Colombia: dilemas de una democracia que gatea – Por Carlos Gutiérrez Marquéz
Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de NODAL. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.
Carlos Gutiérrez Marquéz *
La puerta de la Casa de Nariño ya empieza a cerrarse para Gustavo Petro. Los destellos lumínicos que la cruzan, y que filtran brillos entre ventanas y cortinas, permiten verlo en actitud contemplativa al recorrer cada uno de los espacios por los que transcurrieron sus últimos cuatro años de vida.
Ahí están cuarenta y ocho meses de intensa actividad política, con altas y bajas; con dulces sabores en los primeros meses de su gestión, traducidos a lo largo de muchas semanas en agrieras e intensos dolores corporales, intensificados de manera inclemente cuando sus vecinos del Congreso tramitaban los proyectos que permitirían un mejor sistema de salud, un mejor régimen pensional, o aplicarles a los opulentos de siempre, esos que nos llevan a ser uno de los países más desiguales del mundo, una más alta tasa impositiva en sus ingresos extraordinarios, como en sus ganancias anuales.
Aquellos proyectos resultaban y resultan sustanciales para el país, para que la situación de las mayorías pudiera dar un giro, así fuera parcial: menos hambre, menos desempleo, menos gente sin tierra, menos violencia, no solo por el uso de armas sino –y sobre todo– por efecto de un sistema económico que cumple a la perfección con la famosa ley del embudo.
¡Qué días y qué dolores aquellos! Malestar, punzadas en el estómago y el cerebro que no dejaban dormir; insomnios que energizaban la mente, llevándola a imaginar insólitas realidades terrenales y celestiales.
Quimeras y más quimeras, y otras no tanto. ¿Cómo controlar esos poderes enquistados en el recinto de las leyes? ¡Cuántos amigos empapelados en los estrados judiciales por esa brega en beneficio de conseguir apoyos y equilibrar las cargas para aprobar una u otra reforma, o para lograr silencios que favorecieran una u otra medida decidida directamente en estas oficinas!
Pero todo tiene su final, y también su precio, sobre todo cuando hay maromeros como aquel que ahora está en la cartera de gobierno, quien conoce y aceita a la perfección la maquinaria institucional. Sus resultados se ven: el sueño ha mejorado, los dolores estomacales ya no son recurrentes y la mente está más sosegada. Al final del cuatrienio, parece que el tiempo diera un giro para encontrarse, según diversas encuestas que recogen la opinión pública sobre favorabilidad del Presidente, con la tranquilidad y la dulzura saboreada en los albores como inquilino de la casa presidencial.
Por fortuna, aunque los vientos continúan golpeando con recurrencia esta enorme y fría edificación en la que “hasta espantan, en la que se siente con toda su intensidad la soledad del poder”, su impacto es menos intenso, más fresco. Vientos e intensidades favorecidos por la cercanía de los cerros orientales y del Congreso, sin que su impacto logre correr alguna cerradura ni desequilibrar alguna columna.
Hay tranquilidad por estos días cercanos al 7 de agosto, cuando nuevos moradores la ocuparán, y también sosiego indispensable para centrar toda la atención, ciento por ciento, en el devenir electoral, con calendario el 31 de mayo y el 21 de junio, para que la continuidad de lo iniciado no tropiece con la barrera del establecimiento.
Esa calma también permite atender entrevistas para rememorar realizaciones y diligencias pendientes o abortadas, como para revisitar estos salones y pasillos que en sus paredes alojan el testimonio pictórico de Fernando Botero, Alejandro Obregón, Édgar Negret, Enrique Grau, los artistas de esta época.
Pero también los de otras épocas, que dejaron para la posteridad plasmados los cuerpos de Bolívar, Santander y muchos más. Allí se ven los trazos de Ricardo Acevedo, Luis Alberto Acuña y otros creadores. ¿Cómo no gozar de esta memoria nacional, de la que entra a ser parte quien aquí habite como heraldo del país?
Las ventanas y las puertas entreabiertas permiten ver al cuasiex en su lento caminar. Medita. Y por efecto de una tenue luz alcanzan a verse rasgos del Libertador, del Hombre de las Leyes, del Precursor, como también de la famosa espada que ahora descansa en urna de especial protección, y que, 52 años atrás, manos justicieras la llevaron consigo para que, en Colombia, justicia, libertad y democracia fueran una realidad. ¿Se habrán cumplido esos propósitos?
¿Será necesario que otras manos la liberen nuevamente y su poder simbólico despierte inéditas energías que sueñen con revolución? Revolución: diez letras que pesan mucho y conforman una palabra complicada de materializar. ¿Qué pensaba de eso en aquellos años como poblador de Zipaquirá? ¿Ideales juveniles, solamente juveniles? ¿Seré yo revolucionario y mi gobierno no? Y las reformas, ¿qué son estas…, acaso no pueden abrir el camino a la utopía?
¿O cierran esos caminos indispensables de recorrer para quebrar el establecimiento al conseguir algunas mejoras y confundir la parte con el todo? ¿Realicé algo en estos cuatro años de mandato, por pequeño que sea, que marque un rumbo irreversible para acercar al país a vivir de manera más amable?
Ahí va. Toca las gruesas pinceladas en alguna obra que no se alcanza a detallar con precisión. Se le ve contemplativo. Su vista repasa con agudeza a cada uno de los próceres, aquellos que en sus noches de desvelos creía sentir que recorrían su cuerpo, adentrarse por sus venas, hasta hacer estallar su mente en fantasías para irse a recorrer las estrellas.
