Cinco lecciones desde Brasil ante una derecha más gramsciana y leninista que la izquierda – Por Katu Arkonada y Matías Caciabue
Cinco lecciones desde Brasil ante una derecha más gramsciana y leninista que la izquierda
Por Katu Arkonada y Matías Caciabue*
La victoria de Luiz Inácio Lula da Silva en las elecciones presidenciales de Brasil del 25 de octubre de 2026 constituye uno de los acontecimientos políticos más importantes para América Latina y el Caribe de los últimos años. A sus 80 años, después de haber atravesado la persecución judicial, la cárcel y una ofensiva permanente de las derechas brasileñas, Lula consiguió conquistar su cuarto mandato presidencial. Lo hizo después de una primera vuelta en la que Flávio Bolsonaro obtuvo el 47,03% de los votos frente al 45,16% del actual presidente, para luego revertir aquel resultado y alcanzar el 51,79% de los sufragios válidos, superando los 64 millones de votos y aventajando a su adversario por más de 4,4 millones.
Brasil se convirtió en el escenario de una disputa que excedió ampliamente los límites de una elección presidencial. Allí se enfrentaron proyectos políticos, intereses económicos, concepciones del Estado y formas de organización política y social. Una batalla donde la aristocracia financiera y tecnológica, las grandes plataformas digitales y el propio gobierno estadounidense adquirieron una centralidad difícil de encontrar en otros procesos electorales de nuestra región. Pero también donde una extraordinaria movilización popular consiguió articular las capacidades de un liderazgo histórico, las organizaciones políticas tradicionales, las nuevas generaciones de dirigentes, las luchas sociales y las formas emergentes de organización política desde la virtualidad.
En ese marco, la experiencia brasileña nos permite extraer unas primeras “cinco lecciones” que nos permiten animar a comprender el momento histórico que atravesamos y, particularmente, para reconstruir una alternativa política capaz de derrotar al neofascismo en las condiciones materiales de la Nueva Fase capitalista.
PRIMERA LECCIÓN
UNA DERECHA MÁS GRAMSCIANA Y LENINISTA QUE NUNCA
En los primeros días de 2021, el 6 de enero, hordas trumpistas asaltaban el Capitolio estadounidense denunciando un supuesto fraude electoral. Dos años después, el 8 de enero de 2023, simpatizantes de Jair Bolsonaro protagonizaban una acción semejante en Brasilia, atacando el Palacio de Planalto, el Congreso Nacional y el Supremo Tribunal Federal. El 3 de enero de 2026, fuerzas especiales estadounidenses incursionaban en territorio soberano venezolano y secuestraban al presidente Nicolás Maduro. En apenas cinco años, una ultraderecha con características neofascistas pasó de la marginalidad política, a una persistente presencia callejera, a una centralidad política ineludible, a articular orgánicamente grandes intereses capitalistas, y desplegar una ofensiva internacional contra los gobiernos progresistas y las experiencias políticas que disputan mayores márgenes de soberanía en la región y el mundo. Una secuencia que expresa la aceleración histórica de nuestro tiempo y que encuentra en el trumpismo una de sus principales fuerzas de conducción.
Para comprender esta transformación debemos comenzar por una cuestión central. Entre la crisis financiera internacional de 2008 y la Pandemia Mundial del Covid-19, como dos grandes referencias cronológicas, terminó de emerger en el seno del modo de producción capitalista una nueva fase financiera-digital. No se trata simplemente de la incorporación de nuevas tecnologías a un capitalismo que permanece inalterado, sino de un extraordinario salto en el desarrollo de las fuerzas productivas que modificó profundamente la composición orgánica del capital, esto es, la proporción entre capital constante y trabajo humano vivo necesario para poner en movimiento el proceso de producción y valorización. La automatización, la robotización, la digitalización, el desarrollo de las plataformas y, finalmente, la Inteligencia Artificial constituyen diferentes momentos de una misma transformación, que modifica las formas de producir, trabajar, relacionarnos y organizar el poder (Aguilera, 2023). El capital financiero profundizó su integración con los grandes conglomerados tecnológicos, dando lugar a nuevas estructuras de control corporativo y a una creciente concentración de recursos económicos, tecnológicos e informacionales.
Esta fase financiera-digital también extiende los procesos de valorización del Capital mucho más allá de los límites de la jornada laboral formal. Las plataformas digitales avanzan sobre el conjunto del tiempo social disponible, apropiándose de información, conocimiento, relaciones y capacidades humanas que anteriormente permanecían relativamente por fuera de sus mecanismos directos de acumulación. Producimos datos cuando trabajamos, consumimos, buscamos información, nos desplazamos o interactuamos en las redes sociales. Toda esa actividad alimenta sistemas de procesamiento que permiten desarrollar nuevos negocios, organizar mercados, predecir comportamientos y ampliar las capacidades de control corporativo sobre nuestras vidas. Según Lucas Aguilera (2023), lo que está en disputa es el intelecto general de la sociedad, el conocimiento social acumulado convertido crecientemente en fuerza productiva inmediata, pero también la apropiación privada del tiempo disponible y de las capacidades creativas del conjunto de la humanidad.
