Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de NODAL. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.
Jorge Majfud *
Uno de los rasgos culturales más reconocidos de la cultura estadounidense es su antiintelectualismo. Al igual que su idea de democracia, como toda idea asumida como nueva, fue asociada por un momento histórico o mitológico de prestigio: la antigua Grecia. Existió un fenómeno similar (igualmente distorsionado) con el intelectualismo de este país. Podeos sospechar que la raíz del antiintelectualismo coincide con la muerte de la verdadera democracia, la que desató la Ilustración y decoró la Revolución Estadounidense: la civilización nativa y, más específicamente, la iroquesa-algonquiana.
Una vez fundado los Estados Unidos, su Declaratoria de Independencia de 1776 y su constitución de 1789 reflejaron las ideas ilustradas de sus fundadores. Las ideas, no las prácticas. Una de las primeras grandes figuras que mejor conoció de primera mano la cultura y el sistema político de democracia directa de los iroqueses fue Benjamín Franklin, otro ilustrado. Franklin combinó en su vida intelectual, admiración y desprecio por los llamados salvajes, lo cual procedía de su intelectualismo ilustrado y de su racismo europeo.
Antes de analizar las raíces históricas de este problema, anotemos un elemento constitutivo que nutrirá las raíces del fenómeno. El antiintelectualismo ha sido siempre una de las condiciones existenciales del capitalismo, desde su surgimiento en el siglo XVI (de forma más radical y fanática a partir del contexto de la Reforma calvinista), y lo es en la cultura capitalista de consumo contemporánea.
La intelectualidad británica empirista se distinguió de la francesa racionalista―sospecho que ésta no fue la causa sino una consecuencia de un factor cultural previo. Aun cuando los británicos produjeron pensadores como John Locke (quien justificó la transformación del noble medieval en el liberal capitalista), las necesidades centrales del capitalismo y del imperialismo no requerían filósofos ni críticos, sino más bien inversores indiferentes a cualquier cosa que no fuese el beneficio neto y colonos indiferentes a cualquier escrúpulo moral. No eran necesarios los filósofos sino los propagandistas, y no existe propaganda sin una simplificación radical de las ideas en algún dogma simple, por absurdo que sea, como “mi egoísmo es una bendición para los demás”.
La brutalidad y la avaricia de los conquistadores y colonos ibéricos no fue menor, pero su ideología y su fanatismo religioso y racial estaban unos escalones por debajo del anglosajón. En religión, el intelectualismo de los jesuitas estaba en el polo opuesto de los puritanos. Lo mismo el grado de fanatismo mesiánico y racista―diferencia que persiste hasta hoy.
Los Padres Fundadores estaban más próximos al mundo intelectual de la Ilustración francesa. Desde Benjamín Franklin hasta Thomas Jefferson, con excepciones como la de George Washington, todos eran intelectuales, no sólo por su vasta cultura, por sus elaboraciones sobre la existencia y la política, sino por su distancia con la forma de sostener una verdad basada en la repetición, en la autoridad de la fe sobre la razón, en el entrenamiento (y el miedo) a no cuestionar los dogmas recibidos en la infancia.
Intelectuales e hipócritas, claro: el sistema esclavista que protegían era una expresión del capitalismo radical: la privatización de tierras, personas y ganancias. Este sistema, fundamentado en teorías religiosas primero (el Destino Manifiesto) y raciales después (la superioridad de la raza caucásica), también tenía un germen antiintelectual.
Pocas culturas, pocas civilizaciones más alejadas de esta realidad que las nativas, como la iroquesa. Desde los jesuitas franceses del siglo XVI hasta Franklin, dos siglos después, los nativos de los Grandes Lagos fueron descriptos como pueblos que creían en las evidencias verificables, al extremo de aceptar la posibilidad de su error. Los nativos seguían razonamientos para establecer diferencias entre el bien y el mal y sus líderes no eran elegidos por su poder físico ni material y menos por su capacidad de intimidación, sino por todo lo contrario: eran líderes por su poder dialéctico, por su poder para convencer a sus pueblos de la conveniencia de alguna decisión a nivel nacional.
