Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de Nodal. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.

La grave situación por la que atraviesa Venezuela es, por fin, un tema sobre el tapete del cual se habla en diversos foros. Tres expresidentes tratan, a nombre de Unasur, de promover un diálogo entre las partes. El miércoles pasado, el Consejo Permanente de la OEA aprobó una declaración descafeinada mientras se apresta a discutir la aplicación de la Carta Democrática Interamericana (CDI). El mínimo común denominador de esta actividad regional es Luis Almagro, el secretario general de la OEA, quien logró que el tema sea abordado sin tapujos.

El asunto no es fácil. Antes se criticaba a la OEA, no sin razón, por su parsimonia y falta de compromiso ante los graves problemas derivados de la carencia de institucionalidad en Venezuela. Ahora que Almagro decidió agarrar el toro por los cuernos y, cumpliendo con sus atribuciones, presenta un informe de más de 130 páginas para sustentar la aplicación de la CDI, recibe un amplio respaldo por tener los pantalones para hacerlo. Sin embargo, paradojas de la política internacional, también recibe fuertes críticas, en especial de ciertos países, por ir demasiado lejos. Palo porque bogas y palo porque no bogas. ¿Quién entiende?

Según sus contradictores, el secretario debería actuar en estrecha coordinación con los Estados para lograr su objetivo. Es un argumento válido. Sin embargo, no hay que olvidar que el año pasado se desencadenó la compleja situación humanitaria en la frontera debido a los compatriotas deportados y desplazados desde Venezuela. El secretario se quedó entonces a la espera de una decisión política del mismo Consejo Permanente mientras que allí, por un voto, se impedía convocar una reunión de cancilleres. Ante la inmediata invitación que recibió del Gobierno, Almagro viajó a los pocos días a Cúcuta y luego lo haría la CIDH. No siempre se puede esperar cuando hay una situación angustiante de por medio que requiere acción urgente. Tiene la potestad para hacerlo y ha continuado haciéndolo.

 De momento, el presidente Nicolás Maduro se ha dedicado a maniobrar por todos los medios posibles para bloquear a Almagro mientras apoya las gestiones de Unasur, que a instancias suyas realizan los expresidentes Rodríguez Zapatero, Fernández y Torrijos. Ese diálogo, sin embargo, comenzó con mal pie y ha encontrado demasiados obstáculos por la falta de credibilidad que los facilitadores generan en la oposición. Hace dos años, luego de las protestas estudiantiles que dejaron 43 muertos, tres cancilleres fueron a Caracas en nombre de Unasur a promover el diálogo. El Gobierno nunca tuvo interés real en dialogar y solo ganó tiempo para neutralizar la protesta y, de paso, dividir a la oposición. Uno de esos tres enviados era el canciller de Uruguay, Luis Almagro, quien no ha olvidado la lección.

Lo cierto es que la otrora eficiente chequera de los petrodólares que Venezuela utilizó para agenciarse lealtades se ha debilitado. El Alba o Petrocaribe, ante la caída de los precios del petróleo, ya no operan como antes. De ahí que, gracias a la presión ejercida por Almagro, ya se pueda llevar el tema formalmente al Consejo Permanente de la OEA. Atrás parece haber quedado la época en que se daban los alineamientos automáticos hacia Nicolás Maduro para impedir el escrutinio de los organismos multilaterales de los cuales el país es parte.

De momento, la declaración aprobada por el Consejo Permanente, a pesar de lo blanda, reconoce que hay una crisis en Venezuela. La salida ideal es la del diálogo, nadie lo duda. Pero si no hay buena fe y voluntad de parte del Gobierno, que solo busca tiempo para que no se le aplique el referendo revocatorio, cuyo proceso sigue dilatando al máximo, hay que acudir a medidas extremas como la Carta Democrática. Su aplicación será decidida por los países miembros de la Organización en las próximas semanas. Los gobiernos de la región tendrán la palabra.

El Espectador