China y su programa de seguridad alimentaria global tensionan el modelo agroexportador de América Latina
Por María Rizzo y Matías Strasorier*
La disputa por la seguridad alimentaria global se convirtió en un frente estratégico dentro de la rivalidad estructural del G2. En este escenario, China despliega un modelo que combina política industrial, inversión financiera y control tecnológico, replicando la estrategia que le permitió dominar sectores como la energía solar y los autos eléctricos. La seguridad alimentaria deja de ser un asunto doméstico para convertirse en un campo de poder global, donde se disputan soberanías, mercados y narrativas de sostenibilidad.
Este movimiento se inscribe en la nueva fase digital-financiera del capitalismo, marcada por la reorganización del capital en torno a plataformas, algoritmos y fondos globales. Los alimentos se transforman en activos estratégicos integrados a las lógicas de datos y financiamiento transnacional. En este marco, los fondos soberanos chinos y los grandes actores del capital financiero global se convierten en protagonistas de un tablero donde la producción agrícola se entrelaza con biotecnología, logística y geopolítica.
El objetivo de Beijing es reducir su vulnerabilidad frente a mercados internacionales dominados por terceros países y construir un sistema agroalimentario capaz de sostener autonomía política, estabilidad social y competitividad industrial. La magnitud de esa transformación anticipa impactos profundos sobre América Latina, especialmente sobre economías como Argentina y Brasil, altamente dependientes de la demanda china de soja y carne vacuna.
Durante las últimas cuatro décadas, la expansión industrial sostenida y el crecimiento dirigido de sectores de alto valor sacaron a cientos de millones de personas de la pobreza, mientras los ingresos per cápita se multiplicaron por 25 desde 1978. En el mismo período, la población china creció en más de 450 millones de personas. China se integró a los mercados agrícolas globales como un gran motor de demanda. El aumento de ingresos y las transformaciones dietarias la convirtieron en compradora dominante de cultivos destinados a la alimentación animal y en un actor central en la configuración de los flujos globales de demanda.
Ese proceso transformó a China en el principal importador agrícola del planeta. Hoy representa el 60% de las importaciones globales de soja y el 24% de las de carne vacuna. Brasil aporta más del 60% de la soja que importa China y Argentina destina el 89% de sus exportaciones de soja a ese mercado.
Sin embargo, este modelo comenzó a mostrar límites. Las restricciones de tierra cultivable, el estrés hídrico, las inundaciones, las sequías y las enfermedades animales expusieron una vulnerabilidad estructural. Entre 2018 y 2021, la peste porcina africana obligó a sacrificar alrededor de ciento cuarenta millones de cerdos, casi el 40% del rodeo porcino chino. A eso se sumaron las inundaciones de 2023 y 2024, que dañaron cerca del 2% de la superficie cultivada nacional.
El impulso definitivo de esta estrategia llegó tras la guerra comercial con Estados Unidos iniciada en 2018, durante la presidencia de Donald Trump. Las tensiones arancelarias dejaron en evidencia una debilidad estructural de China: su alta dependencia de proveedores externos.
La respuesta de Beijing fue elevar la seguridad alimentaria al mismo nivel estratégico que la energía y las finanzas. El XIV Plan Quinquenal (2021-2025) marcó ese giro. El XV Plan Quinquenal (2026-2030) profundiza esta dirección, donde la agricultura inteligente, las proteínas alternativas, la biología sintética, los cultivos genéticamente modificados y la biofabricación aparecen como pilares de una nueva etapa productiva.
China ya aplicó esta lógica en otros sectores. En menos de una década pasó a controlar el 80% de la capacidad mundial de fabricación solar y el 70% de la producción global de vehículos eléctricos. Ahora busca replicar ese modelo sobre el sistema alimentario.
El esquema combina cinco elementos: planificación centralizada, financiamiento estatal, creación de clústeres industriales regionales, regulación orientada e inducción de demanda. En regiones como Beijing-Tianjin-Hebei, el Delta del Río Yangtsé y Guangdong ya se consolidan polos de biofabricación y proteínas alternativas. Allí convergen universidades, laboratorios, infraestructura química y empresas tecnológicas capaces de acelerar la transición.
El objetivo inmediato es reducir la dependencia de soja importada. China busca bajar la participación de harina de soja en la alimentación animal del 14,5% al 10% hacia 2030. Solo esa decisión podría reducir las importaciones en 23,5 millones de toneladas, un volumen similar a todas las exportaciones estadounidenses de soja hacia China durante 2024.
En paralelo, Beijing avanza sobre nuevas fuentes de abastecimiento. Angola se convirtió en un caso emblemático. El conglomerado estatal Citic Ltd. invertirá USD 250 millones para desarrollar unas cien mil hectáreas agrícolas destinadas principalmente a soja y maíz. El 60% de la producción será exportado directamente a China. Se trata de una estrategia que articula diplomacia, infraestructura y producción agroindustrial en África.
El avance de la planificación estratégica del gigante asiático tensiona sobre América Latina debido a la dependencia exportadora de monocultivos y estructuras económicas primarizadas. Pero, sobre todo, desnuda un problema de fondo, ¿hasta cuándo la región seguirá organizando su desarrollo en función de demandas externas y de manera fragmentada?
En este contexto, el verdadero debate es si América Latina será capaz de construir una estrategia propia de integración, desarrollo tecnológico y soberanía alimentaria. La magnitud de los cambios en curso obliga a pensar una planificación regional que priorice el trabajo, la producción y el bienestar de los pueblos latinoamericanos, recuperando una perspectiva de unidad e integración capaz de disputar un lugar en el nuevo orden global.
*Strasorier es Director del Centro de Estudios Agrarios, Argentina. Maestrando en Estudios Sociales Agrarios (FLACSO) y Analista agropecuario. Rizzo es co-Directora del Centro de Estudios Agrarios, Médica Veterinaria, maestranda en Desarrollo Regional y Políticas Públicas de FLACSO.











