Crítica geopolítica del canal de Panamá – Por Juan Agulló

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Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de NODAL. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.

Por Juan Agulló*

El 20 de enero de 2025, Donald J. Trump fue claro en su toma de posesión como Presidente de Estados Unidos: “China está operando el Canal de Panamá. Y nosotros no se lo dimos a China. Se lo dimos a Panamá y vamos a recuperarlo”.

Esa frase, más allá de sus imprecisiones, expresa dos lógicas geopolíticas superpuestas.

Por una parte, la de la geopolítica “clásica”, en la que la geografía —en este caso, la ubicación de Panamá— determina el destino de cada actor, y en la que únicamente los Estados —en este caso China y Estados Unidos, dos “grandes potencias” y no Panamá, un pequeño país— parecieran tener entidad suficiente como para ser considerados “actores”.

Por otra parte, está la lógica de la geopolítica “prescriptiva” (denominación aquí sugerida por el autor del texto) en la que importa menos comprender una realidad, que identificar estrategias para intervenir sobre esa misma realidad.

En esquemas como el descrito, el denominador común es una geopolítica que funciona menos como una herramienta analítica rigurosa y más como un instrumento político-ideológico al que se le intenta revestir de “autoridad” científica.

El resultado suelen ser narrativas abigarradas que organizan el objeto de estudio de acuerdo a las expectativas de quien las produce. En esa línea suelen ir los análisis que acaban condicionando las discusiones geopolíticas en América Latina y el Caribe. Aquí se trata de demostrar que, la crítica, puede/debe ir por otro lado.

¿Cómo desenredar la madeja?

Comencemos por el relato cronológico de lo sucedido, en relación al Canal, desde la toma de posesión de Donald J. Trump. Uno de los primeros viajes de trabajo emprendidos por Marco Rubio, su actual Secretario de Estado, fue a Panamá.

Lo que le siguió fue una cuidada narrativa… En su primera reunión con el actual Presidente del país, Rubio exigió “cambios inmediatos” para reducir la supuesta “influencia china” sobre el Canal, advirtiendo que, de lo contrario, Estados Unidos tomaría las “medidas necesarias”.

El razonamiento subyacente era la “posibilidad” —nunca seriamente demostrada— de que China transformara su “influencia” en una nunca muy bien explicada “presencia militar”.

En ese marco, BlackRock (la gestora de activos más grande del mundo, con fuertes vínculos con el Gobierno Trump) le realizó una oferta de 22,800 millones de dólares a la empresa CK Hutchinson, de Hong Kong, para comprarle la gestión de 43 puertos en 23 países, incluyendo los de Balboa y Cristóbal, a la entrada y salida del Canal de Panamá.

Geopolítica de altos vuelos realizada, a través de actores multinacionales no estatales, a espaldas de la República de Panamá.

CK Hutchinson, detalle no menor, administraba los puertos del Canal desde que, dos años antes de la retrocesión a Panamá ganara —en 1997— una licitación internacional en la que participaron empresas estadounidenses y a la que, en ese momento, nadie en Estados Unidos le concedió la importancia estratégica que actualmente le concede el Gobierno Trump.

Las negociaciones con BlackRock, con todo, se estancaron; fue entonces cuando la Corte Suprema de Panamá declaró inconstitucionales las leyes que le permitían a CK Hutchinson operar los puertos del canal (por “limitar la soberanía del Estado [panameño] sobre sus recursos naturales”).

A partir de ese momento, curiosamente, se incrementó exponencialmente la presencia militar estadounidense en la zona. Un giro de 180 grados que satisfizo, en pocos meses, las demandas de un actor/”gran potencia”. Con narrativas tan lineales nada parece desentonar…

¿Tiene sentido hablar, de una “geopolítica crítica”?

La realidad es, sin embargo, algo más compleja y el margen de análisis, si se realiza a partir de planteamientos críticos, mucho mayor porque los actores, las escalas y las perspectivas son plurales y la geopolítica, dialéctica.

El canal, de hecho, como cualquier otra infraestructura —y este es el primer gran matiz crítico— no es estratégico per se. En realidad, cualquier punto del planeta puede volverse “estratégico”.

