De la Ilustración al algoritmo – Por Marcio Pochman
Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de NODAL. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.
Marcio Pochman *
La transición desde la expansión de la conciencia ilustrada hasta la fragmentación digital revela cómo el monopolio de la atención secuestra la capacidad humana de abstracción y reflexión profunda.
Si Karl Jaspers identificó la llamada «era axial» como un momento de ruptura, en el que diferentes civilizaciones produjeron formas superiores de pensamiento abstracto, reflexivo y universal, el siglo XXI parece apuntar a un movimiento inverso, con la reconfiguración regresiva de las capacidades cognitivas bajo la hegemonía de las grandes plataformas digitales. Teniendo en cuenta el contexto histórico necesario, este es un proceso que podría sugerir una nueva forma de ocultamiento.
La Era Axial se caracterizó por el surgimiento de figuras como Buda, Confucio, Sócrates, Jesucristo y Mahoma, asociadas a la expansión del vocabulario humano y a la formulación de categorías abstractas fundamentales como la ética, la trascendencia, la razón y la universalidad. Representó un salto cualitativo en la capacidad humana de simbolizar, argumentar y reflexionar.
Con la decadencia oscurantista que se concentró durante diez siglos en el conocimiento dentro de las instituciones religiosas, la Ilustración se encargó de situar la razón, la crítica y la autonomía intelectual en el centro de la vida social. Al defender el conocimiento científico, la libertad de pensamiento y la secularización del saber, la Ilustración amplió las bases de la reflexión racional y el cuestionamiento de las verdades impuestas por la autoridad religiosa y política. Si bien no eliminó las formas de dominación, representó un avance histórico decisivo al afirmar la capacidad humana de comprender, explicar y transformar el mundo mediante el uso público de la razón.
Hoy, bajo el dominio casi monopolístico de las grandes empresas tecnológicas , se está consolidando una nueva infraestructura del pensamiento, basada menos en la expansión de la conciencia que en su captura y fragmentación. Lo que está en juego no es solo el contenido de la información, sino la propia forma de pensar.
Del monopolio de la fe al monopolio del algoritmo.
Si en el pasado la oscuridad estaba ligada al monopolio religioso del conocimiento, el presente digital revela un nuevo tipo de concentración, ya no la de la verdad teológica, sino la de la atención y la mediación cognitiva. Los algoritmos no solo distribuyen información, sino que también priorizan lo que merece visibilidad, favoreciendo el contenido de alta circulación y baja complejidad. De este modo, contribuyen a crear un entorno donde el vocabulario se simplifica, la escritura se vuelve más funcional e inmediata, y la abstracción da paso a la reacción.
Esta es la transformación silenciosa del lenguaje y, por consiguiente, de la conciencia misma. El lenguaje no es meramente un instrumento de comunicación, sino la condición para el pensamiento abstracto. Cuando el vocabulario se empobrece, también se reducen las posibilidades de conceptualizar y comprender el mundo.
George Orwell ya advertía sobre este problema al criticar la degradación del lenguaje político. El empobrecimiento de las palabras reduce la capacidad de pensamiento crítico. En la era digital, las frases cortas sustituyen a los argumentos, las imágenes a los conceptos y la velocidad a la reflexión.
El resultado no es ignorancia en el sentido clásico, sino algo más profundo, como un debilitamiento de la capacidad para mantener un razonamiento complejo e interconectado. La filosofía, la ciencia y la política dependen del tiempo, el silencio y la continuidad. En el entorno digital, por el contrario, predomina la interrupción constante. Cuanto mayor es la cantidad de información disponible, menor tiende a ser la capacidad para procesarla en profundidad.
No se trata de una falta de inteligencia individual, sino de un entorno que fragmenta sistemáticamente la atención, premia la superficialidad y penaliza el esfuerzo cognitivo sostenido. El resultado es un cambio en la propia ecología del pensamiento. Por lo tanto, la hipótesis del declive del coeficiente intelectual debe tratarse con cautela, incluso si existen indicios de estancamiento o retroceso en algunas sociedades.
Más importante que este debate, sin embargo, es reconocer que nos enfrentamos a un cambio cualitativo, con menos memoria interna y mayor dependencia externa, así como menos lectura profunda y más navegación superficial, menos argumentación y más reacción. La inteligencia, por lo tanto, no desaparece, sino que se ha redirigido hacia tareas compatibles con la lógica de las plataformas.
Bajo el capitalismo de plataformas, regresión cognitiva
Este proceso no es casual. Está integrado en el modelo de negocio de las plataformas digitales, cuyo objetivo principal es maximizar el tiempo de permanencia y la interacción. La simplificación cognitiva no es un mero efecto secundario, sino un subproducto funcional de un sistema que transforma la atención en valor económico.
En este sentido, la regresión de la capacidad de abstracción puede entenderse como una forma contemporánea de dominación estructural. El control ya no se ejerce principalmente mediante la censura, sino a través de la modulación de los patrones de pensamiento. Si la Era Axial representó un momento de expansión de la conciencia humana, el desafío del siglo XXI podría ser evitar su contracción.
Por lo tanto, la cuestión no radica en rechazar la tecnología, sino en cuestionar sus formas de organización y sus objetivos sociales. Esto requiere reconstruir espacios para la reflexión pausada y profunda, revalorizar el lenguaje como herramienta crítica y someter los sistemas algorítmicos al control democrático.
La era digital no instaura una nueva Edad Oscura en el sentido clásico. Produce algo más sofisticado, una forma de ocultamiento que opera no por falta de información, sino sobre todo por su exceso desestructurado. No se trata de prohibir el pensamiento, sino de su dispersión.
Si Karl Jaspers identificó momentos de mayor consciencia a lo largo de la historia, el presente nos obliga a preguntarnos si no corremos el riesgo de su negación. La cuestión no es meramente técnica. Es política. Y, sobre todo, urgente.
*Catedrático de economía en la Unicamp, es el actual presidente del IBGE (Instituto Brasileño de Geografía y Estadística). Es autor, entre otros libros, de * Nuevo sujeto colectivo: La gobernanza de las poblaciones en tres etapas del capitalismo en Brasil”
