Paula Gimenez, del Convoy Maghreb a Gaza, secuestrada en Libia
Paula Gimenez, del Convoy Maghreb a Gaza, secuestrada en Libia
Por Claudia Korol
¿Cuál fue la motivación por la que decidiste ser parte del Convoy a Gaza?
-Hace muchos años que trabajamos desde Argentina un grupo grande de gente para visibilizar el genocidio que lleva adelante el sionismo, encabezado ahora por Netanyahu, pero que hace más de 80 años se viene llevando adelante contra el pueblo palestino. Junto a la iniciativa de la flotilla, se estaba dando la del convoy, como estrategia para romper el bloqueo, tanto por tierra como por mar, intentando hacer llegar ayuda humanitaria a Gaza. Casas, móviles, ambulancias, insumos médicos, elementos para la producción, apoyo profesional. Llevábamos todo para tratar de paliar ese genocidio. Con Lucas nos sumamos como argentinos, convencidos de que en Argentina todavía queda mucho por saldar en relación a la causa palestina, porque hay muchas posiciones tibias, o no se visibiliza el genocidio. Fue por eso que que decidimos ir hasta allá. El camino era por tierra. La idea era cruzar Libia del Este, llegar a Egipto. Si bien sabíamos que en Egipto iban a haber dificultades por la posición política en relación a Gaza, y la alianza que tiene con Israel, había mecanismos planteados para conseguir que la ayuda humanitaria llegara, pero las negociaciones se complicaron, y ya en el primer intento de cruzar a Libia del Este fuimos secuestrados. Ahí comenzó una pesadilla realmente que no la esperábamos, pero que tuvimos que afrontar.
Hace mucho tiempo que empezó la acción del sionismo contra el pueblo palestino. ¿Cómo analizás ese proceso?
-Bueno, comenzando por el hecho de que Israel es tierra ocupada de Palestina. Un pueblo al que se le pretendió avasallar su dignidad, su derecho a la autodeterminación, a existir, a través de la violencia de Occidente y del sionismo. Después de la 2º Guerra Mundial, cuando le entregaron esos territorios a Israel, comienza una ocupación genocida. Nosotros estuvimos en Libia en la conmemoración de la NaKBA (Nakba significa “catástrofe” o “desastre” en árabe. Con ese término el pueblo palestino denomina al éxodo masivo y la destrucción de su sociedad desde la creación del estado de Israel. NR). Ahí tuvimos un acto de siembra de olivos, la producción simbólica del pueblo palestino. Esa ocupación, con complicidad de Occidente, da una muestra de lo peor del capitalismo salvaje, del occidentalismo colonial, de la ocupación por sobre cualquier derecho de quienes viven en esas tierras. Creo que Palestina representa la capital de los pueblos en lucha, porque han resistido tantos años y ataques sistemáticos. En Argentina hay visiones muy sesgadas en relación a lo que está pasando en Palestina, y nuestra intención tenía que ver con una solidaridad desde esta mirada.
Decías que no esperaban este tipo de secuestro y prisión que sufrieron durante un mes. ¿Cómo viviste ese mes?