Es precisamente en este punto donde aparece una relación que todavía no ha sido discutida en toda su profundidad, la correspondencia entre esta Nueva Fase capitalista y el ascenso mundial del neofascismo. Si el fascismo del siglo XX no puede explicarse por fuera de las contradicciones del capitalismo industrial y de la crisis del orden liberal de su tiempo, tampoco el neofascismo contemporáneo debería ser leído simplemente como una anomalía política, un retroceso cultural o la reaparición fantasmal de un fenómeno del pasado. El neofascismo pareciera constituirse como un fenómeno orgánico a una fracción neoconservadora del gran capital de origen angloamericano, particularmente vinculada a la aristocracia financiera y tecnológica que emerge como fracción de clase dominante en la Nueva Fase capitalista (Giménez y Caciabue, 2024).
Las nuevas derechas comprendieron tempranamente la transformación de nuestras sociedades, mientras buena parte de las izquierdas continuaba intentando responder a las preguntas del presente con herramientas construidas durante el siglo anterior. En este sentido, la derecha contemporánea se volvió cada vez más gramsciana. Entendió la necesidad de construir hegemonía, disputar el sentido común y desarrollar una acumulación política y cultural en los diferentes espacios de producción de subjetividad. Durante años construyó trincheras en las redes sociales, los medios de comunicación, las iglesias, las universidades y los diferentes espacios de organización comunitaria. Pero aquella acumulación gramsciana ingresó ahora en un momento que podríamos caracterizar como leninista, en el sentido de la centralidad otorgada al asalto al poder político. Ya no se trata solamente de disputar culturalmente a las sociedades, sino de conquistar el Estado para transformar las condiciones de ejercicio del poder y destruir buena parte de la superestructura política e institucional construida durante la fase anterior.
Esta caracterización también permite comprender una contradicción aparentemente inexplicable. La nueva derecha promete destruir el Estado mientras fortalece determinadas capacidades estatales para su propio beneficio. Javier Milei plantea reducir hasta su mínima expresión la intervención pública en la economía, pero simultáneamente fortalece los aparatos coercitivos, de inteligencia y de disciplinamiento. Donald Trump recupera un discurso nacionalista mientras articula su proyecto con las grandes corporaciones financieras y tecnológicas cuya capacidad de intervención atraviesa todas las fronteras. El Estado-Nación, incluso el de los países centrales, aparece crecientemente subsumido a la Nueva Fase, integrado como particular dentro de un universal más amplio que lo condiciona, lo supera y comienza incluso a volver obsoletas algunas de sus funciones históricas. Por eso resulta necesario comenzar a pensar la emergencia del Estado-Plataforma, una nueva arquitectura de poder donde Estado, corporaciones financieras, plataformas digitales e Inteligencia Artificial se entrelazan de una manera cualitativamente diferente.
Esta transformación se desarrolla, además, en el marco del denominado “Enfrentamiento del G2” entre EEUU y China. De un lado, el complejo financiero-digital estadounidense, articulado alrededor de sus grandes corporaciones digitales, el sistema financiero de Wall Street y las capacidades político-militares de Washington. Del otro, China, con una arquitectura donde Estado, planificación estratégica, empresas públicas y grandes compañías tecnológicas se relacionan bajo otras condiciones de conducción política.
En ese marco, lo que está en disputa es quién logra dirigir el proceso mundial de valorización capitalista y establecer las normas, instituciones e infraestructuras de la Nueva Fase. El neofascismo aparece, en este escenario, como una de las respuestas políticas que emergen desde el interior del bloque de poder angloamericano para recuperar su capacidad de conducción mundial. En ese sentido, es la ideología que promueve el repliegue del gran capital angloamericano a su fundamento imperialista inicial, es decir, a su lebensraum constitutivo: La América Latina definida como su plataforma de despegue, su “patio trasero”.
Por eso, la primera lección brasileña es que no alcanza con enfrentar electoralmente a la ultraderecha. Es necesario comprender qué intereses materiales representa, qué nueva sociedad pretende organizar y sobre qué estructuras económicas y tecnológicas construye su capacidad de intervención.
SEGUNDA LECCIÓN
LA MAGNITUD DE UN LIDERAZGO HISTÓRICO
La segunda lección tiene nombre y apellido. Luiz Inácio Lula da Silva. A sus 80 años, después de haber atravesado la persecución judicial, la cárcel, la proscripción política y una ofensiva permanente de las derechas brasileñas, Lula consiguió conquistar su cuarto mandato presidencial.
La dimensión histórica de este liderazgo resulta difícil de exagerar. Estamos hablando de un dirigente sindical que emergió de las grandes luchas obreras del ABC paulista, contribuyó a fundar el Partido de los Trabajadores, encabezó experiencias de gobierno que modificaron las condiciones materiales de existencia de millones de brasileños y logró reconstruir su centralidad política después de uno de los procesos de persecución más importantes de la historia reciente de Brasil. Un liderazgo que condensa casi medio siglo de luchas populares y que volvió a demostrar que la memoria histórica, las experiencias colectivas y la identificación política siguen constituyendo fuerzas extraordinariamente importantes para comprender el comportamiento electoral de nuestras sociedades.
