Argentina: miradas y reflexiones en torno a la muerte del fiscal Nisman. Opinan Horacio González y Carlos Pagni

Nodal recoge opiniones diversas que expresan las múltiples miradas sobre la muerte del fiscal argentino Alberto Nisman, al frente de la investigación sobre el atentado a la mutual judía AMIA en 1994, quien recientemente denunció al Gobierno argentino por un supuesto pacto secreto con Irán y apareció muerto –en circunstancias que aún se investigan- el pasado lunes

Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de Nodal

El desmoronamiento del poder, al desnudo – Por Carlos Pagni

Cristina Kirchner invitó ayer a los argentinos a descender un círculo más en la escalera del infierno. En su segunda carta sobre la muerte de Alberto Nisman comunicó, entre otras atrocidades, lo siguiente: quien tenía a cargo la causa AMIA, acaso por eso el fiscal más relevante de la República, murió por culpa de Antonio “Jaime” Stiusso, que hasta hace menos de un mes era el principal agente de Inteligencia del Estado.

La Presidenta no termina de decir si fue un asesinato o un suicidio inducido. Pero está segura de que la denuncia que Nisman hizo contra ella por encubrimiento en la investigación del atentado fue parte de un plan destinado a involucrarla en la muerte del fiscal.

Para probar sus gravísimas afirmaciones, la señora de Kirchner no ofreció más indicios que algunas ocurrencias deshilvanadas. Interrogantes e insinuaciones. Fue tan sincera como temeraria cuando escribió: “No tengo pruebas, pero tampoco tengo dudas”. Como abogada exitosa debería saber que es demasiado poco.

Sobre todo porque, en el mismo texto, se quejó de que Nisman fue poco riguroso en su presentación ante Ariel Lijo. La denuncia de la Presidenta puede conducir a un par de errores. El primero, aceptar la invitación a entrar en el laberinto de las especulaciones. El segundo, pensar el conflicto en los términos que ella y el PJ propusieron ayer: como un enfrentamiento del Gobierno con la oposición y la prensa independiente.

Esas dos reacciones nublarían lo esencial. Envuelta en un enredo que no controla, Cristina Kirchner está desnudando el desmoronamiento de su propio sistema de poder. Lo que ella describe, sucede en el seno del oficialismo. Es la desarticulación de una maquinaria que utilizó y que ahora la devora. La señora de Kirchner habla desde dentro del derrumbe y, por lo tanto, lo último que está en condiciones de ofrecer es una salida. Es su derrota política.

El espectáculo no debe sorprender. De nuevo el peronismo atrapa al país en sus convulsiones. Esta vez no se enfrentan bandas sindicales o guerrilleras. El kirchnerismo desató fuerzas más oscuras. Chocan facciones de los servicios secretos en una guerra en la que nada es lo que parece. Jueces y fiscales son piezas de un ajedrez que se juega en otra parte. El Estado, cuyo dominio sobre los argentinos se ha extendido tanto, ofrece ahora lo peor de sí.

La Presidenta convocó ayer a dar otra vuelta en su inquietante tren fantasma. Ella presume saber sobre la muerte de Nisman mucho más que la jueza Fabiana Palmaghini. Hasta duda de la ecuanimidad de la magistrada por cómo dilucidó el suicidio de Lourdes Di Natale. La titular del Poder Ejecutivo resolvió dos muertes en un par de párrafos. Pero terminó su carta diciendo que el único encargado de acusar es el Poder Judicial.

Palmaghini no fue la única castigada. La señora de Kirchner se preguntó también por qué había entrado al departamento de Nisman un médico privado antes que la jueza. Olvida que allí estaba Sergio Berni, su secretario de Seguridad. Antes de entregarlo, podría consultarlo.

La tesis que sugiere la Presidenta es que el ex director de Operaciones de la SI Stiusso hizo regresar a Nisman con urgencia desde Europa para presentar la denuncia. ¿Quería aprovechar el estruendo de la masacre de Charlie Hebdo o vengarse por los cambios en la SI? No sabe, no contesta. Tampoco se plantea que el fiscal temiera que ella fuera a echarlo. Sólo afirma que Nisman no sabía que el itinerario incluía su muerte.