-Nosotras/os formábamos parte del equipo médico, yo como psicóloga, y Lucas como médico veterinario. El convoy había acampado muy cerca del límite entre Libia del Este y Libia del Oeste. La idea de acampar tan cerca era para ejercer presión sobre Libia del Este, para que nos dejaran pasar. Formamos un equipo negociador que fue tres veces a la frontera. La primera vez fue con la Luna Creciente Roja (equivalente a la Cruz Roja, nada más que como ellos no son cristianos, le dicen luna creciente). La idea era que la luna creciente recibiera la ayuda humanitaria y la hiciera pasar por Egipto. Íbamos a sentirnos realizadas/os si conseguíamos que la luna creciente tomara la ayuda humanitaria y la llevara. Cuando fuimos, hablamos con el ejército de Libia del Este y con la Luna Creciente Roja, y les entregamos una carta. Nos dijeron “en 24 horas les contestamos”, pero no tuvimos respuesta. Fuimos una segunda vez. Esa vez estaba solamente el ejército de Libia del este, y así como llegamos nos dijeron: “váyanse”. Entonces dijimos: “vamos a ir una tercera y última vez, pero va todo el convoy”. Montamos las casas, ambulancias, los colectivos con todos los civiles, y el equipo de negociación iba adelante. Fuimos los que nos acercamos al checkpoint, que es el límite, la frontera entre entre las dos Libias. Nos acercamos con la carta para decirle nuestro mensaje, que era: “queremos darle la ayuda a la luna creciente roja, si nos dejan pasar, vamos, si no nos dejan pasar, volvemos”. Paramos antes de cruzar el checkpoint, y cuando vemos, era un operativo de más de 50 vehículos militares, cantidades de uniformados, policías y militares de civil que se nos vinieron encima. Nos rodearon, nos hicieron bajar de las camionetas, nos sacaron todo lo que teníamos. Nos separaron a hombres y mujeres. Nos metieron en una unidad de traslado penitenciario a las mujeres, y a los hombres en una camioneta con cúpula cerrada, y nos llevaron a una unidad militar. A partir de ahí empezamos el infierno, porque estuvimos incomunicados, sin saber qué nos estaba pasando, dónde estábamos, sin abogado, sin comunicación con nadie, en un estado de incertidumbre total por lo menos 10 días. Pasamos 10 días técnicamente desaparecidos, porque nos tuvieron en Sirte, la ciudad limítrofe, pero a las 48 horas nos trasladaron, con una mentira, porque nos dijeron que nos devolvían a Trípoli, que podíamos volver a Libia del Oeste, que éramos libres. Nos dijeron “les pedimos disculpas si algo estuvo mal. Nosotros también estamos con la causa Palestina, ya chequeamos sus perfiles, ahora van a poder volver a su casa”, y nos subieron al avión. Ya en el avión nos dijeron que iba destino a Bengasi, la capital de Libia del Este. Dijimos: ¿qué pasó que nos están mandando a Bengasi? Una incertidumbre ¿por qué, por qué, por qué? Cuando bajamos había una caravana gigante de militares esperándonos. Nos llevaron a nosotros todavía pensando que íbamos a ir a Trípoli. Nos suben a la caravana, atraviesan la ciudad, se empiezan a alejar, y vemos un portón de reja gigante. Nos metieron al lugar en el que estuvimos el resto de los días, en un centro clandestino de detención de los servicios de inteligencia libios. Éramos 10, 6 mujeres y 4 hombres, de Polonia, Portugal, Italia, Argentina, España, Túnez y Estados Unidos. Éramos los voluntarios que nos ofrecimos para formar parte de la negociación, los que fuimos a pedir que dejen pasar a los 300 que venían atrás. El convoy venía de Marruecos, Argelia, Túnez, Libia. Era todo un convoy del Maghreb (del árabe al-Maghrib, “lugar por donde se pone el sol”, región del norte de África que abarca a Marruecos, Argelia y Túnez, extendiéndose a Libia, Mauritania y el Sáhara Occidentel. NR). Eran mayoría hombres en el campamento, muchas mujeres musulmanas, y algunas occidentales, que fuimos las que nos propusimos para ir a negociar.
¿Cuáles fueron las condiciones de detención?
