Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de NODAL. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.
Óscar Mejía Quintana*
El artículo se propone, a partir de la caracterización de derecha e izquierda en Colombia y sus correspondientes agendas, determinar las críticas y autocríticas que se infieren de ellas para la izquierda, específicamente en el contexto de un año electoral decisivo para la permanencia de su proyecto societal.
La CPN/91: la socialdemocracia frustrada
Partamos de un factum que se nos ha olvidado: la C/91 es en esencia una Constitución progresista que incluyó dos proyectos societales proyectivos, el multicultural y el socialdemócrata (ADM-19-Liberalismo Serpista-sectores progresistas) y, con la presión de Gaviria/De la Calle, se incluyó un tercero, embuchado, el proyecto neoliberal regresivo. De los tres, al amparo constitucional, se ha desarrollado “socialmente” solo este último, es decir, la privatización de la sociedad colombiana y la internacionalización de la economía, es decir, tratados de libre comercio, economía monetarizada, y privatización de lo público (salud, educación, transporte, comunicaciones, ciencia, etc.).
Fue, básicamente, la captura de una Constitución progresista de izquierda social por el neoliberalismo global y local. Pero era en esencia un proyecto de izquierda, no de derecha, que durante 20 años fue secuestrada por el neoliberalismo político, económico y social y sus diferentes gobiernos neoliberales y autoritarios. Esa situación es la que enfrentó y quiso cambiar el primer gobierno de izquierda de nuestra historia: la privatización de la sociedad colombiana, convalidada constitucionalmente por el Bloque Constitucional económico de la Corte Constitucional y todo el Poder Constituido consolidado durante 31 años.
El bloque hegemónico de la derecha
Un segundo factum que nos permite hacer una crítica y autocrítica de las izquierdas en Colombia es la magnitud del bloque hegemónico que ha tenido que enfrentar.
¿Cuál es ese bloque? En primer lugar, el parlamentario: toda la ralea de ultraderecha, derecha, centroderecha y pseudoizquierda (Centro Democrático, Cambio Radical, Conservador, U, Verdes de derecha, Liberalismo de derecha, MOIR, Mira y grupúsculos de oscura procedencia); gremios en especial Andi, Fenalco, SAC, Fedegan; altas cortes (Consejo, CSJ, media Corte Constitucional); el Banco de la República; inicialmente las IAS (Defensoría, Procuraduría, Contraloría, Fiscalía); la burocracia del Estado alimentada durante 20 años por cuadros de ultra y de derecha; los medios de comunicación, nacionales y regionales; las elites internacionales, en especial las que viven en EEUU, las altas clases medias, la izquierda y la centro izquierda traidoras y las gobernaciones y alcaldías, casi todas en manos de la derecha.
Es decir, el Poder Constituido que se opuso al gobierno de izquierda y a la izquierda, a las reformas sociales en favor de los más necesitados y desfavorecidos, además, no fueron unos molinos de viento imaginarios: fue la embestida más violenta, material y simbólicamente, que ningún gobierno durante la C/91 debió enfrentar jamás en la historia del país, salvo quizás la presidencia de López Pumarejo a mitad del siglo XX.
La agenda de derecha
La agenda de la derecha, torpemente, como algunos de los pocos comentaristas no alineados con ella lo han destacado, giró en torno a atacar a Petro, porque si, porque no, porque tal vez, por lo que fuera. Pero en medio de los desaciertos del Gobierno fueron decantándose varios temas que además coincidían con las agendas históricas de derecha. En su orden la corrupción, el gran lunar de este gobierno, enseguida la seguridad, a nivel nacional particularmente, en especial la estrategia de Paz Total, muy idealista, pero sin mediaciones y realizaciones concretas. Le sigue, la regla fiscal, punta y lanza del neoliberalismo, pero sustancial para el orden global y las reformas pensional, laboral, las emergencias económicas que gravitaban alrededor.
La política ambientalista en general, de nuevo muy proyectiva pero poco pragmática en sus mediaciones, el fracking en particular y con ello el debilitamiento de Ecopetrol. La política internacional y, por último, las polémicas sobre la salud, manipuladas hábilmente por la derecha.
