El bolsillo le pasa factura a Trump – Por Miguel Calabrese
El bolsillo le pasa factura a Trump
Por Miguel Calabrese *
El descontento de las familias en Estados Unidos no surge de los acalorados debates ideológicos en Washington, sino de la frustración diaria al revisar la cuenta bancaria. Las elecciones de medio término del 3 de noviembre de 2026 están a punto de poner a prueba que, cuando los grandes relatos políticos no se traducen en bienestar real, el voto popular puede recordar que la realidad de la gente siempre es superior a cualquier promesa de campaña. Ninguna consigna partidista se sostiene indefinidamente cuando llegar a fin de mes se vuelve una cuesta arriba, convirtiendo la economía del hogar en un juez decisivo de la gestión oficialista de Donald Trump.
A dos años de su regreso a la Casa Blanca, Trump enfrenta su primera gran evaluación electoral nacional. Los estadounidenses renovarán las 435 bancas de la Cámara de Representantes y 35 escaños del Senado, en unos comicios que definirán la correlación de fuerzas políticas para la segunda mitad de su mandato. Aunque el presidente no figura en las boletas, buena parte de la disputa gira alrededor de su gestión económica, la política migratoria y el rumbo internacional de Estados Unidos. En el centro de estas tensiones aparece una contradicción fundamental entre las promesas de recuperar la grandeza estadounidense y las dificultades materiales que atraviesan millones de trabajadores.
El choque de las promesas contra la realidad del bolsillo
El mayor desgaste para la administración actual se respira en el supermercado y en las facturas de servicios públicos, donde las políticas arancelarias y las tensiones internacionales han golpeado directamente la calidad de vida. Los datos fríos desarman cualquier discurso que presente la prosperidad como una realidad compartida. Según la Oficina de Estadísticas Laborales estadounidense, la inflación interanual alcanzó el 3,7% en septiembre, impulsada por un incremento del 20,4% en los precios energéticos y del 34,2% en la gasolina. Mientras tanto, los salarios nominales por hora crecieron apenas un 3% en los últimos doce meses, lo que representa una caída del 0,7% en términos reales. El esfuerzo de los trabajadores pierde capacidad de compra mientras aumentan los gastos indispensables para sostener la vida cotidiana.
Esta asfixia también se siente en el mercado inmobiliario y en el endeudamiento familiar. La Reserva Federal mantiene su tasa de referencia entre el 3,75% y el 4%, en un contexto de crédito costoso. Las hipotecas a treinta años promedian el 7,24%, más de un punto porcentual por encima del 6,17% registrado un año atrás. Para millones de estadounidenses, comprar una vivienda resulta cada vez más difícil, mientras los alquileres absorben una porción importante de los ingresos familiares. A esto se suman los costos sanitarios, las deudas estudiantiles y los intereses asociados al consumo, problemas que atraviesan especialmente a los trabajadores jóvenes y a los sectores medios endeudados.
La política económica de Trump también enfrenta sus propias contradicciones. Los aranceles comerciales, presentados como una herramienta para proteger la industria estadounidense frente a sus competidores internacionales, trasladan parte de sus costos a empresas y consumidores. Según estimaciones del Budget Lab de la Universidad de Yale, las medidas arancelarias vigentes representan un costo anual aproximado de 1.100 dólares por hogar. A ello se agregan las consecuencias económicas de las tensiones geopolíticas y del conflicto militar con Irán, que presionaron sobre los precios del petróleo y los combustibles. La promesa de recuperar la producción nacional convive así con un encarecimiento de bienes esenciales que afecta el poder adquisitivo.
Liderazgos de la periferia y el triunfo de las soluciones reales
Frente a un modelo centralizado cuyas propuestas chocan con las facturas del mes, dentro de la coalición demócrata adquieren visibilidad nuevos liderazgos surgidos de las periferias geográficas, económicas y sociales. Candidatos afroamericanos, musulmanes, hijos de inmigrantes y dirigentes vinculados con organizaciones comunitarias disputan espacios de representación a partir de las urgencias de sus territorios. Sus propuestas incluyen frenar los abusos del crédito, reducir los costos de la salud, ampliar los derechos laborales y garantizar viviendas accesibles. Aunque representan corrientes políticas diferentes, estas experiencias muestran cómo las demandas materiales pueden convertirse en herramientas de organización y disputa electoral.