-Cuando llegamos a ese centro de detención nos golpearon, nos sacaron todas las pertenencias. Nos metieron a unos calabozos individuales de 2 por 2, que tenían una letrina, no tenían luz. Se veían las cucarachas que nos caminaban por encima, telarañas, olor a podrido, perros que ladraban. Imagínate la incertidumbre de lo sonoro ante tanto desconocimiento de lo que estaba pasando. Era muy terrorífico para el cuerpo, porque no sabíamos si nos venían a buscar para torturarnos, si estábamos todos, no teníamos idea de lo que estaba pasando. Fueron tres días que pasamos en esos calabozos. Declaramos huelga de hambre, huelga de agua, para que nos digan cuál era nuestra situación. Nos empezamos a descomponer, a deshidratar. Había una compañera polaca que es diabética, y se descompensó. Ahí vino un preso que estaba en ese lugar, gente sin ningún tipo de condena. Eran presos ilegales que no tenían condena firme ni nada por el estilo. Hablaba en inglés, por eso lo trajeron. Nos tomó la presión, le tomó la presión a ella, y nos dijo “acá no hay derechos humanos”. Todo iba magnificándose. Estábamos muy descompuestos por la huelga de hambre. Era una angustia tremenda, no nos daban llamada telefónica. Pedíamos abogados, la embajada, nada, nada, nada. Cuando empezaron a ver que no comíamos y que se nos deterioraba la situación física, nos trasladaron a unas celdas que eran de 4 por 4. Ahí estábamos de a 3 personas las mujeres, y de a 4 los hombres, más o menos lo mismo en términos de hacinamiento. Al 4º día apareció el Cónsul de Italia. Fue como “bueno, ya saben dónde estamos”, y de todas maneras no sabíamos cuál era nuestra causa. Nos interrogaron a la semana. Nos acusaron de espionaje, terrorismo, asociación ilícita y de inmigración ilegal. Todo eso sin ningún abogado, escribiendo todo en árabe. Nos hacían firmar las declaraciones en árabe. Nosotros no sabíamos qué estábamos firmando. Le poníamos “no entiendo”, porque por la historia sindical sabíamos que había que poner algo así. Ahí también nos mintieron, nos dijeron “en 2 días se van”. Pero ¿cómo nos íbamos a ir si nos estaban diciendo que éramos terroristas, que llevábamos dispositivos de espionaje en la ambulancia? Si vos evaluás con cualquier código penal, esos delitos tipificados son años de condena. Sacamos la cuenta y decíamos “con suerte nos meten presos”, que significa que nos blanquean. Cuando vino el Consul de Italia suspendimos la huelga de hambre, pero como no volvió a pasar más nada y seguíamos incomunicados, volvimos a empezar una huelga de hambre, que fue donde todos nos descompensamos. Yo me desmayé, convulsioné. Ahí los guardias se preocuparon, y nos habilitaron una llamada telefónica desde el whatsapp de los guardias, completamente informal. Fue el primer contacto con nuestras familias, que estaban desesperadas, denunciando desaparición de personas. Pudieron ver que estábamos muy mal de condiciones, pero que estábamos vivos y vivas. Fue como “bueno, estamos mal, pero no tan mal”. Yo venía de la huelga de hambre, la huelga de agua, de haberme desmayado, de haber convulsionado, en un estado emocional completamente desbordada. Era una angustia que me brotaba, no la podía controlar, y encima escuchar a mi mamá, que tiene una historia con la dictadura militar. Ella tiene su marido desaparecido. Entonces, imaginate una hija desaparecida, desesperada por decirle “estoy bien”, porque yo me imaginaba que ella estaba pensando “desapareció también mi hija”. Cuando me comuniqué, fue desbordada de angustia. No podía dar tranquilidad porque no la tenía. Esa llamada la graban y después la difunden. Eso fue un boom, porque yo les cuento todas las condiciones. Cuando se difunde, los guardias lo ven y me obligan a llamar para que lo borren. Dicen; “si se difunde ustedes van a volver al calabozo individual”. Ese tipo de aprietes tuvimos todo el tiempo. Poder comunicarnos fue el primer paso de sentir que existíamos, que ellos supieran que estábamos, y nosotros saber que ellos sabían que estábamos, dónde estábamos. Porque era todo tan turbio que al no estar blanqueados, no había un procedimiento judicial, no había una denuncia concreta, no había una causa. Ésa era la desesperación más enorme. Después nos llama un fiscal. Graban un video y se lo muestran a las familias, después de que terminamos casi hospitalizados.
¿Cómo fue la relación entre ustedes?
