Feminismos populares frente a los neofascismos del siglo XXI – Por Yesica Leyes

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Feminismos populares frente a los fascismos del siglo XXI

Disputa de sentido y lucha política en América Latina

Yesica Leyes 

El 8 de marzo irrumpe en América Latina no solo como una jornada histórica de las mujeres trabajadoras, sino como un punto de condensación política en un escenario de mutación profunda del capital. En este marco de digitalización económica y financiarización extrema, los feminismos y transfeminismos populares se erigen como el principal dique de contención frente al despliegue de un fascismo del siglo XXI que avanza por la vía institucional, impulsado por los intereses de la nueva aristocracia financiera y tecnológica.

Allí donde esa aristocracia del G2 profundiza la acumulación por desposesión, las mujeres y diversidades se enfrentan y resisten a la configuración actual del sistema y sus derivas fascistas, en plena crisis. Al observar las luchas de calle y el despliegue territorial de organizaciones populares las mujeres y diversidades aparecen en la primera línea.

Activas políticamente en marchas e intervenciones masivas, organizaciones sociales y barriales que construyen economías comunitarias y redes de cuidado, organizaciones sindicales, políticas, culturales, estudiantiles y otras que articulan la resistencia frente a la destrucción de lo público, impidiendo el colapso total del tejido social.

Es precisamente por esta centralidad estratégica que el movimiento social transfeminista se convierte en el blanco prioritario de la ofensiva reaccionaria, en este momento.

Fascismo en la nueva fase digital del capitalismo

El fascismo del S.XXI no es una mera repetición histórica; es un producto de la reorganización tecnológica del poder al servicio de la nueva aristocracia financiera y tecnológica. Esta red de capital global que se enfrenta principalmente como la disputa del G2, cuenta con una sofisticada maquinaria de propaganda. Y en su versión neoconservadora combina neoliberalismo radical con discursos ultranacionalistas y mesiánicos.

La concentración de la riqueza en manos de unos pocos, se sostiene hoy a través de una guerra multidimensional, con relevancia de guerra cognitiva y comunicacional permanente, que opera en plataformas digitales y think tanks, produciendo unas subjetividades mercantilizadas hasta el último jirón de vida. Procurando colonizar todos los tiempos y espacios vitales.

En este marco, la ofensiva de las nuevas derechas radicalizadas adquiere el mismo carácter. Es una guerra que no siempre se declara, pero que se despliega en múltiples frentes: económico, psicológico, cultural, jurídico, energético, alimenticio, tecnológico y simbólico.

La disputa no se limita al plano electoral: incluye persecución judicial selectiva, deslegitimación mediática, campañas masivas de desinformación, manipulación algorítmica de emociones colectivas entre otros mecanismos, además de los tradicionales políticos, económicos y militares para ejercer atacar proyectos políticos revolucionarios y soberanos.

En esta estrategia, la construcción del enemigo ocupa un lugar central. Los feminismos, transfeminismos y organizaciones populares que disputan derechos y soberanía son señalados como amenazas directas al orden social, convirtiendo al antifeminismo en uno de los principales cimientos ideológicos de esta nueva derecha radicalizada. La llamada “ideología de género” es presentada como una conspiración o imposición cultural “contra la vida”, habilitando un clima social donde el recorte de derechos y el ataque violento a quienes luchan contra el sistema aparece como restauración de una supuesta normalidad.

Las mediaciones digitales cumplen aquí un papel decisivo. Las plataformas amplifican discursos de odio, simplifican debates complejos traduciendolos en consignas emocionales y generan burbujas informativas donde la desinformación y la mentira -lisa y llanamente-, circula con mayor velocidad que la argumentación racional. La saturación cognitiva constante produce cansancio, despolitización o radicalización reactiva. Las nuevas derechas gobiernan también a través de algoritmos.

