Cadenas de suministro estratégicas: régimen de coerción entre EEUU y China – Por Juan Carlos Álvarez García Cano
Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de NODAL. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.
Juan Carlos Álvarez García Cano*
A inicios del siglo XX, en el contexto de las transformaciones del capitalismo industrial, Antonio Gramsci postuló una de las reflexiones más sugerentes sobre la relación entre la organización de la producción y la construcción de la hegemonía. En los llamados Cuadernos de la cárcel, Gramsci afirmaba que “la hegemonía nace de la fábrica”, condensando con ello la idea de que la dirección política y cultural de una sociedad descansa sobre la organización material del proceso productivo. Esta afirmación permite comprender que la hegemonía no depende únicamente de un sujeto estatal o de un constructo ideológico, sino también de la disciplina, el ordenamiento y la coerción que se aplican en la organización material de la producción.
Aunque Gramsci elaboró estas reflexiones a propósito del americanismo y el fordismo como formas históricas que expresaban una nueva racionalidad productiva emanada de la Primera Guerra Mundial, su alcance trasciende ampliamente aquel contexto histórico y permite pensar en los elementos que constituyen hoy en día tanto el orden social, como los diferentes planos de construcción y disputa por la hegemonía. No obstante, conforme la producción capitalista se internacionaliza en un proceso histórico de expansión constante, las condiciones materiales sobre las cuales descansa la hegemonía dejan de circunscribirse únicamente al espacio estatal-nacional, para articularse a través de redes de producción, comercio y circulación de alcances globales, haciendo de las dimensiones de la competencia y la confrontación aquellas que explicitan tanto su expansión como sus límites.
El problema entonces pasa de enfocarse únicamente en la cuestión de cómo se organiza la producción, para localizarse en la idea de cómo se organiza el mercado mundial que permite reproducirla. Desde esta perspectiva, la pregunta por la hegemonía conduce, por tanto, a la pregunta por las instituciones y los mecanismos que organizan ese orden económico internacional. Es acaso Karl Polanyi quien mejor dio cuenta de estos elementos, cuando en su obra célebre sobre La gran transformación hizo notar que el mercado “autorregulado” no constituye un orden espontáneo, sino una construcción profundamente política e institucional. Si se asume esta idea, se puede afirmar que el aseguramiento de las condiciones materiales de la reproducción hegemónica en un contexto de competencia y confrontación como el actual, depende del uso de instrumentos políticos mediante los cuales los Estados reorganizan el mercado en función de sus intereses. Si como afirma Polanyi, el mercado constituye una construcción política antes que un orden natural, entonces las condiciones materiales que permiten la reproducción de la hegemonía dejan de ser simples resultados de la competencia económica y pasan a convertirse en objetos de organización, regulación y disputa política.
Por tales razones, asegurar las condiciones materiales de la reproducción hegemónica supone organizar políticamente aquellos elementos indispensables para la acumulación de capital y para el mantenimiento del poder estatal que adquieren un carácter estratégico: recursos naturales, infraestructura, tecnologías, sistemas financieros, energía, rutas comerciales, capacidades industriales, etc. Lejos de constituir factores independientes, estos elementos se articulan actualmente mediante complejas cadenas de suministro que hacen posible la producción, circulación y reproducción del capitalismo contemporáneo. En esa media, estas cadenas de suministro estratégicas dejan de depender exclusivamente del mercado, pasando a convertirse en objetos de intervención política.
Tierras raras y dependencia estratégica
En 1992, cuando Deng Xiaoping visitó la localidad de Baotou —situada en la región autónoma de Mongolia Interior (China)—, quizá nadie más que él podía asimilar la relevancia de una frase que se le atribuye, y que sigue teniendo un eco profundo en la turbulencia del presente: “El Medio Oriente tiene petróleo; China tiene tierras raras”. Reconocido como una de las figuras políticas más importantes de China, Deng Xiaoping no sólo asumía la relevancia del distrito minero de Bayan Obo, considerado el mayor yacimiento conocido de tierras raras en el mundo, sino que apuntaba a impulsar el potencial económico, geopolítico y tecnológico de ese recurso. Aunque la industria china de tierras raras ya se encontraba en desarrollo desde mediados de la década de los ochenta, el punto de inflexión de su condición estratégica sólo tiene lugar a partir de los primeros años del siglo XXI, cuando las tierras raras pasan a ser un componente esencial para la producción de tecnología de punta.