Pero el liderazgo histórico tampoco constituye, por sí mismo, una condición suficiente para ganar elecciones. La primera vuelta demostró los límites de la estrategia oficialista, el desgaste propio de un gobierno atravesado por dificultades económicas y una sociedad profundamente polarizada. También puso de manifiesto la ausencia de una renovación generacional capaz de ampliar la conducción política del PT. Una parte significativa del electorado expresó su rechazo al lulismo, incluso cuando reconocía determinadas conquistas sociales de sus gobiernos.
De esa manera, la primera vuelta terminó convirtiéndose en un plebiscito sobre su figura, es decir: “Lula sí, ó Lula no”. Flávio Bolsonaro logró canalizar una enorme cantidad de malestares heterogéneos, articulando desde el rechazo al PT hasta las demandas del electorado conservador, que habían sido interpelados durante años por el discurso bolsonarista. Los resultados oficiales mostraron esa dificultad con claridad. Flávio obtuvo más de 56 millones de votos frente a los 53,8 millones de Lula.
La segunda vuelta modificó esa contradicción. La campaña consiguió desplazar el centro del debate y convertir la elección en un plebiscito sobre el bolsonarismo. La pregunta pasó a ser, entonces, “Bolsonaro sí, ó Bolsonaro no”.
La recuperación de la memoria material de los gobiernos del PT desempeñó un papel fundamental. El Bolsa Família, el acceso a la universidad, las políticas salariales, la alimentación y el consumo popular dejaron de ser indicadores abstractos para convertirse en experiencias concretas que millones de familias podían comparar con las amenazas de ajuste. La campaña consiguió transformar una discusión sobre identidades políticas en una discusión sobre las condiciones materiales de vida y los riesgos concretos que implicaba el regreso de la ultraderecha.
Resulta especialmente interesante que esta interpretación también aparezca en análisis provenientes del propio campo bolsonarista. En una reflexión publicada después de la elección, Gabriel César (2026) reconoció que el temor a perder prestaciones sociales, sufrir congelamientos salariales o enfrentar recortes en programas públicos contribuyó a movilizar electores de los sectores populares contra Flávio Bolsonaro. Su análisis, favorable al candidato derrotado, señala que para los hogares más vulnerables la comparación entre candidatos quedó atravesada por la confianza en quién podía garantizar mejor sus condiciones de vida. Aunque el autor caracteriza negativamente la campaña del PT, reconoce que el bolsonarismo encontró enormes dificultades para disputar la credibilidad de Lula en materia de protección social.
La recuperación electoral en la segunda vuelta fue extraordinaria. Lula pasó de aproximadamente 53,9 millones de votos en la primera vuelta a más de 64,2 millones en la segunda, incorporando más de diez millones de sufragios. Un liderazgo histórico que, lejos de reducirse a una trayectoria individual, constituye la síntesis de relaciones sociales de poder construidas durante décadas, que no se decretan, no se transfieren ni se delegan. Esa acumulación política, social y simbólica permitió articular una coalición electoral mucho más amplia que la base tradicional del PT. Sectores que mantenían críticas al gobierno, desconfianza hacia el sistema político o rechazo a determinadas políticas oficiales encontraron en Lula una referencia capaz de condensar sus expectativas y, fundamentalmente, la posibilidad concreta de impedir un retroceso histórico.
Pero esta victoria también deja planteado uno de los desafíos más importantes para las izquierdas latinoamericanas. Los liderazgos históricos conservan una fuerza extraordinaria cuando no se limitan a administrar un legado consagrado en el bronce ni se rodean de una tribuna de cortesanos adictos, más preocupados por preservar sus posiciones que por ampliar la construcción política. Su verdadera potencia reside en la capacidad de seguir produciendo relaciones sociales de poder, abrir espacio a nuevos cuadros articuladores, renovar sus organizaciones, incorporar nuevas demandas materiales y colectivas, y condensar las expectativas de futuro de una sociedad en permanente transformación. Un liderazgo histórico conserva su vitalidad cuando consigue proyectar hacia adelante la fuerza social que lo constituyó, ampliando sus bases de sustentación y creando las condiciones para que nuevas generaciones asuman responsabilidades de conducción.
TERCERA LECCIÓN
REDES Y CALLES, DE LAS MILICIAS DIGITALES A LA DISPUTA CONTRA META
Una de las grandes novedades de las elecciones brasileñas fue la magnitud alcanzada por la disputa en el territorio digital. Durante años, las fuerzas progresistas latinoamericanas observaron cómo el neofascismo desarrollaba sofisticadas estructuras de intervención sobre las redes sociales, combinando campañas de desinformación, segmentación de públicos, ataques coordinados y utilización estratégica de los mecanismos algorítmicos de distribución de información. Las denominadas milicias digitales constituyen una de las expresiones más importantes de este fenómeno. El bolsonarismo demostró su extraordinaria capacidad de intervención durante la campaña presidencial de 2018, cuando desplegó una maquinaria comunicacional de enorme alcance, articulada con redes internacionales de consultoría política y operadores vinculados a la alt-right estadounidense. Aquella experiencia anticipó una nueva modalidad de construcción y disputa del poder político, donde las plataformas digitales comenzaron a funcionar como verdaderos territorios de organización, movilización y producción de sentido común.
