acumulan datos, propiedad intelectual y capacidad para intervenir sobre las prácticas educativas.
La escala de esta concentración se observa en la infraestructura de nube. En el segundo trimestre de 2026, Amazon Web Services tenía el 28% del mercado mundial, Microsoft el 20% y Google el 15%. Tres corporaciones estadounidenses concentraban así alrededor del 63% de un mercado que movía unos 143.000 millones de dólares por trimestre. Buena parte de los datos producidos por escuelas, universidades, gobiernos y empresas circula por esas infraestructuras.
La concentración no termina allí. Las plataformas también organizan las interfaces mediante las cuales se enseña y se aprende. Google Classroom, Microsoft Teams, sistemas de evaluación, plataformas de videoconferencia y asistentes de inteligencia artificial pueden pasar de ser herramientas a convertirse en parte de la arquitectura institucional de una escuela.
Entonces aparece la dataficación. Una clase digital no produce solamente una experiencia pedagógica. También genera registros. Horarios de conexión, búsquedas, entregas, respuestas, evaluaciones, tiempos de permanencia y trayectorias quedan almacenados y pueden ser analizados. La actividad educativa se convierte así en información cuantificable.
Ese proceso abre una pregunta por la soberanía. ¿Quién produce esos datos y quién obtiene valor de ellos? En regiones que producen información mientras otras concentran infraestructura, capacidad tecnológica y capital, la brecha digital puede convertirse también en una brecha de poder.
El Salvador permite observar esta transformación. Durante la pandemia, el Ministerio de Educación incorporó Google Classroom y Workspace. En 2020 se habían creado alrededor de 1,4 millones de cuentas y se había capacitado a más de 30.000 docentes. En 2023 el Estado informó la entrega de 1,2 millones de computadoras y tabletas a estudiantes del sistema público.
Luego llegó la inteligencia artificial. En diciembre de 2025, el Gobierno de El Salvador y xAI, la empresa de Elon Musk, anunciaron el despliegue de Grok en más de 5.000 escuelas públicas y para más de un millón de estudiantes. El programa plantea utilizar la IA como tutor personalizado y producir nuevos datos y metodologías para futuros usos educativos.
Argentina enfrenta otra dimensión del problema. El Gobierno de Javier Milei adjudicó a Starlink la conectividad de 6.000 escuelas rurales. El convenio contempla alrededor de 22 millones de dólares. Starlink aportará equipos y dos años de servicio, mientras que el Fondo del Servicio Universal, administrado por el Ente Nacional de Comunicaciones, financiará parte de la instalación y del tercer año.
La discusión no se reduce al acceso. Según el material del programa, Starlink cobra alrededor de 160 dólares mensuales por la conexión, mientras que ARSAT ofrece servicios por entre 60 y 70 dólares. La pregunta entonces es qué infraestructura construye el Estado y qué parte de la política educativa queda vinculada a empresas privadas.
China presenta otra estrategia. En 2022, el Ministerio de Educación creó la Plataforma Nacional de Educación Inteligente de China. Para 2025 tenía más de 164 millones de usuarios registrados. En abril de 2026, organismos estatales lanzaron el plan de acción “Inteligencia Artificial + Educación”, que propone desarrollar servicios nacionales de cómputo, datos y modelos de IA educativos. También contempla expedientes digitales, perfiles de estudiantes y recorridos educativos personalizados.
Las diferencias entre estos modelos no eliminan un desafío común. La inteligencia artificial, los datos y las plataformas ya forman parte de la educación. La discusión no puede limitarse a incorporarlos o prohibirlos. La escuela debe enseñar a utilizarlos y, al mismo tiempo, a interrogarlos.
La alfabetización digital necesita incorporar el pensamiento crítico. Implica reconocer una noticia falsa, identificar fuentes, confrontar información, comprender cómo funciona un algoritmo y conocer qué ocurre con los datos que producimos. También implica recuperar una dimensión política: saber quién controla las tecnologías que median nuestra relación con el conocimiento.
La desigualdad tampoco desaparece con la conexión. En América Latina, la Comisión Económica para América Latina y el Caribe registraba en 2022 una diferencia importante entre la conectividad urbana y rural: 77% frente a 38%. Y en Argentina, aunque el 95% de los niños y adolescentes de entre 9 y 17 años tiene un teléfono con acceso a internet, seis de cada diez consideran que el primer resultado de una búsqueda es siempre el más adecuado.
Alfabetizar, entonces, vuelve a significar ampliar la autonomía. En el siglo XXI no alcanza con garantizar dispositivos y conexión. Es necesario garantizar la capacidad de comprender, cuestionar y producir conocimiento dentro de los entornos digitales.
La disputa por la alfabetización es también una disputa por la soberanía. Si las plataformas deciden qué vemos, los algoritmos ordenan qué conocimiento aparece y las corporaciones concentran las infraestructuras donde se almacenan nuestros datos, educar también significa aprender a leer esas relaciones de poder.
El desafío para América Latina no consiste en quedar fuera de la transformación tecnológica. Consiste en participar de ella con derechos, capacidades propias y soberanía. La alfabetización digital debe ser una herramienta para ampliar la autonomía de los pueblos y no una nueva forma de dependencia.
*Mariano Yedro es Profesor y Licenciado en Historia (UNRC) y Magister en Comunicacion y Cultura contemporánea (UNC). Docente en la UNRC. Es integrante del Centro de Estudios y Formación en Política Educativa (CEFOPED), asociado al Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE)