Ese proceso suele comenzar mediante el desarrollo de percepciones, ideas, intereses y acciones sobre un área determinada, que terminan transformándose en análisis, informes, cartografías, narrativas, etc.  Lo “estratégico” es, de hecho, resultado de un proceso de “producción” político/simbólico sujeto a cambios.

En el caso que nos ocupa, toda la producción sobre el istmo ha ido transformando progresivamente la zona y siendo, al mismo tiempo, reflejo de esas transformaciones. De ese modo, la región ha sido percibida como un chokepoint global y el canal como el dispositivo estratégico que le proporciona “viabilidad”.

No se trata aquí de negar su carácter “crítico” sino de cuestionarse quién, de qué manera y con qué intenciones puede considerarlo como una infraestructura “estratégica” y quién, de qué manera y con qué intenciones puede obviar otras percepciones estratégicas sobre el mismo.

¿Cómo opera la geopolítica “prescriptiva”?

La principal responsable de imponer un relato es la geopolítica “prescriptiva”, una práctica de saber/poder surgida en Estados Unidos después de la Segunda Guerra Mundial.

Cuando los think tanks, sus grandes promotores, comenzaron a proliferar en el tejido administrativo estadounidense, se convirtieron en el eje de una inédita convergencia entre tomadores de decisiones de política exterior, académicos y empresarios.

La mayor parte de los análisis críticos acostumbran fijarse en la peculiar dimensión que alcanzó, en ese marco, la relación público/privado. La clave también está, sin embargo, en el método con el que —desde mediados del siglo XX— comenzó a ser “producido” el conocimiento geopolítico: universitarios de prestigio realizando análisis para tomadores de decisiones, pero desde fuera de los círculos tradicionales de validación académica.

Es decir, universitarios que en lugar de someter su producción a la crítica de sus pares y de difundir sus resultados entre la comunidad científica, se limitan a desarrollar la agenda política del sistema, permitiendo que los think tanks que les contratan como consultores divulguen sus resultados (¿científicos?) entre altos funcionarios y directivos de empresas.

Se trata de algo parecido a lo que Michel Foucault habría caracterizado como un régimen de “producción de la verdad”. En Estados Unidos esa práctica, que arrancó durante la Segunda Guerra Mundial con el War and Peace Studies Project, se ha convertido en la forma casi “natural” en la que se piensa y se cabildea la política exterior.

La geopolítica “prescriptiva”, su resultado práctico más tangible, no se utiliza para conocer sobre el mundo sino para intervenir en el mismo. Es en ese marco en el que el canal de Panamá atrae la atención de los think tanks. De hecho, la cronología que arranca con el discurso “inaugural” de Trump, en enero de 2025, viene en realidad de más atrás.

Think tanks: repensando el canal

Los orígenes se remontan a junio de 2021, cuando el Jack Gordon Institute for Public Policy de la Universidad Internacional de Florida publicó “The return of Geopolitics: Latin America and the Caribbean in an Era of Strategic Competition”. En dicho texto, Ryan C. Berg y Hal Brands, realizaron especulaciones prospectivas como la siguiente:

La creciente alianza de China con Panamá podría resultar en un acceso preferencial al Canal de Panamá, facilitando el movimiento de mercancías y personas dentro y fuera del hemisferio, y asestando un golpe simbólico y estratégico a Estados Unidos […]

La creciente interconexión de las fuerzas armadas chinas y regionales, sumada a la ya extensa influencia económica y política china en la región, podría generar cada vez más desafíos estratégicos para Estados Unidos. En caso de una confrontación militar […] la dependencia hemisférica del apoyo económico, político y militar chino podría alentar (o forzar) a los países latinoamericanos a ayudar a China, o al menos a retirar su apoyo a Estados Unidos (Berg y Brands, 2021, p. 10).

Ese texto fue el primero de una cadena de textos, casi todos en la misma línea argumental, casi todos promovidos por grandes think tanks y casi todos, citándose mutuamente: “Great Power Competition and Conflict in Latin America” (RAND Corporation, 2023); “Responding to China growing influence in Ports of the Global South” (CSIS, 2024) y “China in Latin America” (publicado anualmente, CFR) son algunos de los más significativos.