En ese entramado aparecen figuras como Steve Bannon, uno de sus principales articuladores internacionales, y Brad Parscale, responsable de las operaciones digitales de las campañas trumpistas. En América Latina, personajes como el argentino Fernando Cerimedo constituyen piezas de menor escala dentro de un fenómeno mucho más amplio, donde confluyen empresas de comunicación política, plataformas digitales, consultoras y organizaciones transnacionales de derecha.
La centralidad de Cerimedo no radica tanto en su importancia individual como en su capacidad para mostrar el funcionamiento de estas redes. La Policía Federal brasileña lo vinculó con la estructura de milicias digitales que difundió acusaciones falsas de fraude electoral después de las elecciones de 2022. La investigación señala que sus intervenciones comunicacionales fueron utilizadas para alimentar el cuestionamiento al resultado electoral y estimular la movilización de sectores bolsonaristas. Cerimedo negó haber participado en un intento golpista y rechazó las acusaciones policiales (Dal Piva et al., 2024). Investigaciones posteriores documentaron, además, sus vinculaciones empresariales con Brad Parscale, quien aportó infraestructura tecnológica y herramientas de comunicación política utilizadas en diferentes campañas latinoamericanas. Esta articulación permite comprender cómo una parte de la ultraderecha regional conecta sus capacidades territoriales y políticas con tecnologías de segmentación, automatización y procesamiento de información desarrolladas desde EEUU.
Sin embargo, la elección de este año en Brasil mostró que el problema ya no puede reducirse a enfrentar sólo a las milicias digitales de la alt-right. La disputa alcanzó directamente a las grandes corporaciones propietarias de las infraestructuras donde se desarrolla una parte decisiva de la lucha política. Durante la campaña, el equipo de Lula denunció restricciones al alcance de sus publicaciones, problemas para promocionar contenidos en Instagram y anomalías en los sistemas de búsqueda y recomendación de Meta. Las investigaciones periodísticas publicadas por El País revelaron mensajes internos de empleados de la compañía que reconocían restricciones sobre las cuentas vinculadas al presidente. Meta admitió errores técnicos, aunque rechazó que sus algoritmos estuvieran favoreciendo deliberadamente a Flávio Bolsonaro. La situación escaló hasta convertirse en un conflicto político e institucional, con intervención de la Justicia Electoral y denuncias ante organismos internacionales (El País, 2026; Gutiérrez-Rubí y Carrerá Martínez, 2026).
La pregunta es de una gravedad extraordinaria. ¿Qué sucede cuando una corporación privada controla la tecnología de organización social primaria de la nueva fase capitalista, mediante la cual millones de personas acceden a la información política, construyen sus opiniones y elaboran sus representaciones sobre la realidad? ¿Qué ocurre cuando una plataforma puede restringir la circulación de determinados contenidos sin que exista una capacidad democrática equivalente para controlar sus decisiones? La cuestión deja de ser estrictamente comunicacional para transformarse en un problema de poder y soberanía.
En este sentido, la “Brasil 2026” puso la discusión en un plano cuantitativo y cualitativamente distinto. No fue Cerimedo que, por cierto, se encuentra preso en Bolivia por un intento de femicidio. Fue Meta contra Lula y, aunque la documentación disponible sobre “incidencias algorítmicas” no permiten aún demostrar nada, es indudable que estamos ante un intento de golpe de Estado corporativo deliberadamente organizado. La novedad histórica reside en que una empresa privada puede condicionar aspectos decisivos de una elección sin ocupar formalmente ningún lugar dentro de la estructura institucional de un país.
La experiencia brasileña demuestra, entonces, que la aristocracia financiera y tecnológica no puede continuar siendo analizada como un simple actor económico externo a la disputa política. Sus plataformas son verdaderos territorios de producción de sentido y de poder, donde se producen formas de organización social y mecanismos de construcción de subjetividad. Controlar los algoritmos significa disponer de una capacidad extraordinaria para condicionar la circulación de información y la producción del sentido común. Los millones de usuarios de Instagram, Facebook y WhatsApp constituyen una masa social sobre la cual operan mecanismos privados de clasificación, recomendación y distribución de contenidos. No resulta casual que Brasil, uno de los países que más avanzó en la discusión y legislación sobre responsabilidades de las plataformas digitales, se haya convertido en escenario de semejante confrontación.
Por suerte -o, mejor dicho, por voluntad política-, la respuesta del lulismo no se limitó a denunciar las restricciones de Meta, sino en desarrollar formas novedosas de organización capaces de intervenir sobre las propias lógicas de circulación algorítmica. Como reconstruye Pellicer (2026), la campaña combinó inteligencia artificial, memes, humor, contenidos audiovisuales, circulación descentralizada de materiales y participación masiva de simpatizantes.
El denominado Lulaverso permitió que miles de personas produjeran y distribuyeran contenidos sin depender exclusivamente de las estructuras formales del partido. La imagen de Lula comenzó a circular en videojuegos, canciones, videos humorísticos, intervenciones culturales y espacios digitales que normalmente permanecen alejados de la comunicación política tradicional. La campaña comprendió que para disputar hegemonía en las plataformas resultaba necesario apropiarse de sus lenguajes, desarrollar capacidad de reacción y permitir que las propias comunidades produjeran sentidos políticos. Eso sí, siempre buscando huecos en el propio algoritmo para combatir la guerra digital.