Feminismo revolucionario o feminismo liberal: la disputa interna

La disputa al interior del movimiento feminista y transfeminista también se expresa en este nuevo 8 de marzo. No todos los feminismos representan el mismo proyecto histórico: mientras ciertos sectores impulsan una versión institucional y liberal del feminismo, circunscripta a la integración dentro del orden capitalista, los feminismos populares y emancipatorios sostienen que la lucha no puede separarse de una transformación estructural de la sociedad.

El feminismo popular es el que se construye desde los territorios, desde las organizaciones sindicales, desde las resistencias campesinas y comunitarias. Es el que comprende que la opresión de género está profundamente entrelazada con la clase y la racialización. No se conforma con la paridad parlamentaria, sino que plantea la redistribución de la riqueza concentrada por las élites patriarcales encarnadas en la nueva aristocracia financiera y tecnológica.

En un escenario de crisis estructural del capital, donde las dinámicas de producción y reproducción se ven reconfiguradas por la digitalización, la flexibilización laboral y el desempleo crónico, mujeres y diversidades ocupan la primera línea de confrontación.

No es casual que el 8M haya impulsado paros internacionales en múltiples países. El feminismo ha dejado en claro que la disputa no es solamente simbólica, sino también económica y material. La huelga y el paro internacional evidencian que sin el trabajo de cuidados y de sostenimiento de la vida, el sistema se paraliza.

En ese proceso, el movimiento asume un carácter transformador cuando identifica que la confrontación es contra ese 1% que concentra la riqueza producida por las mayorías subalternas. En ese momento, el feminismo deja de ser únicamente un movimiento de reivindicación sectorial y comienza a constituirse como una fuerza social con capacidad de articular distintos segmentos de las clases subalternas.

Feminismo, soberanía y resistencias glocales

Cuando desde las luchas feministas se logra articular las luchas contra la violencia patriarcal y contra la precarización laboral, el endeudamiento, el extractivismo y la pérdida de soberanía, se hace visible la posibilidad de disputar la conducción de las luchas del campo popular.

Desde Palestina, pasando por Cuba y Venezuela, los feminismos y transfeminismos han demostrado que la lucha por la emancipación de género no puede escindirse de la resistencia antiimperialista y anticolonial. En estos territorios asediados, bloqueados o agredidos, las mujeres y diversidades no solo sostienen la vida en condiciones extremas, sino que organizan la denuncia, la solidaridad internacional y la defensa de la soberanía.

El ataque no es únicamente discursivo. Las guerras, los bloqueos económicos y las políticas de ajuste impactan con especial crudeza en mujeres e infancias. La feminización de la pobreza, la sobrecarga de tareas de cuidado no remuneradas, el deterioro de los sistemas de salud y educación y el incremento de las violencias de género son efectos directos de modelos económicos que concentran riqueza mientras desmantelan redes de protección social.

En este contexto, el 8 de marzo adquiere una dimensión que excede la agenda de género. Se convierte en un espacio de articulación contra la guerra multidimensional que atraviesa a los pueblos.

La salida no puede limitarse a la defensa fragmentada de derechos sectoriales. La ofensiva es estructural y requiere respuestas estructurales. Eso implica reconstruir el tejido organizativo, fortalecer alianzas entre movimientos feministas, sindicatos, organizaciones campesinas y sociales, disputar el sentido común en el terreno digital y sostener una perspectiva internacionalista que comprenda la conexión entre las luchas en distintos territorios.

La disputa de fondo es por la capacidad de las mayorías populares de constituirse como una fuerza social organizada capaz de disputar la conducción del proceso histórico.

En última instancia, lo que está en juego es el tipo de humanidad que se quiere construir: una basada en el mercado como principio absoluto, o una organizada en torno a la vida, la igualdad y la soberanía de los pueblos.

En esa tensión se inscribe hoy el 8 de marzo en América Latina.

*Yesica Leyes, Secretaria Nacional de Juventud de la Central de Trabajadores y Trabajadoras de Argentina (CTA-T) – Presidenta del Comité de la Juventud Trabajadora de las Américas (CJTA)

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