No obstante, la posición de China en relación con la producción y procesamiento de tierras raras no siempre fue dominante. Cuando finalizó la Segunda Guerra Mundial, en Estados Unidos comenzaron a desarrollarse aplicaciones nucleares, ópticas y electrónicas en función de este recurso. El descubrimiento del yacimiento de Mountain Pass (California) en 1949, permitió la comercialización de su producción, haciendo de Estados Unidos el principal productor mundial de tierras raras al menos hasta la década de los ochenta, justo en el momento en el que China comenzó a interesarse en su producción y procesamiento. Paralelamente, en la década de los noventa —tal como lo aclara la frase de Deng—, el gobierno chino impulsó una fuerte política industrial en torno a las tierras raras a partir de fuertes inversiones estatales, bajos costos laborales, una regulación ambiental menos estricta, así como una producción que integraba minería, refinación y manufactura.
Dadas estas condiciones y en conjunto con algunos problemas de regulación ambiental y una pérdida de competitividad frente a los bajos precios internacionales impulsados por China en el mercado mundial, la mina de Mountain Pass cerró definitivamente en 1998, conllevando a que directa o indirectamente, Estados Unidos tuviera que recurrir a la importación de tierras raras. Sin embargo, el momento decisivo que evidencia la vulnerabilidad estadounidense en relación con China, tiene lugar en 2010, cuando se interrumpen de facto los envíos chinos de tierras raras a Japón debido a un incidente naval entre embarcaciones chinas y japonesas en un territorio disputado por ambos países (islas Senkaku/Diaoyu). Aunque Estados Unidos no tuvo una relación directa con ese evento, el mensaje era claro: si China —que en ese momento producía alrededor del 95% de tierras raras en el mundo y concentraba casi la totalidad de la capacidad global de separación y refinación de dicho recurso— podía utilizar su posición para presionar a Japón, entonces, también podía hacerlo con cualquier otro país.
A partir de ese año, el gobierno estadunidense reconoció la dependencia estratégica de tierras raras como una vulnerabilidad estructural de la seguridad nacional. El Departamento de Defensa de Estados Unidos junto con el Servicio Geológico estadounidense elaboraron una serie de evaluaciones sobre la dependencia de minerales críticos y la vulnerabilidad representada por el riesgo de su acceso y suministro. El resultado fue acelerar los esfuerzos para reactivar la mina de Mountain Pass que volvió a producir en 2012 bajo nuevos operadores. Posteriormente, las administraciones de Trump y Biden incorporaron el acceso a los minerales críticos como un componente central de sus estrategias de seguridad nacional, agudizando las políticas y mecanismos de acceso frente a otros competidores, y principalmente frente a China, evidenciando así un trauma estratégico sólo equiparable al de la crisis petrolera de 1973, cuando Estados Unidos fue sometido por la OPEP a un embargo petrolero y energético de profundas dimensiones históricas.
Del consenso a la coerción: la reorganización geopolítica de las cadenas de suministro estratégicas
En un escenario actual caracterizado por la competencia entre potencias y actores emergentes, la hegemonía deja de sostenerse únicamente en el consenso o la superioridad económica. Ésta, por el contrario, descansa sobre la capacidad de organizar coercitivamente las condiciones materiales de la producción y de la circulación. Mecanismos que giran en torno al aseguramiento de cadenas de suministro, tales como controles de exportación, regímenes de licencias, listas de entidades, entre otras, constituyen formas contemporáneas de coerción mediante las cuales los Estados buscan preservar posiciones de dominio dentro del capitalismo contemporáneo.
Recientemente (22 de junio de 2026), el gobierno de la República Popular de China a través del Ministerio de Comercio, emitió públicamente una resolución administrativa con efectos jurídicos que pone en el centro del debate el control de las cadenas de suministro de recursos estratégicos tales como minerales críticos, tecnologías industriales sensibles, equipos de procesamiento, componentes relacionados con la defensa, así como otros artículos incluidos en los catálogos de control de exportaciones de China. Mediante la categoría de “artículos de doble uso”, entendidos como bienes, materiales, equipos, software o tecnologías que puedan tener aplicaciones tanto civiles como militares, la resolución establece restricciones hacia una lista de diez entidades empresariales con sede principal en Estados Unidos, dedicadas particularmente a la industria aeroespacial, de defensa avanzada y de extracción y procesamiento de minerales críticos.
