Perú: ¿Cómo reducir la desigualdad de género? – Por Ignazio De Ferrari

Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de Nodal. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.

En su discurso inaugural el 28 de julio del año pasado, el presidente Pedro Pablo Kuczynski imaginó un país “moderno, justo y solidario” con miras al bicentenario. Su mensaje puso énfasis en reducir las desigualdades sociales que dividen a los peruanos del país formal y el país real. En el Perú del siglo XXI, una de las principales formas de desigualdad es la que separa a los hombres de las mujeres. A casi un año de la multitudinaria marcha Ni Una Menos, no parece que se haya generado el punto de quiebre que se esperaba.

Las mujeres peruanas siguen sufriendo violencia doméstica a niveles de escándalo. Según un informe del INEI de noviembre del 2016, el 32% de las mujeres entre 15 y 49 años de edad ha sufrido violencia física por parte de su pareja. En salud, la prevalencia de enfermedades crónicas es casi nueve puntos porcentuales mayor en las mujeres que en los hombres. En cuanto al salario, la brecha es alrededor de 30% en favor de los hombres. Finalmente, todas estas desigualdades se ven claramente reflejadas en la opinión pública. Según el Latinobarómetro del 2015, el 52% de las mujeres peruanas considera que la igualdad entre el hombre y la mujer está poco o nada garantizada. El promedio en América Latina es 44%.

¿Por qué un tema tan importante sigue sin ser prioritario en la agenda del país? Es difícil imaginar grandes progresos sin un acuerdo nacional entre el Estado, el sector privado y la sociedad civil para reducir la desigualdad de género. El Estado debe mantener los recursos en las áreas en las que hay claros progresos –como el acceso a la educación– y acelerar el compromiso en los frentes más atrasados. Es demasiado indignante que, aún hoy, muchísimas mujeres víctimas de violencia doméstica sigan sin acceso a ayuda inmediata para poner una denuncia y a una respuesta firme de la justicia.

En cuanto a la desigualdad salarial, esta requiere respuestas compartidas entre el Estado y el sector privado. Es inaceptable que en ambos ámbitos los hombres ganen más que las mujeres por trabajos equivalentes. En principio, no debería ser necesaria una ley de igualdad salarial como la que se discute actualmente en el Congreso para decidir cerrar la brecha. No solo es un deber moral que esas diferencias desaparezcan, sino que además hace sentido empresarial: entre los millennials, la generación cada vez más dominante en la fuerza laboral, las diferencias de género están mucho menos aceptadas que en las generaciones anteriores. No tiene sentido negarse al avance de los tiempos.

La desigualdad salarial, en el Perú y el mundo, tiene otro aspecto: el tipo de profesiones que eligen hombres y mujeres. En todas partes hay más banqueros hombres y más enfermeras mujeres. Los primeros ganan claramente más que las segundas. La pregunta entonces es si la profesión escogida es resultado de una elección libre o si reproduce inequidades preexistentes. Por ejemplo, ¿se ven las mujeres obligadas a escoger carreras más compatibles con la maternidad o en las que existen menos prejuicios contra ellas, o responde esa elección a un interés genuino?

Visto desde este ángulo, no es casualidad que el 48% de las mujeres peruanas piense –según el Latinobarómetro– que los empresarios no contratan mujeres con niños y que otro 36% considere que trabajar se hace difícil al no tener con quién dejar a los hijos. Si la empresa y el Estado están obligados al pago igualitario, es deber del segundo impulsar políticas que faciliten a las mujeres acceder al mercado laboral. El BID recomienda que el Estado establezca una política de cuidado a los menores de 0 a 5 años a través de una red subsidiada de jardines de cuidado infantil. Según estudios citados por “The Economist”, que la participación femenina en la fuerza laboral alcance la de los hombres puede significar un incremento del PBI de entre 5% y 20%, dependiendo del país. Reducir la brecha de género es también buena economía.

Finalmente, está el terreno de la sociedad civil y los poderosos símbolos de la política. En el primero es fundamental que se sigan politizando las diferencias de género, con mucho debate público (y con más marchas, de ser necesarias). En la política, ver a mujeres en los más altos cargos del Estado nos recuerda que el poder no solamente es cosa de hombres. Si el presidente Kuczynski está considerando reconfigurar su equipo el 28 de julio, podría pensar en un Gabinete paritario. Mensajes de ese tipo son necesarios para visibilizar la causa.

(*) Politólogo y columnista de El Comercio, Perú.

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