¿Qué determina la extinción del capitalismo? – Por Alejandro Frigerio

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¿Qué determina la extinción del capitalismo? – Por Alejandro Frigerio

 

Por Alejandro Frigerio*

Las tendencias históricas conducen a la inevitable desaparición del Estado, las clases sociales, la economía mercantil y el sistema dinerario. Estos rasgos son los que definen tanto al sistema capitalista (cuando están presentes), como al socialismo (cuando no lo están). La desaparición de estos rasgos distintivos del capitalismo será señal inequívoca de que un nuevo modo de producción habrá entrado en vigencia, con nuevos estándares socio-económicos, políticos y morales.

Lo antedicho sucederá quiéranlo o no los actuales dueños del mundo. Pero su ocurrencia puede acontecer de dos maneras. La 1ª), cuando termine de transcurrir el curso de la mayoría de sociedades contemporáneas con creciente concentración y centralización de capitales -fenómeno que en términos históricos está cercano a culminar- hoy ya con menos de 100 grandes multinacionales a nivel planetario que acaparan el total práctico de activos globales, y 8 individuos dueños del 50% de la riqueza mundial. Este proceso se ahondará en los próximos lustros, concentrando aún más capitales y empresas a nivel planetario.

Aquí habría que detenerse y preguntar a quienes tienen aversión visceral y frecuentemente irreflexiva a términos como socialización de medios productivos, bienes de utilidad pública (como el agua) o recursos estratégicos (como los energéticos) que hoy están monopolizados u oligopolizados en muy pocas manos: ¿Cuál sería el argumento racional, ético o pragmático para justificar que esos bienes sigan siendo para beneficio exclusivo de unas pocas decenas de individuos ya mega millonarios, sus descendientes o corporaciones, en lugar de para el bienestar general de la humanidad?

Llegado al punto mencionado en el final del anteúltimo párrafo, la desocupación y lumpenización del resto de la sociedad será de tal magnitud que el consumo se contraerá a niveles inéditos, impidiendo ulterior crecimiento de los monopolios y convirtiendo a la producción de mercancías -requisito sine qua non para la existencia del capitalismo- en inútil e innecesaria ya que el mercado quedará proporcionalmente reducido, causando aún mayor caída en la tasa de ganancia. El sistema monetario –mero reflejo de la economía real- correrá la misma suerte, convirtiéndose en irrelevante.

La 2ª) forma en que el capitalismo puede llegar a su extinción es mediante la acción deliberada y cooperativa de los pueblos del mundo para eliminar la irracionalidad del sistema productivo capitalista que conduce, además de lo antedicho, a un apocalipsis ecológico y, con éste, a la extinción de vida sobre la Tierra. Pero, como ya se dijo, la acelerada decadencia del sistema vigente no desembocará necesariamente en el triunfo de una forma de organización social superior. Si hay algo de imposible realización es que el modo productivo capitalista pueda mejorar las condiciones de la vida planetaria. En su etapa tardía, el capitalismo las empeora de manera constante y generalizada para las grandes mayorías. Pero será necesaria una revolución social -y no meramente política– para conseguir que los medios productivos pasen al control social.

Reorganizar la sociedad mediante formas productivas superiores que permitan desenvolver plenamente las potencialidades humanas en todas las latitudes preservando el equilibrio ecológico no ocurrirá espontáneamente. Lo que es necesario, no siempre se realiza necesariamente. Sin la lucha de los pueblos para construir una nueva forma de organización societaria ese gran potencial productivo-científico-tecnológico nunca se actualizará, y el pleno desarrollo de las fuerzas de producción para satisfacer rangos crecientes de necesidades humanas –más allá de las básicas- seguirá siendo una quimera. El propio carácter y naturaleza de las sociedades de clases (capitalismo incluido) impiden tal realización.

Unos pocos y modestos objetivos que mejorarían radicalmente la calidad de vida sobre el planeta

La crisis general capitalista* pone en riesgo la propia supervivencia física de la especie humana. Debacle ambiental, millones que mueren por falta de alimentos (existentes, pero no distribuidos) o agua potable, crisis epidemiológicas prevenibles y el peligro de una eclosión nuclear aumentan la vulnerabilidad para toda la vida sobre la Tierra.

Reemplazar al actual modo de producción por un sistema social más elevado consiste en resolver esos flagelos -resultado directo de la producción de mercancías y del sistema monetario (es decir del capitalismo)- mediante el método científico aplicado a la administración racional de recursos y a la tecnología puesta al servicio de necesidades humanas básicas: trabajo, comida, vivienda, salud y educación. Estos relativamente modestos objetivos (considerando la vasta cantidad de medios existentes para satisfacerlos) podrían haberse alcanzado hace tiempo, pero todavía se podrán a futuro transformando la matriz productiva global bajo un régimen social superior.

