Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de Nodal. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.

La tragedia aérea ocurrida este lunes en la noche en el cerro Gordo, municipio de La Unión (Antioquia), donde se estrelló un avión de la empresa Lamia, en el que viajaban 77 personas, entre ellas los integrantes del equipo de fútbol Chapecoense, de Brasil, es una de esas desgracias que estremecen y conmueven a la humanidad en general.

Suena a lugar común decir que el fútbol está de luto. Más justo sería decir que lo está el deporte, o aún mejor, que hay duelo en el mundo. Porque allí venía un grupo de deportistas sencillos, llenos de pasión y de sueños, acompañados por sus directivos y demás miembros del cuerpo técnico. Y venían 20 periodistas de radio y televisión, 20 colegas que cumplían su misión. Todos ellos, la misma tripulación, en lo suyo, en su trabajo, en sus proyectos de vida, inocentes de que la fatalidad estaba rondando los cielos a pocos kilómetros de llegar a su destino.

Los deportistas, como los artistas, suelen ganarse una especie de familiaridad de todos, son parte de una comunidad que se multiplica e identifica. Los equipos, con derrotas y triunfos, son parte vital en la vida de sus hinchas. Sus fracasos y tragedias duelen a miles. Por eso hoy se registra con hondo pesar la desaparición del equipo ‘verdão’, de Chapecó, una pequeña ciudad de un poco más de 200.000 habitantes, orgullosa de su Chapecoense que vio nacer 43 años atrás, al que acompañaban en promedio 7.000 personas por partido. Pero que hoy los llora Brasil todo, además de millones de personas en el planeta profundamente conmovidas al conocer la noticia.

Ese equipo, dicen las crónicas, venía marcando la historia. Y, en medio de su sencillez, su coraje y buen juego, había dejado en el camino a oncenos de más nombre, dígase San Lorenzo e Independiente de Argentina o nuestro Junior de Barranquilla. Y venía con la convicción de hacerle un gran partido, precisamente esta noche, a Nacional, el flamante campeón de la Copa Libertadores, en Medellín.

Lo triste es que el sino, o lo que sea que mueva los hijos invisibles del destino, a veces no respeta ilusiones, ni méritos. Duele e impresiona este doloroso hecho. Y solo queda que las familias de los deportistas y todos los demás que dejaron su vida en aquel accidente logren superar el trance de la mejor manera. Y que sepamos pronto las causas de esta tragedia, que se agrega, en su tremendo estilo, a otras como la vivida por el Alianza Lima, en diciembre de 1987, o el Manchester United, en febrero de 1958.

Una vez se establezca el origen de esta fatalidad, este tiene que servir de lección. Por lo pronto, es de esperar que los difíciles momentos que les esperan a los familiares sean menos duros gracias a un trabajo eficaz de las autoridades encargadas de los procedimientos legales posteriores a un hecho como este. La disposición mostrada por todos los estamentos involucrados, ejemplar, permite prever que así será.

Más allá del loable gesto del Atlético Nacional de proponer que el título en disputa sea para el equipo brasileño, para la historia quedará el traumático relato de un sueño que dio un macabro giro hasta convertirse en desgarradora pesadilla. Un episodio de máximo dolor que mucho costará asimilar.

El Tiempo