Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de Nodal. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.

Hay las que, como la Pax Romana (o la Britannica, o la Americana), son la ausencia de conflicto armado a causa del poder abrumador de unos pocos. Si las cosas salen como están planeadas para este 23 de junio de 2016, tendremos por lo menos una paz así. Pero aunque estas paces son preferibles al caos de la guerra, aspiremos a una paz mejor. Trabajemos y luchemos por la equidad y la justicia sin las cuales no hay verdadera paz.

Sin una educación equitativa no habrá una paz profunda. Todos nacemos con derechos idénticos, pero nuestros preescolares, primarias y bachilleratos construyen y luego perpetúan las desigualdades que caracterizan a Colombia. Tenemos colegios privados que imparten una educación privilegiada para las élites, y escuelas públicas que en la mayoría de los casos no preparan a sus egresados para aprovechar al máximo sus talentos. Un dato triste: únicamente el 2% de los bachilleres de estrato 1 salen preparados para estudiar en una universidad de alta calidad, mientras que para los de estrato 6 la cifra es cercana al 60%.

Acabemos con la segregación educativa. Trabajemos por el día en el cual la educación pública y gratuita sea tan buena que ni los privilegiados busquen una educación privada. En los mejores sistemas educativos del mundo, la escuela pública es el sitio donde ricos y pobres conocen por primera vez a sus conciudadanos. Es donde, así sea por un tiempo breve, se aprende a valorar la humanidad y la existencia de otros grupos étnicos y económicos. Ojalá tengamos pronto un sistema así, y que llegue a todas las zonas del país cuyo abandono por parte del estado ha perpetuado el conflicto armado que hoy aspiramos a terminar.

Construir un nuevo sistema educativo es el reto más importante de la paz, pero no es el único. Necesitamos que llegue a cada rincón de Colombia un buen sistema de salud, que las leyes se cumplan con el mismo rigor en el Putumayo que en Bogotá, y que el sistema judicial proteja por igual al campesino y al doctor.

Nada de esto se logra sin que nos adueñemos de nuestros deberes cívicos. Se multiplicarán los llamados a la esperanza ante la firma de la paz, pero la esperanza de quien se sienta a soñar en un sillón es inerte e inútil. No serán quienes no votan, quienes toleran a los políticos que compran votos, quienes no marchan para protestar contra las políticas que critican ni para exigir que se respeten los derechos de sus conciudadanos los que edifiquen el estado que buscamos. El verdadero anhelo por la paz y por la justicia se manifiesta en acciones. Nos corresponde a todos denunciar a los corruptos, involucrarnos en nuestras comunidades, y buscar cargos de elección popular si nos indigna lo que están haciendo nuestros representantes. Para vivir en el país que queremos necesitamos no solo esperanza, sino también sacrificio personal y darnos cuenta de que el estado que criticamos lo construimos nosotros.

Luis Carlos Reyes. Profesor Asistente, Departamento de Economía, Universidad Javeriana.

El Espectador