En ese marco adquirió particular protagonismo el diputado André Janones, impulsor del Exército do Lula, una experiencia de organización a través de WhatsApp que superó los diez millones de seguidores durante la campaña. El canal pasó de constituir un espacio relativamente pequeño de comunicación política a transformarse en una estructura masiva de distribución de contenidos y movilización digital. La experiencia también enfrentó decisiones restrictivas del Tribunal Superior Electoral, que suspendió temporalmente el canal en diferentes oportunidades. Su crecimiento, documentado por Folha de S.Paulo, mostró que una organización descentralizada podía alcanzar una capacidad de intervención extraordinaria en apenas unas semanas (Azevedo, 2026; Pellicer, 2026).
Por supuesto, esto no significa que diez millones de suscripciones equivalgan automáticamente a diez millones de militantes, pero sí demuestra que las nuevas tecnologías pueden convertirse en instrumentos de organización de la opinión colectiva cuando existe una conducción política capaz de orientar su funcionamiento. Allí se encuentra la diferencia fundamental entre disputar el algoritmo para obtener visibilidad y hacerlo para construir organización y poder político. Los contenidos digitales pueden alcanzar millones de visualizaciones, pero su capacidad de transformar la realidad depende de las relaciones sociales y políticas que logren construir.
Y entonces apareció el Nordeste brasileño, el “vote como nordestino”. Una consigna que sintetiza la dimensión territorial de la victoria de Lula y que recupera la fuerza histórica de una región donde las políticas redistributivas, la organización popular y las identidades políticas construidas durante décadas encontraron una expresión electoral extraordinaria. En la segunda vuelta, Lula consiguió aproximadamente el 69,4% de los votos válidos en el Nordeste, construyendo una diferencia superior a los 13,6 millones de sufragios respecto de Flávio Bolsonaro. Esa ventaja territorial resultó decisiva para compensar los resultados adversos en buena parte del Sur, Sudeste y Centro-Oeste. El avance también fue significativo entre vueltas. Lula pasó de obtener alrededor del 63,8% del voto regional en la primera elección a superar el 69% en la segunda, incorporando casi tres millones de votos adicionales en el Nordeste (UOL, 2026). La movilización popular consiguió transformar una región históricamente identificada con el lulismo en una de las principales fuerzas políticas de la victoria nacional. Las periferias obreras y populares en Sao Paulo, Río de Janeiro y Minas Gerais, también fueron decisivas en el resultado final.
En ese sentido, la campaña lulista demostró que el territorio físico y el territorio virtual constituyen espacios articulados de una misma disputa social. Las redes pueden organizar, convocar y multiplicar la participación, pero necesitan conectarse con experiencias colectivas reales. Y las organizaciones territoriales necesitan comprender que una parte decisiva de la vida social actual se desarrolla dentro de las plataformas digitales.
La tercera lección brasileña consiste precisamente en superar una falsa contradicción que atraviesa buena parte de las izquierdas latinoamericanas. La oposición entre militancia territorial y militancia digital. No alcanza con tener miles de militantes organizados territorialmente si no existe capacidad de intervención sobre las plataformas donde se construyen las percepciones colectivas, donde se-produce-el-poder. Tampoco alcanza con reunir millones de seguidores digitales si esa capacidad no se transforma en organización, movilización y poder político, donde se-realiza-el-poder.
CUARTA LECCIÓN
LA ECUACIÓN WOKE + CLASE: ERIKA HILTON, EL VAT Y EL FIN DE LA ESCALA 6X1
Esta discusión tiene una larga historia. En realidad, la experiencia brasileña recupera, bajo nuevas formas, toda la potencia revolucionaria de una corriente del feminismo que nació en el seno de la clase obrera, junto a sus sindicatos y partidos clasistas. Desde las sufragistas socialistas hasta Clara Zetkin, Rosa Luxemburgo y Aleksandra Kollontái, la emancipación de las mujeres estuvo vinculada a la lucha por transformar las relaciones sociales de producción y superar el régimen del capital. “Género con clase”, como sintetizaba el comandante Chávez. Allí reside la potencia de un feminismo capaz de quebrar los estrechos contornos del pinkwashing globalista, que incorpora las reivindicaciones identitarias a los mecanismos de legitimación del capital mientras preserva intactas las relaciones de explotación. La experiencia brasileña reactualiza aquella tradición histórica y permite recuperar la discusión sobre el feminismo como sujeto “revolucionario”, desobediente frente al orden del capital y capaz de articular las demandas materiales y simbólicas de las clases populares. Un feminismo que, desde sus contradicciones específicas y su capacidad de organización, contribuya a la recomposición política del sujeto histórico de la transformación social: la clase trabajadora.
Vivimos en un mundo que nos invita a pensar mecánicamente. De un lado, quienes defienden la centralidad de las luchas vinculadas a los derechos humanos, el feminismo, la diversidad sexual, las identidades y las distintas formas de discriminación. Del otro, quienes reclaman por el salario, las condiciones de existencia y la organización de los trabajadores.
Para bien nuestro, la experiencia brasileña demuestra que es posible superar esa fragmentación cuando las demandas vinculadas al reconocimiento y los derechos se articulan con una perspectiva material de transformación de las condiciones de vida de la clase trabajadora.
