Con tanto humo el bello fiero fuego no se ve
Por José Ignacio Otegui*
En un mundo en guerra globalizada y marcado por el avance de líderes que hacen uso y abuso de las emocionen en detrimento de la razón para comunicar, se hace imprescindible contar con información de calidad y confiable para poder interpretar la realidad y definir las acciones.
En 2002, en el mundo post 11S, el semiólogo Ignacio Ramonet manifestaba la urgencia de generar una ecología de la información ante lo que el describió como un “un laberinto con información abundante y contaminada”. En 24 años todo ha empeorado. La información real se ha transformado en un bien suntuoso dentro de la abundancia de fake news.
Las redes sociales han cambiado radicalmente la comunicación y la información. Hoy cualquier persona con un celular puede generar datos en forma incontrolada con el fin de alterar emociones en lugar de favorecer razones. Lo que en su momento se estipulaba como una democratización de la generación de información se convirtió en una herramienta peligrosa.
Pero el concepto que ponía en debate Ramonet no es nuevo. Ya Marshall McLuhan y Neil Postman hablaban de ecología de medios, planteando que estos no son simples canales de transmisión de información, sino entornos vivos que afectan la percepción, la cultura y las estructuras sociales. En la era digital, este enfoque resulta fundamental, ya que la interconectividad de plataformas, redes sociales y tecnologías emergentes configura un ecosistema en constante evolución.
En un mundo ideal ese sistema sería puntal para el desarrollo humano. Pero en el mundo real existen el Club Bilderberg, Steve Bannon, Elon Musk, Donald Trump y Cambridge Analytica. Por eso en el ecosistema informativo en constante evolución proliferan las noticias falsas, los memes que generan impacto inmediato sin confrontar racionalmente el dato y el uso de la inteligencia artificial para crear videos o fotos trucadas.
Humo de guerra, guerra de humo
En las redes sociales proliferan videos de IA que simulan acciones bélicas como si fueran videojuegos, se pueden ver fotos de personas que nunca se fotografiaron juntas y diciendo cosas que nunca dijeron. En ese marco de datos tóxicos es que el común de la gente se informa.
La información se presenta sin reflexión, carente de sustento racional y pletórica de emotividad. Es basura puramente tóxica que busca generar conexión emotiva en un sujeto alienado y propenso a reforzar sus creencias previas, sin correr riesgos de una disonancia cognitiva.
Esta calidad de la información se puso en debate en 1980 en la UNESCO generando el Informe MacBride (por su autor Seán MacBride). Ese trabajo destacaba la necesidad de la pluralidad de voces en un mundo bipolar y remarcaba la escasez de información útil contra la abundancia de información inútil marcando dos clases de sujetos respectivamente: los inforricos y los infopobres.
Sin embargo, la proliferación de fuentes de información que trajeron las redes sociales y la digitalización sobrevino en aún más infopobres que, en base a exponerse selectivamente a la data que no les genere disonancia cognitiva y que siga fortaleciendo su sistema de creencias.
Ramonet hace 24 años decía que la solución a este hiperconsumo informativo de info berreta era “descontaminar y consumir la información que consideremos más pura y basada en la confianza”, remarcando la responsabilidad y el compromiso del periodista y su firma, combatiendo el anonimato.
Estamos ante un nudo gordiano. El individuo, alienado per sé en su mundo digital a pesar de la hiperconectividad, alejado de la calle y de su colectivo de identificación, está a la deriva de caer en las redes de un periodista de firma reconocida que pasa todos los meses por la US Embassy o de un tiktoker famoso que replica lo mismo y que su fidedignitas sobrevenga de la cantidad de seguidores.
Las redes no precisan periodistas, precisan “inmedialistas”. “Un espejo que refleje el rayo de sol”, decía Ramonet. O sea, emisor de una información que, en lugar de iluminar y generar acciones en función de la razón, enceguece y dispara emociones. Eso, más la simultaneidad de la información que construye agenda es suficiente para que el sujeto crea que una verdad es mentira.
¿Qué hacer ante esto que parece un laberinto sin salida? Militar la verdad, constantemente. Romper el cerco, como pide Rodolfo Walsh. Generar una referencia que permita establecer un punto de contacto, un denominador común, con el sujeto alienado. La verdad siempre está, como la Luna y el Sol, y es una gota que con el tiempo horada la piedra.
Ramonet al respecto parafraseaba a Albert Einstein explicando la relatividad con el ejemplo del movimiento de trenes. “Si usted está en un tren detenido en una estación, al lado de otro, cuando uno de ellos avanza usted no puede saber si está en el tren detenido o en el que circula. ¿Por qué? Porque no tiene ningún punto fijo que le sirva de referencia. Sin eso, estamos perdidos”. Hay que gestar esa referencia. La única verdad es la realidad.
*José Ignacio Otegui, aka Vasco Otegui. Licenciado en Comunicación Social, doctorando en la UNLP. Militante peronista.