-Fue la salvación. Nos teníamos a nosotras y a nosotros. Elaborar la angustia juntos, acompañarnos cuando a Laura le bajó la presión, cuando yo me descompensé. Hacíamos meetings para elaborar, comíamos juntos. Tratábamos de construir un relato común, que no nos sobrepasara la información falsa que nos daban los guardias, no caer en la manipulación. Había muchas vulnerabilidades, entonces siempre alguno se caía, se desmoronaba, se pasaba dos días encerrado, otro tenía un dolor muy fuerte, otro se enfermaba. Lo único que teníamos era el grupo, era abrazarnos, sostenernos, y ahí encontrábamos la causa que nos unía, que era la lucha, la idea ésta de: “ellos quieren deshumanizarnos, disciplinarnos. De acá tenemos que salir más fuertes, más humanos, tenemos que hacer que Palestina sea la consigna de la lucha de los pueblos. También cantábamos canciones como “Bella Ciao”, que había dos italianos que nos enseñaron. En los momentos más tristes, más angustiantes, la cantábamos, era nuestra canción. Cuando nos fuimos la cantamos, y cada uno cantaba canciones de lucha de su país, traíamos poemas, todos los símbolos, la palabra escrita, la palabra hablada, el abrazo, la emocionalidad. Todo lo humano que se construyó fue en ese lazo entre entre unos y otros. Esa fue nuestra nuestra fortaleza realmente, el grupo. Los 10 del Magreb, el Magreb 10.
¿Cómo fue la recuperación de la libertad? Por un lado duele todo lo que vivieron ustedes, y también llama la reflexión sobre lo que está viviendo el pueblo palestino.
Sí, todo el tiempo hablábamos de eso. Decíamos “somos occidentales, blancos, privilegiados, están los organismos de derechos humanos resguardándonos”. Ya cuando se fue blanqueando la situación, decíamos: “es de terror, porque no podemos minimizar que lo que vivimos fue terrorífico, pero no se compara con esa vida inhumana que quieren imponerle al pueblo palestino”. La fortaleza era pensar en esa lucha. A pesar de tanta violencia, tanta deshumanización, siguen resistiendo. Decir ¿cómo hacen? Porque cuando nos quebrábamos, decíamos: “no llevamos ni un mes acá, y este pueblo lleva 80 años resistiendo”. Era un ejemplo, y ni comparado a lo que nosotros estábamos viviendo. Recordamos la cantidad, los tipos de tortura, desde meter enfermedades, más de 400 niños presos, destrucción de toda la infraestructura. O sea, la violencia, el sadismo que sufre el pueblo palestino es incomparable con lo que nos tocó vivir a nosotros. Era como siempre el mensaje ¿qué vamos a hacer cuando salgamos? Hablar de Palestina. La pasamos mal, pero el centro de esto es que el que se quiere acercar para solidarizarse con Palestina sufre una pequeña parte de lo que el el pueblo palestino sufre todos los días. Ese es y sigue siendo nuestro compromiso. Salimos, es difícil, vamos a tener que pasar unos días para seguir elaborando todo, porque hay una cosa postraumática ahí que está obviamente, pero llegamos y nos fuimos a la calle, a la marcha por Palestina, el miércoles nos vamos con los jubilados. Es la calle lo único que cura, lo único que sana y lo que nos pone el cuerpo a disposición de sanar es la lucha. No va a ser quedarnos en casa encerrados ni va a ser resguardarnos. Es estar en la calle como el pueblo palestino ha hecho todos estos 80 años, seguir resistiendo.
En el caso de nuestra detención, estuvo la izquierda con el peronismo, con distintas expresiones, unidas en solidaridad por nuestra libertad. Aquí tenemos un gobierno fascista, sionista, y el abrazo entre extraños, en la solidaridad, el abrazo por Palestina, por las causas justas, son los que nos permiten construir una una agenda programática que nos saque de esta situación tan terrible. El desafío es construir una unidad programática que trascienda la dinámica institucional de la política, esa que es por abajo, que pone la solidaridad, el amor, la humanidad por delante. Yo confío en que en Argentina eso es posible. Una unidad programática en pos de la humanidad y de la dignidad de nuestro pueblo, para que el sionismo y el imperialismo dejen de ponernos el plan en nuestras vidas.