Una de las figuras más interesantes de este proceso es Erika Hilton, diputada federal, mujer trans, negra, de 33 años, y referente de una nueva generación de dirigentes populares que combina la defensa de los derechos de las comunidades históricamente discriminadas con una agenda profundamente vinculada a las necesidades de la clase trabajadora.
La magnitud electoral de Erika Hilton constituye por sí misma un acontecimiento político importante. En las elecciones legislativas del 4 de octubre de 2026 consiguió 1.596.472 votos en São Paulo, convirtiéndose en la mujer más votada de la historia para la Cámara de Diputados brasileña. Su votación superó ampliamente la obtenida en 2022 y la consolidó como una de las principales referencias políticas de una nueva generación de dirigentes populares. Pero su importancia no reside solamente en la extraordinaria cantidad de votos obtenidos ni en su identidad como mujer trans. Hilton consiguió vincular una agenda de ampliación de derechos con reivindicaciones concretas sobre las condiciones materiales de existencia de millones de trabajadores. Su protagonismo en la lucha por la reducción de la jornada laboral expresa una síntesis política que merece ser estudiada por las izquierdas de toda América Latina. Una dirigente identificada con las luchas de la diversidad consiguió convertirse en una de las referencias nacionales de una conquista histórica del movimiento obrero.
El Movimiento Vida Além do Trabalho, conocido como VAT, consiguió instalar en el centro del debate brasileño una demanda concreta y profundamente popular. El fin de la escala laboral 6×1, que obligaba a millones de trabajadores a cumplir seis jornadas laborales por apenas un día de descanso. La reivindicación trascendió rápidamente los espacios sindicales tradicionales y encontró una enorme capacidad de movilización entre trabajadores jóvenes, sectores precarizados y personas que organizan su vida cotidiana alrededor de empleos extensos, salarios insuficientes e incluso trabajo en plataformas.
La presión social y la articulación legislativa desembocaron en una conquista histórica. El Congreso Nacional promulgó el 16 de octubre de 2026 la Enmienda Constitucional 141, que establece una transición hacia una jornada máxima de 40 horas semanales y dos días de descanso remunerado, sin reducción salarial. La reforma fue resultado de la articulación de distintas iniciativas parlamentarias, incluida la propuesta impulsada por Erika Hilton junto al VAT. La demanda de pasar del 6×1 al 5×2 se convirtió así en una reforma constitucional conquistada pocos días antes del balotaje.
Erika Hilton y el VAT consiguieron articular demandas que muchas veces aparecían fragmentadas. Derechos civiles, diversidad, igualdad, trabajo y condiciones materiales de existencia comenzaron a formar parte de un mismo horizonte político. La experiencia ofrece una respuesta concreta a quienes consideran que la defensa de las identidades necesariamente desplaza la cuestión de clase. El problema aparece cuando las luchas parciales pierden su capacidad de articulación material dentro de un proyecto general de transformación social. La disputa por los derechos necesita recuperar su relación con las condiciones materiales de existencia y la lucha de clases debe ser capaz de incorporar las múltiples formas de subordinación, explotación y discriminación que atraviesan nuestras sociedades, particularmente de las mujeres.
Hay otra cuestión que también merece atención. Las condiciones materiales de vida ya no pueden analizarse exclusivamente a partir del empleo, los ingresos y las políticas sociales. El endeudamiento de los hogares constituye un mecanismo cada vez más importante de extracción de valor y disciplinamiento social. La expansión del crédito digital, las plataformas financieras, los sistemas de pagos y las aplicaciones de apuestas introduce nuevas formas de subordinación económica que atraviesan la vida cotidiana de millones de personas. Un informe de la Confederación Nacional del Comercio de Brasil, publicado en abril de 2026, advirtió sobre el impacto de las apuestas digitales en el endeudamiento y la morosidad de los hogares brasileños (Confederação Nacional do Comércio de Bens, Serviços e Turismo – CNC, 2026).
En ese sentido, la prohibición de las bets (plataformas de apuestas deportivas) dispuesta por Lula el 25 de septiembre de 2026 abrió otro frente de esta disputa. Las plataformas de apuestas, asociadas al endeudamiento familiar, la ludopatía y graves problemas de salud mental, especialmente entre los jóvenes, también aparecieron en investigaciones de la Policía Federal como instrumentos de lavado de dinero de la narcoeconomía. Su prohibición confrontó intereses de un entramado que obtiene rentabilidad de la vulnerabilidad social. Se puede afirmar que ésta medida puso de manifiesto la contradicción fundamental entre la acumulación del gran capital financiero-tecnológico y la reproduccion de la vida de las amplias mayorías populares.
Todo esto puede suceder hoy, mientras una parte importante de las izquierdas continúa desarrollando sus programas políticos alrededor de una composición social que ha cambiado profundamente. El trabajador organizado sindicalmente conserva su importancia, pero convive con nuevas generaciones de trabajadores de plataformas y actividades precarizadas que experimentan otras formas de subordinación económica.
Woke + lectura de clase. Derechos con redistribución. Diversidad con organización popular. Y una perspectiva política capaz de transformar esas demandas en un proyecto colectivo de transformación social.