De aquí se fueron desprendiendo un rosario de demandas problemáticas que no venían satisfaciéndose pero que, insisto, coincidían con puntos históricos de la agenda de derecha: militarización, mano dura contra el narcotráfico, vulneración de la institucionalidad, detrimento de la autoridad, la propiedad privada y la inversión, el ataque a las tradiciones culturales (las corridas, por ejemplo, para reírse) y, ante el fortalecimiento de los derechos de los trabajadores, el aumento del empleo informal que “de repente” le empezó a interesar a la derecha. Y, por supuesto, la venezolización de Colombia y el transito potencial a una “dictadura” de izquierda.
El bloque contrahegemónico de las izquierdas
Frente a la derecha, tercer factum, la izquierda por fin, después de décadas de rencillas y conflictos internos, logró consolidar un bloque contrahegemónico que no solo llevó a la presidencia a Gustavo Petro sino que igualmente eligió una facción parlamentaria significativa en Senado y Cámara que le proporcionó un margen relativo de gobernabilidad que al final, desafortunadamente, no fue suficiente para aprobar muchas de sus reformas.
Aunque el bloque se reconfiguró a lo largo de este legislatura, estuvo constituido en esencia por el Pacto Histórico, alrededor del cual se aglutinaron Colombia Humana, Polo, Partido Comunista, Verdes de izquierda, Unión Patriótica, Partido Comunista, Mais, Fuerza Ciudadana, Comunes, como facciones parlamentarias y políticas, además de liberales, conservadores, partido de la U de orientación social y una pluralidad de fuerzas sociales: sindicatos (USO, Fecode, CUT, entre otros), comunidad Lgtbi+, indígenas, negritudes, estudiantes, mujeres, campesinos, ambientalistas, victimas, territorios, los olvidados y sin voz del país que se sintieron por fin representados, clases medias progresistas.
Algunos sectores del centro político liberal, inicialmente llamados al gobierno, muy pronto se vieron marginados lo cual restringió la capacidad de adelantar exitosamente su proyectiva agenda legislativa.
Como es evidente, el Gobierno ganó la presidencia, pero no el poder, y la derecha mantuvo el dominio estructural, es decir, económico, institucional (en las diferentes ramas del Estado), legislativo, de la sociedad colombiana. Se consagró así un enfrentamiento entre un bloque contrahegemónico fuerte y un bloque contrahegemónico débil (Gramsci, Fraser), cuyo principal dique de resistencia era el poder ejecutivo en cabeza del Presidente.
La agenda de izquierda
En ese contexto de polarización se consolidan varios elementos paralelos de una agenda sociopolítica central. Poder Constituyente vs poder constituido, denuncia de un Estado de derecha, law fare o bloqueo institucional, derecho constitucional a información veraz y equilibrada vs desinformación sistemática de medios privados, reivindicación de derechos urbanos y agrarios para trabajadores y sectores más desfavorecidos, entre otros.
A nivel político-legislativo la agenda de la izquierda ha gravitado en torno a las reformas y derechos sociales que desde el 2002 se le escamotearon a los trabajadores y amplios fragmentos de la población: salud, educación, bono pensional, salario vital fueron las prioridades, junto a un Plan de Desarrollo prospectivo y progresista. A ellos se sumó, desde la agenda del ejecutivo, la agenda ambiental, la reforma política y territorial, la gran agenda agraria, una política internacional más pluripolar, de diálogo sur-sur y cosmopolita, y la ambiciosa apuesta por la paz.
En general, después de la ruptura con el centro liberal, toda esta agenda política, social y legislativa se fue al traste, al menos a nivel parlamentario. Muchas iniciativas empezaron a ser obstruidas y pospuestas, boicoteadas por lo que ya era un bloqueo que se extendió a las altas cortes, bastante bajas por cierto, al Banco de la República, a la falta de gestión de muchos ministerios, entorpecida por cuadros burocráticos reclutados por la derecha y la falta de experiencia de los nuevos funcionarios, sin duda.
Todo ello liderado por unos gremios cuya consigna fue defender a toda costa el proyecto neoliberal privatizador, lo cual tensó al máximo la relación entre oposición y Gobierno, teniendo que adelantar parcialmente las reformas no a través de leyes sino de decretos administrativos cuya proyección siempre queda en entredicho por la politización de la Corte Constitucional.