Mira, piensa. Abre una ventana de la fría edificación que habita, y entonces se encuentra, a través del Capitolio, con la Plaza de Bolívar. Está vacía. ¿Cuántas veces el pueblo la llenó ante su llamado para presionar el trámite de un proyecto de ley? Líder y muchedumbre. ¿Será ese el camino para que la democracia colombiana deje de gatear, se levante enhiesta y camine con resolución?
O líder y pueblo. Sí, pueblo, sujeto consciente de sus retos presentes y misión histórica, con capacidad de criticar al líder y mandatario, empujándolo para que no se limite a negociar con los poderes reales, esos que tras bambalinas controlan y articulan los piñones que hacen del Estado una pesada maquinaria a las órdenes de quienes lo han diseñado por décadas que son siglos; líder a las órdenes de quienes tejen la historia, dando saltos y no solo pasos en las medidas que toma en un momento u otro, como aquella del salario mínimo, que descuadró al empresariado y los factores de poder que le protegen.
Es eso, precisamente, pueblo, lo que ha hecho falta a lo largo de estos años. Miles de personas reunidas en movimientos sociales y con claros objetivos para el presente y los tiempos que vienen, sin temor de criticar ni de exigir, al tiempo que hacen, al tiempo que tejen el futuro en el presente por medio de nuevas instituciones que van configurando aquí y allá, como de centenares y miles de emprendimientos que ponen a andar sin esperar a que el gobierno los autorice o los financie. Tejer por propia mano para hacer realidad una necesaria dualidad de poderes, factor que cambiaría la correlación de fuerzas cuando lo exija el pulso con el poder.
¿Dónde quedó ese pueblo? ¿Y por qué le ganó la partida la muchedumbre? ¿Cuáles serán las consecuencias que esto arroje en el escenario de Abelardo o Paloma entrando el 7 de agosto a esta Casa? ¿Por qué la decisión fue por el silencio acrítico? ¿Y por qué los movimientos sociales aceptaron comportarse así? ¿Cuáles serán las medidas necesarias por tomar, para remediar en algo esta situación? Piensa, reflexiona, se inquieta. Se acerca al cuadro que recrea a Nariño y parece preguntarle.
Su semblante es más expresivo que una hora atrás, cuando sus pasos lo llevaron de su Despacho hasta estos salones. Continúa meditando. ¿Y dónde quedó el Pacto Histórico, partido que da muestras suficientes de estar diseñado y dispuesto para causas electorales y poco para jalonar y ahondar procesos educativos en la totalidad del tejido social, para formar nuevas dirigencias, con vocación de poder y no solo de gobierno? ¿Dónde está el partido que forme el activismo alejado de la torta burocrática, trajinando sin pedir ni esperar dádivas puntuales o la oportunidad para ocupar un puesto en un ministerio u otra institución?
Hay que actuar con prontitud. Si al que deba entregarle la Casa es Cepeda, que no encuentre mansedumbre en sus bases; que recuerde que la vida es organización en su máxima expresión, realidad que también es válida para las sociedades como formas vivas de lo colectivo, lo que le da más sentido a la urgencia de impulsar y facilitar la constitución de organizaciones de base a lo largo y ancho del tejido social, a lo largo y ancho del país, experiencia de pensar y hacer en colectivo que les sirva a quienes han sido desde siempre marginados para enrutar al país por el sendero de justicia plena y democracia directa.
Que Cepeda empuje para que avancemos hacia un momento revolucionario, camino para el cual la Constituyente, y lo que ella arroje, permita la configuración de una nueva realidad para el país, con un progresismo dotado, por lo menos, de otros tres gobiernos en sus manos, tiempo suficiente para que el pueblo –no la muchedumbre– sea verdadero sujeto de la historia colombiana.
Ahora sus ojos miran con detalle a Bolívar, que parece interrogarlo, y entiende que, con la Constituyente, el artículo que prohíbe la reelección quedará transformado y él podrá ser parte de ese momento revolucionario, como caudillo y no solo como líder, al ser elegido en las elecciones de 2030.
La inquietud conmueve su cuerpo; sus brazos se balancean; acelera el paso; su cuerpo va inclinado un poco hacia adelante; mira de soslayo, con inquietud; pareciera temer que alguien lea sus pensamientos (¡qué tal que los gringos ya tengan una Inteligencia Artificial con esas capacidades!). ¿Qué pensarán de estos buscados giros en un país ubicado al norte del ecuador y, por tanto, enmarcado en los límites del “perímetro de seguridad inmediata”, establecidos en su estrategia conocida como Gran América del Norte? ¿Estarán decididos a repetir lo del tres de enero en Venezuela, y que la colocaron ante sus pies? ¿Alguien dudará de que así sea?
¿Cómo prepararse para esa eventualidad? ¿Será posible fundir en un solo cuerpo líder y pueblo? ¿Permitirá esa fusión un líder ensimismado en sus ambiciones personales? Y, en el caso de un caudillo y de muchedumbre, ¿qué sucederá? ¿Será como aquello que ocurre con las pompas de jabón?
Sus reflexiones se acrecientan, revisan la preocupación por su promesa de profundizar el capitalismo en el país, de realizar la paz con variedad de agrupaciones armadas, haciéndola total, de ordenar el territorio alrededor del agua, según lo proyectado en el Plan Nacional de Desarrollo. Mientras va meditando, su edecán se le acerca y le dice: Presidente, lo esperan en el Consejo de Ministros. γ
*Director de Le Monde diplomatique, edición Colombia.