QUINTA LECCIÓN
SOLO SE LE GANA AL NEOFASCISMO RENOVANDO, RADICALIZANDO Y ARTICULANDO FUERZAS SOCIALES
La victoria de Lula abre una posibilidad extraordinaria para América Latina, pero también deja planteados enormes desafíos. El primero tiene que ver con los límites de la propia victoria electoral. En la primera vuelta, el Partido Liberal de Bolsonaro consiguió 121 bancas en la Cámara de Diputados, consolidándose como la principal fuerza parlamentaria brasileña, mientras la federación integrada por el PT, PCdoB y PV obtuvo 88 escaños. La derecha conserva así una capacidad institucional significativa para condicionar las políticas del próximo gobierno, bloquear iniciativas legislativas y disputar la orientación del Estado (Senado Federal, 2026b). Esto demuestra que ganar una elección presidencial no significa necesariamente modificar la correlación general de fuerzas. Las fuerzas populares pueden conquistar la Presidencia mientras las derechas conservan posiciones decisivas en el Congreso, las estructuras empresariales, los medios de comunicación, las plataformas digitales y los diferentes aparatos de poder. La experiencia brasileña obliga, entonces, a recuperar la discusión sobre la relación entre gobierno y poder, y sobre las condiciones necesarias para transformar una victoria electoral en una modificación efectiva de las relaciones de fuerza.
En ese marco, evitar una confrontación con determinados intereses económicos concentrados no garantiza su apoyo político. Por el contrario, la ausencia de transformaciones estructurales puede permitir que esas fracciones del capital conserven intacta su capacidad para financiar, organizar y sostener proyectos políticos contrarios a los intereses populares. La radicalización de las medidas redistributivas debe ser comprendida dentro de una estrategia más amplia de construcción de poder económico, político y social. No alcanza con administrar las contradicciones del capitalismo contemporáneo mientras los principales mecanismos de concentración económica y producción de poder permanecen fuera del alcance de las fuerzas populares.
Pero la disputa tampoco termina dentro de las fronteras nacionales. La salida de Flávio Bolsonaro hacia Estados Unidos después de desconocer su derrota electoral constituye un episodio especialmente revelador. El excandidato bolsonarista abandonó Brasil atravesando territorio argentino y trasladándose posteriormente a Ecuador, antes de llegar a Miami junto a su familia (Reuters, 2026). La administración de Donald Trump confirmó que permitiría su ingreso a Estados Unidos, en un nuevo episodio que exhibe la articulación política entre el trumpismo y las fuerzas neofascistas latinoamericanas. La fuga del candidato derrotado, facilitada por su tránsito a través de dos países gobernados por fuerzas alineadas con Washington, constituye una imagen de enorme potencia política sobre el funcionamiento internacional de estas redes, con Marco Rubio como uno de los principales articuladores de estas operaciones.
El neofascismo dispone de una capacidad de articulación internacional que supera ampliamente las fronteras nacionales. Sus organizaciones, fundaciones, think-tanks y plataformas políticas cumplen diferentes funciones dentro de ese entramado. La Red Atlas representa una importante estructura internacional de vinculación de centros de pensamiento favorables al libre mercado. La CPAC se consolidó como uno de los grandes espacios de articulación política del conservadurismo estadounidense con las expresiones internacionales de la alt-right política. El AIPAC, por su parte, constituye una poderosa organización de presión política vinculada a la defensa de los intereses del sionismo, en los Estados Unidos y el mundo. Sus funciones y estructuras son diferentes y no corresponde presentarlas como integrantes de una conducción formal única, pero su estudio resulta necesario para comprender cómo se relacionan determinadas fracciones del capital, organizaciones ideológicas, dirigencias políticas y redes transnacionales de poder.
Miami ocupa un lugar particularmente importante dentro de esta geografía política. La ciudad constituye uno de los principales centros de articulación de las derechas latinoamericanas. En nuestra caracterización del cuadrilátero de poder trumpista, integrado por Wall Street, Silicon Valley, Washington y Miami, esta última aparece como una plataforma económica e ideológica de proyección estadounidense sobre América Latina, atravesada por la circulación de capitales, la actividad financiera transnacional y la presencia de importantes redes políticas ultraconservadoras. También constituye un espacio financiero donde deben investigarse las relaciones entre las economías legales, los mecanismos de lavado de activos y los circuitos de la narcoeconomía latinoamericana.
En paralelo, la estrategia estadounidense hacia América Latina incorpora crecientemente el lenguaje de la seguridad, el narcotráfico y el terrorismo como parte de sus mecanismos de intervención regional. La creación del denominado Escudo de las Américas, impulsado por Donald Trump en marzo de 2026, representa un avance en la articulación de gobiernos latinoamericanos alineados con Washington alrededor de una agenda de seguridad hemisférica y combate contra organizaciones caracterizadas como “narcoterroristas”. La iniciativa contempla mayores mecanismos de cooperación militar y de inteligencia, y acciones económicas contra organizaciones designadas como amenazas regionales. Su desarrollo también se encuentra vinculado con la disputa estratégica estadounidense frente a la creciente presencia china en América Latina.