No obstante, como se ha dicho, existen requisitos ineludibles para conseguirlo. Toda política de “consenso” o de “pacto social” con la burguesía –causante y responsable de la crisis- no es realista. El rol de los trabajadores como sujeto central del proceso revolucionario debe consistir en conseguir alianzas con amplias capas sociales víctimas del actual sistema productivo. Los trabajadores desempleados, subempleados, precarizados, informales y no registrados están en riesgo permanente de lumpenización y despolitización, convirtiéndose en potencial materia prima para salidas neo-fascistas.

Las propuestas reformistas (Ej.: en Argentina todas las variantes del peronismo, progresismo, social democracia, etc.) y, desde ya, las conservadoras (liberales, radicales, libertarias, etc.) solo ofrecen salidas en alianza con la burguesía. Pero la experiencia secular demostró el fracaso de este tipo de acuerdos de cúpula político-empresarial, ya que la clase capitalista no tiene interés alguno en ceder sus privilegios y, ante ese riesgo, acudirá a golpes autocráticos y la cooptación de sectores marginados para salidas putchistas con el canto de sirena de un futuro venturoso (que no solo nunca llega, sino que es cada vez más ilusorio) luego de brutales ajustes. Los trabajadores deben establecer coaliciones principistas con otros sectores oprimidos, apoyando su auto-organización e incluyéndolos en un rango ampliado de reclamos del movimiento obrero.

Para construir esos puentes debe entenderse al progreso humano como un camino que se hace al andar. La lucha por formas sociales superiores es terreno parcialmente desconocido en el que todos somos topógrafos y agrimensores. No hay verdades absolutas o soluciones definitivas, porque solo la práctica social irá dando respuestas adecuadas. Existe una sola manera correcta de reflejar la realidad, pero hasta que ella se consagra como verdad científica universalmente reconocida, cada corriente, escuela o tendencia tiene legítimo derecho a opiniones propias que las mayorías deben defender a cualquier costo para protección de las minorías. Con Voltaire: “Podré no estar de acuerdo con lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo”.

El “interregno” y las etapas posteriores

No obstante, basándonos en experiencias históricas y desarrollos teóricos surgidos de éstas a lo largo de un par de siglos es posible describir los grandes rasgos del camino a recorrer en aras de los objetivos de marras. Este proceso -cuyo comienzo no debería demorar más dado que las condiciones han madurado hasta tal punto que ya están en avanzado proceso de putrefacción- transcurriría en tres etapas sucesivas.

Según Gramsci el interregno es un momento de crisis orgánica en el que el viejo orden colapsa y el nuevo no logra nacer. En este “claroscuro” de estancamiento histórico, se abre un vacío de poder donde surgen los llamados “síntomas mórbidos” o “monstruos”, como ocurrió con la aparición del fascismo en su época. En Cuadernos de la Cárcel dice: “La crisis consiste precisamente en el hecho de que lo viejo está muriendo y lo nuevo no acaba de nacer; en ese interregno aparecen una gran variedad de síntomas mórbidos”.*

El concepto de crisis orgánica no consiste en una simple crisis económica, sino en una crisis de hegemonía. Las instituciones tradicionales y el sistema de creencias (el sentido común) pierden legitimidad, pero las fuerzas alternativas aún carecen de la organización y el consenso suficiente para tomar control. Los síntomas mórbidos (monstruos), en lugar de aboliciones o revoluciones puramente destructivas, dejan un vacío de poder que permite el surgimiento de fuerzas políticas reaccionarias o autoritarias (como el fascismo) que se presentan falsamente como soluciones novedosas.

El interregno es un momento de enorme inestabilidad, pero también de oportunidad política. Son tiempos de transición donde el destino final depende de la capacidad de los actores sociales para construir un nuevo proyecto de sociedad y hegemonía.

Volviendo a la descripción del camino probable, serían tres etapas sucesivas:

1ª. Una etapa de transición caracterizada por: a) supervivencia del capitalismo en numerosos países; b) subsistencia parcial de la producción mercantil y la economía monetaria; c) varias clases y capas sociales en el seno de los países en transición; d) en países que hayan optado por la orientación socialista, un Estado de los trabajadores que defenderá los intereses de todos contra intentos del capital para retomar su hegemonía.

2ª. Comienza cuando termina la transición y está caracterizada por desaparición de: a) clases sociales y b) economía mercantil/monetaria y del Estado; más c) triunfo a nivel internacional de la nueva forma de organización social. En esta etapa, la retribución de cada uno -por encima de la satisfacción sin cargo de necesidades básicas (alimentos, vivienda, salud, educación)- se medirá por la cantidad de trabajo aportado a la sociedad.

