Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de Nodal. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.

Si el acuerdo de paz iba a pasar, tenía que haberlo hecho con estruendo, con el apoyo mayoritario e indiscutido de millones de colombianos que vieran en lo propuesto por las Farc y el Gobierno una puerta para reinventar Colombia, para ensayar la paz. Por eso, cualquier resultado adverso es una respuesta vehemente que no puede ser ignorada, menos aún cuando, como indican las cifras, se trató de una participación masiva. Sí, estuvimos virtualmente empatados, y eso habla de un país muy dividido, sobre todo cuando se ve que las regiones más periféricas y golpeadas por el conflicto apoyaron el acuerdo mientras la Colombia urbana lo rechazó, pero que el Sí no hubiera conseguido ganar siquiera por un margen inferior es una derrota histórica.

Son varios los motivos que pueden proponerse para entender este resultado, inesperado por lo que decían todas las encuestas. El principal, y viendo el número de votos del No, es que a muchos millones de colombianos les molestó sentirse marginados de un proceso que, por estar “blindado”, no aceptaba cambios, y eso permitió que hiciera carrera la idea de que lo pactado en La Habana era una “imposición” que iba en contra de lo que las personas estaban dispuestas a ceder.

Le hablan los votos del No a la arrogancia de una clase dirigente que, primero, jamás debió prometer refrendación de un acto que era el ejercicio de la potestad constitucional del presidente, pero que después, en todo momento, se mostró victorioso y condescendiente con la oposición. Delgado favor le hizo al “Sí” que para su campaña se privilegiara la misma política tradicional de siempre en eventos que afianzan en el imaginario nacional la idea de que las elecciones en Colombia se hacen a punta de maquinarias aceitadas sobre burocracias clientelistas. Salvo por algunas excepciones, qué falta hizo la iniciativa ciudadana en una campaña que terminó convirtiéndose en una tercera vuelta presidencial.

Pero, dicho lo anterior, no es momento de quedarse llorando —o rabiando— por la leche derramada. La pregunta inevitable que surge es: ¿y ahora qué? Ante una coyuntura histórica que llamaba al consenso del país, la respuesta fue una votación que habla de las profundas divisiones que hay entre los colombianos.

Y, sin embargo, este es el país en que vivimos y en el que estamos llamados a convivir. Algo evidentemente no está funcionando para que vayamos de elección en elección divididos hasta en los puntos donde la unidad es esencial. Algo tiene que cambiar si en verdad pretendemos superar el odio que ha alimentado todos los conflictos en la historia nacional.

La respuesta inicial del presidente Santos ha sido la correcta. La de las Farc, también. La orden de mantener el cese del fuego bilateral es el primer paso, el más importante, para mantener viva la ilusión. Y mientras la institucionalidad encuentra la mejor manera de cumplir el mandato de las urnas sin echar a perder lo avanzado, las Farc ratifican su compromiso de seguir adelante. Desde la oposición triunfante, también, se ha ratificado la intención de llevar hasta el final este proceso, y no otro. La sensatez es urgente en este momento, y los actores parecen entenderlo en este primer momento.

En este acuerdo rechazado hay un largo camino adelantado. No podemos demorarnos otros cuatro años, o más, para tener una nueva ilusión. Si ambas partes en campaña dijeron que querían la paz (pero no así, dijo la parte vencedora), ahora es el momento de convertir en realidad ese deseo. Dijimos el domingo que el No era un salto al vacío, y seguimos creyendo que lo fue. Eso no quiere decir que no podamos encontrar una manera viable de aterrizar en la paz. A ese trabajo de unión nos sumamos desde ya.

El Espectador