Poder Constituido (la crítica) vs Poder Constituyente (la autocrítica)
Mi hipótesis, por supuesto como toda hipótesis falseable, es que la izquierda no supo administrar el poder constituido. Obviamente, la reacción contrahegemónica fue implacable, rastrera, antipopular, antipatriótica incluso porque no les ha importado hundir al país con tal de afectar al Gobierno. Reacción además que ha traslucido el odio de clase, de raza, de género que las elites tienen hacia las multitudes olvidadas y desfavorecidas de este país.
Pero la falta de experiencia administrativa y gestión del Estado pasó factura al Gobierno. La excesiva rotación de ministros y directores de departamentos administrativos, extremadamente disfuncional, la lentitud en el agenciamiento de las diferentes instancias gubernamentales, la falta de ejecución presupuestal sistemática, los conflictos internos e interinstitucionales fueron evidente muestra de la debilidad de la izquierda para el manejo del ejecutivo, además infectado de cuadros de derecha reclutados en los últimos 20 años. Por supuesto, no se puede ser catastrofista y negar las realizaciones de algunos ministerios y entidades, pero aquí estamos es para puntualizar las críticas no los elogios.
Creo que esa fue la mayor deficiencia del Gobierno. Hay que resaltar que el presidente Petro si algo cambió simbólicamente fue la agenda convencional introduciendo temas que la derecha históricamente no había planteado: libertad y orden justo, el costo ambiental de los combustibles fósiles, el genocidio de Gaza, la política internacional de género, la desigualdad estructural colombiana, entre otros.
Pero la izquierda fue impotente para apropiarse de los temas de seguridad, maniatada por una “paz total” que no estaba funcionando, de narcotráfico que solo hasta las sanciones de EEUU empezó a tomar en serio, de corrupción por supuesto, que le estalló en las manos, y las acusaciones al hijo del Presidente, la institucionalidad saboteadora que denunció, pero no demostró con cifras, el orden y la autoridad que no se percibía por parte de la opinión pública en diversas regiones.
Se suma, además, que muchos de estos aspectos no fueron comunicados adecuadamente por lo cual, pese a los esfuerzos, fue evidente la debilidad de una estrategia de prensa y publicidad que le hiciera contrapeso a los poderosos medios de comunicación de la derecha. Pero se hubiera podido ser más audaz y lograr equilibrar los campos con políticas públicas culturales, educativas y de ciencia y tecnología más imaginativas y agresivas, que no se concibieron.
En general, la agenda de la derecha se mantuvo para la derecha y se utilizó contra el bloque contrahegemónico en favor de la derecha sin que la izquierda lograra revertir esa tendencia. Y quizás lo peor, no se supo defender el lado social de la C/91 y denunciar su secuestro por la derecha autoritaria neoliberal, sin confrontar tampoco las tibias interpretaciones del constitucionalismo (neo)liberal.
Poder Constituyente (la autocrítica)
El poder constituyente, en Negri y Hardt, se remite a una democracia asamblearia, si se quiere incluso deliberativa (Rawls, Habermas) y contestaria (Pettit), de narrativas y públicos contrahegemónicos (Nancy Fraser) más que a asambleas constituyentes, reformas a las Constitución o consultas populares, mecanismos estos de democracia participativa como las contempladas en la C/91. Esa confusión ha sido letal para la gobernabilidad porque puso a la izquierda a jugar con las cartas marcadas que la derecha y el centro, incluido el constitucionalismo liberal, usaron en su contra.
Y esto lleva a la evidencia de una carencia casi absoluta de intelectuales orgánicos (Gramsci) alrededor del proyecto progresista. Creer que uno se las sabe todas, además de caer en lo que históricamente incluso el estalinismo y el maoísmo autocriticaron, el culto a la personalidad, y rayar así con expresiones populistas, que este Gobierno nunca ha tenido pues el populismo no respeta las instituciones (Villacañas), autodeslegitima las narrativas conceptuales que intentan dar cuenta favorablemente de la complejidad teórica y práctica de la situación política.