La generación fundadora de la primera república americana fue una elite de intelectuales, tan racista y esclavista como el resto de la población pero, por lejos, menos fanática. La primera generación que le siguió fue la de Andrew Jackson. Jackson no solo era un soldado semianalfabeto, apodado “Mata Indios” no por casualidad, sino que, además, odiaba a los fundadores por su intelectualismo. No por casualidad los libros de Jeffeson fueron prohibidos. No por casualidad Jefferson descreía de los milagros y de la tiranía religiosa sobre la libertad de pensamiento. Todos elementos presentes entre los nativos.
Esta fue la primera refundación de los Estados Unidos: el abierto antiintelectualismo de Andrew Jackson. Analfabeto, fanático y genocida pero no estúpido, Jackson amplió el derecho al voto a todos los hombres blancos con el fin de incluir a los colonos y a los esclavistas sin plantaciones, a quienes consideraba los “verdaderos amantes de la libertad”. Muchos de ellos no eran agricultores, sino colonos involucrados en el negocio inmobiliario mediante la apropiación de territorios indígenas y mexicanos. A finales del siglo XIX, estos personajes fueron idealizados bajo la figura del pionero y el “hombre de frontera”, romantizados en mitos como David Crockett y Daniel Boone.
El frontiersman se convertió en símbolo de libertad, masculinidad e individualismo cuando, a finales del siglo XIX, se aceptó, con orgullo, que Estados Unidos era un imperio, tan brutal como cualquier otro―eso sí, en nombre de la libertad y la democracia. Esta nueva cultura contribuyó a silenciar, con relativo éxito, a los intelectuales antiimperialistas como Henry Thoreau, Mark Twain, Jane Addams, Du Bois, Ernest Hemingway, Edward Said y Howard Zinn. La vida intelectual sobrevivió, en gran medida, en las universidades y en el seno de comunidades de escritores y artistas. Naturalmente, demonizados como “nidos de izquierdistas” algo que hemos explicado más en detalle años atrás.
En 2021, el actual vicepresidente J.D. Vance pronunció un discurso durante la Conferencia de Derecha Nacional celebrada en Orlando, titulado “Las universidades son el enemigo”. En él, citó a Richard Nixon (a partir de una conversación grabada en el Despacho Oval en 1972 entre Nixon y Henry Kissinger) en la cual Nixon afirmaba que “los profesores son el enemigo”. Vance añadió que los conservadores deberían “atacar, de manera honesta y agresiva, a las universidades de este país”. Las marionetas de las colonias, como los libertarios en Argentina, no dudaron en copiar esto también. Esta postura refleja uno de los principios de lo que se ha denominado, hace un par de décadas, el “Iluminismo Oscuro”―no muy diferente a “la guerra es la paz”.
¿A qué se debe esta hostilidad? Se debe a la agonía del capitalismo anglosajón. La cultura y las universidades pueden comprarse, al igual que otros sectores de la sociedad, pero resultan más difíciles de controlar. Por otra parte, los amantes del dinero y del poder rara vez se convierten en profesores o escritores, dado que la vida académica suele exigir décadas de investigación con escasas recompensas económicas. Como consecuencia, muchos académicos tienden a no favorecer el pragmatismo antiintelectual, de corte religioso y favorable a los negocios. Una postura que, a su vez, es frecuentemente tachada de antiestadounidense―por el poder capitalista y antiintelectual.
Cuando, una noche gélida de enero de 1777, después de varios siglos de existencia y de resistencia exitosa contra los dos mayores imperios de la época, el francés y el británico, la Gran Liga de la Paz iroquesa apagó su fuego, una cosa debió quedar clara―si no subestimamos la inteligencia de los iroqueses y las creencias de las brutales hordas de colonos anglosajones que los atacaron, despojaron y asesinaron en nombre de su dios: al final, la victoria, la diferencia entre sobrevivir o perecer, estaba basada en la fuerza; en la fuerza del fanatismo religioso, aliada a la fuerza bruta del rifle y del cañón. No en la razón.
*Ensayista y profesor universitario uruguayo-