El detonador de esos análisis “prescriptivos” fue la preocupación que, a comienzos de esta década, comenzó a provocar en las élites estadounidenses (y no sólo en Trump) la penetración de capitales chinos en las economías latinoamericanas y caribeñas: financiando su desarrolloincrustándose en sus cadenas de suministroconstruyendo infraestructuras críticas, etc. Materialidad geopolítica profunda, no narrativas.

El Canal de Panamá fue percibido, en ese marco, como un vector “crítico”: como una infraestructura estratégica que, a través del Caribe, no sólo garantiza una alternativa al comercio terrestre con Estados Unidos, sino que sigue encauzando más flujos que cualquier otro nodo regional y compite con otros grandes reguladores del comercio global, como el canal de Suez o los estrechos de Malaca u Ormuz.

Esas “virtudes” son muy apreciadas en un contexto internacional caracterizado por transiciones digital y energética, que están contribuyendo a reorganizar las cadenas globales de valor. De hecho, ése es el motivo por el que los mercados le confieren tanta importancia al canal y por el que algunas empresas del Nasdaq —que por supuesto, también son actores geopolíticos— financian think tanks que se obsesionan con una difusa “influencia china”.

En la práctica, de su “control” puede depender una posición privilegiada en el comercio de minerales críticos, de hidrocarburos, de alimentos, etc. Hablamos por tanto de ganancia e influencia pero, sobre todo, de actores no estatales que presionan a los “tomadores de decisiones”: no sólo de Estados que, en abstracto, compiten por recursos, beneficios, etc.

Geopolítica crítica: pluralizando enfoques

Perspectivas matizadas como la que se acaba de mencionar quedan no obstante difuminadas cuando el enfoque dominante de la geopolítica 1) se orienta, antes que a una comprensión de la realidad, a una intervención/inversión de la misma y 2) cuando se centra en la interacción entre Estados o incluso entre las grandes “potencias”, ignorando la existencia de otros actores.

Los análisis “clásicos” y “prescriptivos”, además, tampoco bucean demasiado en las causas. Sobredimensionan la retrocesión del canal, omitiendo que la pérdida de influencia de Estados Unidos en el área pudo deberse a un problema de competitividad (como el que le apartó del control de los puertos de Balboa y Cristóbal o del contrato de ampliación) o al hecho de que Panamá, un actor que no es una “gran potencia”, comenzó a construir su “Autonomía Estratégica” desde 1999, a partir de un uso inteligente del canal y de una inserción diversificada en el sistema-mundo.

Otro elemento que desaparece en este tipo de análisis son los impactos locales de las dinámicas macro.

La premisa de que la retrocesión del canal fue beneficiosa para “Panamá” resulta, por ejemplo, cuestionable. De hecho, aunque el país haya reducido significativamente la desigualdad en lo que va del siglo —originalmente, una de las más elevadas del mundo— no lo ha hecho más que otros países de América Latina.

Eso quiere decir que la “Autonomía Estratégica” basada en un uso “inteligente” del canal no necesariamente cambió la vida de muchos panameños. Lo que la transformó es el desproporcionado uso de agua potable que la infraestructura en cuestión necesita para funcionar a pleno rendimiento. Eso, en la práctica, se ha traducido en incremento de costes, en cortes del servicio, etc.

Impactos así, no suelen estar en el radar de la geopolítica “prescriptiva”. Eso demuestra que, formas de entender la geopolítica existen muchas, pero ni la geopolítica lo es todo, ni las intenciones de aquéllo que puede ser considerado como tal son siempre neutras o ajenas al poder. Exactamente lo mismo que sucede con la “crítica”: no es todo lo que se opone al poder sino aquello que lo expone, deconstruyendo las narrativas que lo sustentan.

*Doctor en Sociología por la École des Hautes Études en Sciences Sociales de París, Francia * Profesor/Investigador del Instituto Latino-Americano de Economia, Sociedade e Politica de Brasil

ALAI


 

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