El Trabajo Agrario de Nueva Fase – Por María Rizzo y Matías Strasorier

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El Trabajo Agrario de Nueva Fase

Por María Rizzo y Matías Strasorier

La historia de la producción agroalimentaria no es solo una cronología de inventos y cosas, es el relato de la transformación del trabajo humano, la única fuerza capaz de crear valor. La acción humana, desde las primeras manos colocando las semillas en la tierra o recolectando frutos hasta los algoritmos que hoy gestionan el riego, representa el recorrido que refleja una sofisticación técnica, que, bajo la lógica capitalista, profundiza la explotación del ser humano y la naturaleza.

El trabajo de hombres y mujeres continúa siendo el factor que genera el valor, el que valoriza la mercancía. En los inicios fue con una vara, luego con la hoz y la pala, continuó con la tracción a sangre de bueyes y caballos que multiplicaron la fuerza física, pero el valor se generaba en el sudor y la sangre del trabajador y la trabajadora, del campesino y la campesina. En el siglo XX la mecanización incorporó el tractor y los implementos, y al final del siglo llegaron los paquetes tecnológicos como el de la soja, pero la lógica no cambió, la máquina y “las cosas” son «trabajo muerto» que solo aumentan su valor o vuelven a la vida, a través del «trabajo vivo», es decir, la acción humana que las opera.

Hoy, en la «Agricultura de Nueva Fase» la centralidad del trabajo agrario está dominado por la unión de lo real, lo virtual y lo biológico. Y dicho trabajo, ya no necesariamente es predominantemente físico (desgaste de energía calórica o quema del cuerpo en el proceso productivo), sino altamente calificado en conocimiento. El tractorista muta a manejar un dron, el ordeñador debe mutar a interpretar los datos que arroja el tambo robotizado para la toma de decisiones, y hasta los ingenieros agrónomos y veterinarios empiezan a competir con la rápida respuesta de la IA. Sin embargo, siempre hay seres humanos accionando el instrumento, aunque sea realizando un trabajo intelectual.

La tecnología no reemplaza al trabajo humano, lo desplaza hacia la gestión de la complejidad. Y esto debería traducirse en mejores condiciones de vida, o más bien mejores condiciones de trabajo, al no necesitar ya tanto esfuerzo físico porque es reemplazado por alguna “cosa”, máquina o trabajo pasado. Para eso, las y los trabajadores agrarios deberían apropiarse del manejo tecnológico. Ya no deberían sufrir sus espaldas o las articulaciones de sus manos. Ya no debería sufrir las inclemencias del clima, el sol quemando la piel o el frío calando los huesos.

Sin embargo, al sistema de producción social capitalista, basado en la explotación del hombre por el hombre para la concentración de riquezas de unos pocos capitalistas, poco le importan las y los trabajadores agrarios. Para el capitalista da lo mismo un burro o un buey, que una trabajadora o un trabajador rural, así lo demuestran los sobrados ejemplos de casos de explotación que se han develado y denunciado en los últimos años, pleno siglo XXI, sometiendo a trabajadores rurales a condiciones prácticamente de esclavitud. El caso de Luis Etchevehere, ex ministro de Agricultura, Ganadería y Pesca del Gobierno argentino de Mauricio Macri, por ejemplo, que en sus campos tuvieron en condición prácticamente de esclavos por más de 40 años a los hermanos Cornejo*. O el caso en el que la Fiscalía del Trabajo de Brasil investiga a empresas agroindustriales, como Cargill y JBS, por irregularidades laborales en sus cadenas de producción, en donde más de 50 grandes empresas en el país presentan cadenas contaminadas por trabajo análogo a la esclavitud, según el proyecto Chain Reaction del MPT que busca responsabilizar a las compañías.

Con la mayor productividad que las nuevas tecnologías aportan, los capitalistas no buscan liberar tiempo al trabajador, sino que se traduce en una mayor tasa de explotación o en la expulsión y el reemplazo.

Según análisis recientes de la FAO, la participación del empleo en los sistemas agroalimentarios a nivel mundial ha disminuido notablemente, pasando del 52,2 % en el año 2000 al 39,2 % en 2021, lo que revela un importante desplazamiento hacia otros sectores en los últimos dos decenios. África se sitúa en primer lugar, con un 64,5 % del empleo en los sistemas agroalimentarios, lo que indica una gran dependencia de los sistemas agroalimentarios. Le sigue Asia, con un 41,5 %, lo que refleja la coexistencia de una economía agraria y una creciente industrialización. En las Américas, la participación en el empleo total es del 22,4 %. Le siguen Oceanía, con un 18,7 %, y Europa, con un 14,7 %, de donde se desprende que estas son economías más diversificadas que dependen menos del empleo en los sistemas agroalimentarios.

La pelea no es contra las máquinas, ni las Apps

El problema no es el robot que ordeña 500 vacas, sino quién es el dueño del robot y para qué se usa. La tecnología, puesta en función de la humanidad, con seguridad elimina el sufrimiento del trabajo rural y garantiza todos los platos y las ollas del mundo llenas. Pero para ello, es necesario rescatar el rol social de la producción agroalimentaria y la dignidad humana del trabajador y la trabajadora agraria. La agricultura debe dejar de ser una rama de la especulación financiera para volver a ser la base de la salud y la nutrición humana. No se trata de rechazar la innovación, sino de disputar su sentido, resolviendo si estas herramientas estarán al servicio de mejorar la vida de las mayorías o si consolidarán un modelo productivo cada vez más excluyente.

El futuro llegó, la producción y el trabajo agrario es y será cada vez más tecnológico, la lucha está en que también sea soberano, justo y profundamente humano.

*https://www.pagina12.com.ar/diario/economia/2-249182-2014-06-23.html

 

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