3ª. Regida en cambio por el principio a) “de cada uno según sus capacidades, a cada uno según sus necesidades”; b) desaparición de la división social del trabajo entre trabajo manual e intelectual más entre ciudad y campo; c) reorganización social en comunas libres de productores-consumidores capaces de auto-administrarse sin órgano diferenciado, y d) reintegradas a un medio natural rehabilitado y protegido contra la destrucción del equilibrio ecológico.

La aceptación de la verdad científica en ciencias sociales siempre demora más que en las naturales: para el reconocimiento de la teoría heliocéntrica pasaron 144 años; pero para que un capitalista (el más rico) anunciara la extinción del capitalismo: 170

Pasaron 144 años desde que Nicolás Copérnico anticipara -en su libro De revolutionibus orbium coelestium (Sobre las revoluciones de los orbes celestes), publicado en 1543- que la Tierra gira alrededor del Sol, y no como sostenía la teoría geocéntrica (o modelo del Sistema Ptolemaico) que la Tierra estaba inmóvil en el centro del Universo y que el Sol, la Luna, los planetas y las estrellas giraban a su alrededor.

La comunidad académica y filosófica del Renacimiento, los escolásticos del siglo XVI, y las autoridades religiosas defendían el geocentrismo que concordaba con parte del pensamiento aristotélico, soporte doctrinario de su teología. Tanto la Iglesia católica como las nacientes denominaciones protestantes respaldaban esta visión porque proveía argumentos para el mantenimiento de su poder e influencia.

Recién en 1687, cuando Newton publica las leyes de la gravedad en Philosophiæ naturalis principia Mathematica y explica por qué los planetas se mueven alrededor del Sol, dando aún más sustento a la teoría científicamente formulada por Copérnico es que ésta comenzó a gozar de reconocimiento generalizado. Ello, no obstante que en 1609/10 Galileo Galilei, basado en pruebas empíricas y observaciones con telescopio, ya había convertido la hipótesis matemática de Copérnico en un modelo físico demostrable.

Las verdades en ciencias sociales tardan más en ser aceptadas porque cuestionan directamente los intereses económicos, el poder y los privilegios de las clases dominantes. A diferencia de las ciencias naturales —cuyos descubrimientos tecnológicos a menudo benefician de inmediato a la producción capitalista- las ciencias sociales revelan las contradicciones, explotación e injusticia del sistema vigente.

La economía (base o estructura) determina las leyes, política y cultura (superestructura). Si una verdad científica en ciencias sociales ataca las bases del sistema económico (Ej.: propiedad privada de medios productivos), la superestructura se moviliza para rechazarla. La clase dominante controla las instituciones, la educación y los medios de difusión. Produce una ideología (dominante) que naturaliza el orden actual y genera “falsa conciencia” en los sectores populares para que no reconozcan su propia explotación. Aceptar verdades en sociología, economía o historia política implica admitir la necesidad de un cambio estructural o revolución. Por eso, el statu quo resiste y censura estos saberes con más fuerza que las leyes de la física.

*Crisis General Capitalista: proceso de descomposición del sistema capitalista mundial que penetra todos los aspectos de la sociedad burguesa: la economía, la política y la ideología. En cada etapa de su desarrollo desigual, la crisis general del capitalismo tiene formas específicas de manifestación. Así, en su fase imperialista los rasgos característicos son: inflación permanente, crisis estructurales, caída en la tasa de ganancia, internacionalización del capital, agudización de contradicciones entre potencias imperialistas y países neocoloniales, uso de formas más solapadas de explotación, etc.

*Antonio Gramsci. Cuadernos de la cárcel. Notas sobre Maquiavelo, sobre política y sobre el estado moderno / Note sul Machiavelli, sulla politica e sullo stato moderno (1949), tr. José M. Aricó, 3ª ed., 2ª reimp. México, Juan Pablos, 2009. (Col. Obras de Antonio Gramsci, 1)

 

*Alejandro Frigerio nació en Buenos Aires. Es abogado por la Universidad de Buenos Aires, máster en Economía por Georgetown University y PhD en Filosofía por American University. Vivió durante cuatro décadas en Estados Unidos, donde se desempeñó como docente universitario y consultor político-económico. Desarrolló además una extensa actividad política y de defensa de los derechos civiles, y fue el primer latinoamericano elegido como integrante del gabinete de la Jefatura de Gobierno de Washington D.C., a cargo de Desarrollo Económico. Es autor de cuatro libros y numerosos artículos sobre temas económicos y sociales, y colaboró como columnista en medios y publicaciones internacionales, entre ellas Le Monde Diplomatique.

 

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