Por eso, las fuerzas populares necesitan renovar sus organizaciones, radicalizar sus programas y articular las diferentes expresiones políticas, sociales, sindicales, territoriales, culturales y digitales que atraviesan nuestras sociedades. Renovar significa comprender que las formas organizativas construidas durante el siglo XX ya no alcanzan por sí solas para representar a una sociedad profundamente transformada por la Nueva Fase capitalista. Radicalizar significa recuperar la capacidad de confrontar con los intereses económicos concentrados y desarrollar programas que modifiquen efectivamente las condiciones de vida de nuestros pueblos. Articular significa comprender que ninguna organización, liderazgo, movimiento social o fuerza política posee por sí sola la capacidad para enfrentar una ofensiva neofascista de carácter transnacional.
EPÍLOGO MOMENTÁNEO
La derrota del bolsonarismo revela que la hegemonía digital de la ultraderecha no constituye un destino inevitable y que las fuerzas populares todavía conservan una enorme capacidad para organizar, movilizar y construir nuevas mayorías políticas. Pero también deja planteado un interrogante que trasciende las fronteras brasileñas. ¿Alcanza con ganar elecciones y mejorar los indicadores sociales, o es necesario construir poder político, económico, territorial y digital para sostener un proyecto de transformación? La disputa continúa en las instituciones, los territorios, las plataformas digitales, las relaciones económicas y la capacidad de construir una comunidad organizada. La experiencia brasileña demuestra que todavía es posible derrotar al neofascismo, pero también enseña que esa victoria requiere comprender la época que vivimos y recuperar la iniciativa histórica de las fuerzas populares.
Las cinco lecciones que deja Brasil permiten reconocer algunos de los desafíos fundamentales de nuestro tiempo. La Nueva Fase del capitalismo transforma aceleradamente las condiciones materiales de existencia y, con ellas, las formas de organización, representación y movilización política. La construcción de hegemonía exige comprender las nuevas relaciones entre el poder tecnológico y financiero, las condiciones de vida de las mayorías sociales, las luchas por los derechos, las nuevas subjetividades y las capacidades de organización territorial y digital. La victoria de Lula fue posible porque consiguió combinar la fuerza de la historia con las nuevas formas de organización de la sociedad. Porque articuló liderazgos, territorios, juventudes, derechos, movilización popular y disputa digital. Porque la defensa de las conquistas del pasado logró convertirse nuevamente en una promesa de futuro.
Pero estas cinco lecciones también nos enfrentan a una paradoja histórica. Mientras las ultraderechas se muestran cada vez más gramscianas en la construcción de hegemonía y más leninistas en la organización de la disputa por el poder, buena parte de las izquierdas, ahogadas en postulados socioliberales y desarrollistas, entrampados en un posibilismo esteril, parecen resignarse a ser las mejores administradoras de un régimen capitalista que ha abierto una crisis civilizatoria. En ésta Nueva Fase capitalista, el trabajo vivo continúa siendo cualitativamente imprescindible para la valorización capitalista, mientras el desarrollo de las fuerzas productivas vuelve cuantitativamente superflua una proporción creciente del trabajo humano, sin liberar por ello a las mayorías de la explotación y la sobreexplotación. En este contexto, incluso conquistas históricas como el fin del 6×1 y la reducción de la jornada laboral representan todavía un horizonte reformista frente a las extraordinarias posibilidades de emancipación que abre la revolución tecnológica. La verdadera disputa histórica es por la apropiación social de nuestra potencia creativa (Aguilera, 2026), para que la humanidad pueda transitar, como planteaba Marx, del “reino de la necesidad” al “reino de la libertad”. Una libertad fundada en la dignidad humana, la cooperación y el desarrollo pleno de las capacidades sociales, radicalmente opuesta a la barbarie paleolibertaria que pretende naturalizar la competencia despiadada y convertir al hombre en lobo del hombre y la mujer.
Por eso, las fuerzas populares necesitan recuperar la capacidad de construir hegemonía, desarrollar nuevas herramientas de organización y producir un programa político que articule las demandas materiales, culturales, territoriales y democráticas de nuestras sociedades con un horizonte de emancipación humana. Tras una seguidilla de fuertes derrotas institucionales, Brasil ofrece enseñanzas extraordinarias para comenzar ese camino, pero también advierte sobre los límites de toda victoria electoral que no consiga transformarse en una nueva correlación de fuerzas sociales. El desafío consiste en convertir las conquistas inmediatas en puntos de apoyo para una transformación histórica más profunda, capaz de disputar al capital el control de las fuerzas productivas, del tiempo social y del futuro de la humanidad.
Renovar, radicalizar y articular. Sólo así podremos convertir una victoria electoral en el comienzo de una nueva ofensiva histórica de los pueblos latinoamericanos. Una ofensiva que recupere la política como instrumento de emancipación y coloque en el centro de su proyecto el despertar del género humano.
*Katu Arkonada, analista internacional, colaborador de NODAL en México. Acompañante internacional en las elecciones de Brasil en primera vuelta (Río de Janeiro) y segunda vuelta (Sao Paulo). Matías Caciabue, politólogo y analista, Director Ejecutivo de NODAL. Maestrando de la ENFF-UNESP (Brasil) y corresponsal de las elecciones en Sao Paulo.
REFERENCIAS
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