Destacan entre esa lista dos empresas altamente especializadas en el procesamiento de tierras raras que mantienen una relación contractual, financiera o programática con el Departamento de Defensa (DoD): USA Rare Earth y MP Materials. La primera, cuenta con un respaldo formal del Departamento de Comercio y un financiamiento potencial de 1.6 mil mdd para extracción de tierras raras, separación de elementos pesados, producción de metales y aleaciones, así como para la fabricación de imanes de neodimio, que constituyen un componente esencial para los procesos productivos y tecnológicos de punta, que van desde motores de vehículos eléctricos hasta sistemas avanzados de defensa.
La segunda, por su parte, mantiene contratos directos con el DoD (ahora DoW) que le permiten no sólo tener una inversión y compra garantizadas, sino también estabilidad en los precios de adquisición, así como una vinculación tecnológica que integra constitutivamente las actividades de dicha empresa con los objetivos de la defensa estadounidense. Estas acciones ponen a USA Rare Earth y MP Materials en el ecosistema del DoD y de su estrategia de seguridad nacional que busca crear una cadena de suministro de tierras raras —y de otros minerales críticos— que sea independiente de China.
Un aspecto particularmente significativo del resolutivo hecho por el Ministerio de Comercio consiste en que la prohibición establecida no sólo se plantea para compradores directos, sino que incorpora mecanismos de control sobre la transferencia indirecta a terceros, llámese individuos, empresas u organizaciones, mediante el establecimiento de licencias de reexportación. Esto implica para el gobierno chino ampliar el alcance regulatorio más allá de sus fronteras nacionales sobre una categoría deliberadamente extensa como la de “artículos de doble uso” en un contexto donde Estados Unidos busca establecer una relativa autosuficiencia en sus cadenas de suministro.
Ante este escenario, el gobierno estadounidense ha interpretado dichas medidas como “herramientas geopolíticas” o formas de “coerción económica”. Pero, en la práctica, Washington mantiene una doble narrativa al establecer mecanismos paralelos contra China, tales como aranceles, controles sobre transferencia tecnológica, restricciones de acceso a semiconductores, así como la conformación de listas de empresas chinas a las cuales se les han restringido compras, contratos o exportaciones, por considerar que mantienen vínculos con el ejército chino.
Paradójicamente, estas medidas no son ajenas al accionar imperialista norteamericano. En el umbral de la Guerra Fría, cuando se dio el rearme estadounidense y el impulso del complejo militar-industrial en el horizonte de la Guerra de Corea, Washington llegó a imponer estrictos controles de exportación a la Unión Soviética sobre muchos de los recursos que en ese momento se consideraban como estratégicos —principalmente minerales—, además de establecer licencias de reexportación a países que mantenían relaciones con Moscú, con el objetivo de que el enemigo común de Occidente, modelado en la figura del llamado “comunismo internacional”, no tuviera acceso a los materiales y la tecnología que fundamentaban la disputa hegemónica en dicho contexto.
Sin embargo, la diferencia estructural del escenario actual radica en la naturaleza de la competencia: mientras que en la Guerra Fría Estados Unidos combinaba el control de las cadenas de suministro estratégicas con una superioridad tecnológica que operaba sobre un adversario con capacidades industriales más limitadas, en la actualidad, su principal competidor no sólo posee capacidades tecnológicas, industriales y financieras suficientes para disputar el terreno de la hegemonía, sino que además, no muestra señales de querer perder la delantera.
Si la hegemonía depende de la organización de la producción (Gramsci) y el mercado constituye una construcción institucional antes que un orden natural o espontáneo (Polanyi), entonces resulta pertinente preguntarse cuáles son los mecanismos mediante los cuales los actores que disputan la hegemonía buscan preservar esa organización cuando la competencia amenaza las bases materiales de la acumulación. Es precisamente en ese punto, donde la coerción y no el consenso adquiere un papel central dentro del orden internacional actual. En otras palabras, el consenso continúa siendo indispensable para la reproducción de la hegemonía, pero cuando la competencia pone en riesgo las condiciones materiales que la sustentan, la coerción adquiere una centralidad creciente como mecanismo de organización del mercado mundial. En ese sentido, los controles de exportación, las sanciones tecnológicas y el aseguramiento de cadenas de suministro estratégicas, constituyen expresiones contemporáneas de la disputa por la organización material del capitalismo global.
* Profesor de asignatura en la Facultad de Economía de la Universidad Autónoma Nacional de México. Miembro del equipo editorial de ALAI e integrante del Observatorio Latinoamericano de Geopolítica.