No sirvieron, por supuesto, ministros de educación (reconociendo sus logros), cultura y ciencia y tecnología (deberían haberle cambiado el nombre a este ministerio) de un perfil más activista que académico que no convocaron el respeto de la academia y la intelectualidad, adicionalmente. De ahí que, al concentrar los argumentos de defensa en ministros, parlamentarios o funcionarios del Gobierno, y abordar temas tan diversos, sin duda innovadores, con tanto grado de improvisación y superficialidad, la seriedad conceptual se vio comprometida y la intelectualidad orgánica sencillamente se marginó de los debates, espacio que la derecha y su hermanito menor, el centro, llenaron de inmediato.
El que mucho abarca, decían los abuelos, poco aprieta. La izquierda logró con mucho esfuerzo, por el bloqueo de la derecha, si acaso sostener su propia agenda de reformas sociales (muchas frustradas), lo que en todo caso será una buena bandera electoral contra la derecha que se opuso a todo. Situación que lleva sin duda a tener que comenzar a pensar en el pospetrismo para no replicar el personalismo uribista de la derecha.
La izquierda tiene que interiorizar que Poder Constituyente significa jugar en el marco del poder constituido de la democracia liberal, pero introduciendo un virus popular de democracia asamblearia, deliberativa y contestataria que desborda la institucionalidad, sin vulnerarla, pues de lo contrario las reglas fosilizadas de aquella, defendidas por el constitucionalismo hermanado de centro y derecha, siempre inmovilizaran los impulsos de reforma social que busca desbordar al statuquo.
La coyuntura internacional: de Maduro a Trump
El gobierno logró posicionarse frente a Gaza y liderar su defensa y el reconocimiento del genocidio en ciernes. Fue un paso en falso y mal aconsejado intentar en las calles de NY, y no en la Asamblea de ONU, llamar a la desobediencia militar contra Trump, así la galería lo aplauda. Las consecuencias se vieron después. Tampoco ha sido una postura pragmática, por lo menos, defender a Maduro o no tomar distancia de un régimen que el mismo gobierno no consideraba democrático legítimamente y que la izquierda moderada ha denunciado, con toda la razón, como autoritario (Chile, Brasil).
Defendiendo la revolución bolivariana (como la cubana y la nicaragüense), que no puede obviarse que fue otra revolución capturada y secuestrada por el estalinismo totalitario (Trotski, Arendt) en AL.
Por supuesto, condenar a Maduro no es convalidar la intervención imperial en Venezuela, ni en ningún país, incluyendo la rusa en Ucrania.
Y en esa línea es que Petro ha podido consolidar un cosmopolitismo contrahegemónico muy prospectivo frente al mundo entero que hay que reivindicar. Pero hay que ponerse del lado de las izquierdas democráticas más que de las izquierdas totalitarias, sin olvidar la interdependencia y el multipolarismo en el nuevo orden global en proceso de reconfigurarse. Ese es un punto que no permite sumar a amplios sectores de centro y que solo denota la prevalencia de una postura activista sobre el evidente reconocimiento razonable.
La reunión Trump-Petro en la Casa Blanca fue la oportunidad de consolidar, por parte del Gobierno, este cosmopolitismo contrahegemónico pragmáticamente, lo cual parece haberse logrado por los acuerdos alcanzados. El papel de Colombia, de Petro y de un potencial futuro presidente de izquierda o progresista, se vuelve clave en el contexto actual.
Si la izquierda logra posicionarse como mediador ante Venezuela, equilibrar las exigencias militaristas contra el narcotráfico, mostrarse como un demócrata respetuoso de las instituciones y la Constitución, defensor de un pluralismo agonístico (Mouffe) que incluya a la oposición, el legado del primer gobierno de izquierda y la posta que pueda tomar su sucesor le dará un sitial en la historia critica de la contrahegemonía local y global. Confiemos que prevalezca más la capacidad de phronesis (prudencia, lo traducen algunos) clásica y pragmática que la exaltada distinción schmithoniana contemporánea amigo-enemigo.
*Posdoctor en Derecho y doctor en Filosofía del derecho de la Universidad Nacional de Colombia y doctor en filosofía de la Pacific Western University. Profesor titular de la Universidad Nacional de Colombia desde septiembre de 2014.