Uno de los casos más relevantes es el de Abdul El-Sayed, médico epidemiólogo estadounidense de origen egipcio y exdirector del Departamento de Salud de Detroit, que compite como candidato demócrata al Senado por el estado de Míchigan. El-Sayed derrotó en las primarias a la congresista Haley Stevens, respaldada por sectores tradicionales del partido, y enfrenta ahora al republicano Mike Rogers. Su campaña combina la defensa de un sistema universal de salud, la reducción del endeudamiento médico, mayores impuestos a las grandes fortunas y medidas contra la concentración empresarial. De resultar elegido, se convertiría en el primer senador musulmán de la historia estadounidense. Su candidatura también refleja las tensiones dentro del Partido Demócrata sobre la política exterior, especialmente respecto de Israel y Palestina.
En Nueva York, otra figura emergente es Darializa Ávila Chevalier, activista afrolatina de 32 años, hija de inmigrantes dominicanos, socióloga y organizadora comunitaria. Compite por el distrito 13 de la Cámara de Representantes, que comprende sectores del Alto Manhattan y el Bronx. Respaldada por el alcalde neoyorquino Zohran Mamdani y organizaciones socialistas, protagonizó una de las principales sorpresas de las primarias al derrotar al congresista Adriano Espaillat, que buscaba su sexto mandato. Ávila Chevalier propone ampliar la vivienda pública, fortalecer los sindicatos, garantizar la atención sanitaria universal y cuestionar las políticas de deportaciones masivas. Su trayectoria vinculada con los movimientos por los derechos de los inmigrantes y la solidaridad con Palestina conecta las demandas económicas de los trabajadores con disputas más amplias por los derechos sociales.
Una experiencia diferente, pero vinculada con las mismas discusiones, es la de Ilhan Omar, congresista demócrata de origen somalí que busca su reelección por el distrito 5 de Minnesota, que comprende Minneapolis y municipios cercanos. Elegida por primera vez en 2018, Omar se convirtió en una de las figuras más reconocidas del ala progresista demócrata y en una crítica de la política exterior estadounidense hacia Medio Oriente. Tras imponerse ampliamente en las primarias de agosto, desarrolla una campaña centrada en el acceso a la salud, el costo de vida, los derechos de los inmigrantes y la protección social. Su trayectoria muestra cómo una representante surgida de una comunidad migrante puede consolidar una presencia nacional sin abandonar las reivindicaciones de su territorio.
En el estado de Maryland, las candidaturas de Adrian Boafo y Wala Blegay también reflejan la creciente participación política de las comunidades afrodescendientes y de la diáspora africana. Boafo, legislador estatal de 32 años e hijo de inmigrantes de Ghana, ganó las primarias demócratas para competir por el distrito 5 de la Cámara de Representantes, que dejará vacante el histórico congresista Steny Hoyer. Blegay, abogada, dirigente sindical y concejala del condado de Prince George, hija de familias originarias de Liberia y Nigeria, participó en esas mismas primarias, aunque no consiguió la candidatura para noviembre. Ambos incorporaron demandas relacionadas con los salarios, el acceso a servicios y los derechos civiles.
Las elecciones estadounidenses de este 3 de noviembre permitirán observar el alcance de estas tensiones. El malestar económico no tiene una traducción electoral automática y los problemas estructurales de la sociedad estadounidense atraviesan administraciones republicanas y demócratas. Sin embargo, la contradicción entre la extraordinaria acumulación de riqueza de las grandes corporaciones y las dificultades cotidianas de millones de familias se ha convertido en un elemento central del escenario político. El desafío que expresan los nuevos liderazgos consiste en transformar las demandas sociales en capacidad de representación y organización duradera.
En definitiva, la elección pone sobre la mesa una cuestión que supera la competencia inmediata por el Congreso. Ningún proyecto político puede sostener indefinidamente su legitimidad sobre grandes promesas de prosperidad mientras una parte creciente de la población encuentra dificultades para pagar el alquiler, acceder a la salud o llegar a fin de mes. La economía del hogar vuelve a interpelar a la política nacional y recuerda que, detrás de las grandes disputas por el poder mundial, están las condiciones concretas de vida de millones de personas.
* Miguel Calabrese. Dirigente argentino que acompañó a los equipos de la campaña electoral de Luiz Ignacio Lula da Silva.