La señora de Kirchner eludió las enigmáticas declaraciones de Diego Lagomarsino, colaborador de Nisman y dueño del arma con la que el fiscal se habría quitado la vida. El diario Página 12 publicó ayer una conversación que Lagomarsino habría tenido con Nisman la tarde anterior a su muerte. Según esa versión, el viernes pasado Stiusso aconsejó a Nisman desconfiar de su custodia y proteger a sus hijas. Es decir, lo empujó a liberar a sus guardias y a buscar un arma para defenderse: el incomprensible revólver 22.

El diario oficialista recoge esa información de una jueza que dijo ser depositaria de las confesiones de Lagomarsino. En otros términos: Pagina 12 dice que una jueza anónima dijo que Lagomarsino dijo, que Nisman dijo, que Stiusso dijo.

El técnico informático no mencionó a Stiusso ante la fiscal Viviana Fein. Es curioso. También lo es que, enterada de esa información, una magistrada se la haya contado a un diario oficialista y no a la Justicia.

El objetivo de Lagomarsino, o de sus ventrílocuos, sería que Stiusso se incorpore a la trama. Es lo que también pretende la Presidenta con su carta. En el expediente constarían dos llamadas del fiscal al espía: una la tarde del viernes y otra la tarde del sábado. Al parecer, ninguna de las dos fue respondida. De ser así, ¿por qué Stiusso no contestó, en un momento clave, cuando Nisman preparaba su aparición ante el Congreso?

La versión de Lagomarsino/jueza/Página 12 es que el viernes Stiusso habló con el fiscal. ¿Qué canales de comunicación había entre ambos? Al Gobierno le interesa saberlo para afirmar la hipótesis de la Presidenta: alguien hizo que Nisman adelantara su regreso desde Europa. Ella cree que fue Stiusso. En este contexto cobra sentido el video que divulgó el canal kirchnerista C5N, con la llegada del fiscal a Ezeiza y la presencia de un desconocido que lo recibe. ¿Un enviado de Stiusso?

El esclarecimiento de estos detalles contará con un actor discreto, pero relevante: la jueza Sandra Arroyo Salgado, ex mujer de Nisman y querellante en nombre de sus hijas. ¿Será la ventana de Stiusso al expediente? La relación de esta magistrada con el espía también ha sido siempre muy estrecha.

Balance provisional: Cristina Kirchner sugiere que Stiusso le “tiró un muerto” y deja ver su deseo de “tirarle un muerto” a Stiusso. El muerto es el fiscal del mayor atentado de la historia argentina, producido por el terrorismo islámico contra una institución judía. ¿Qué intereses están amenazados para que se desate esta dinámica violenta?

La información sobre Lagomarsino sirve también para desacreditar el trabajo de Nisman. Según la magistrada desconocida, Lagomarsino desbloqueaba archivos que remitía el fiscal a su domicilio. Esa tarea muchas veces era perentoria. Conclusión: documentación decisiva para la causa AMIA era procesada por un particular, fuera de la fiscalía. Eso sí: la jueza dice que Lagomarsino nunca miraba lo que copiaba.

En la misma línea de desmerecer el trabajo de Nisman, la Presidenta lo presenta como un autómata de Stiusso, único administrador del expediente judicial. Pero Nisman fue seleccionado por ella y por su esposo, que le asignaron a Stiusso. Los Kirchner se fascinaron con las habilidades de este ingeniero, que les ofreció servicios inconfesables e inapreciables, sobre todo judiciales, en sus guerras de poder. La Presidenta simula candidez. Pero todas las irregularidades que atribuye al jefe de Operaciones de “su” SI se cometieron bajo la mirada de Héctor Icazuriaga y Francisco Larcher, que prefirieron renunciar antes que pedir a Stiusso la renuncia. El país está frente a un conflicto interno del oficialismo. Stiusso es al espionaje lo que Moyano fue al sindicalismo.

Los gobernadores y ministros que se sacrificaron ayer, con el membrete del PJ, señalando un complot opositor conocen esta trama. En los últimos 13 años prescindieron del teléfono por temor a que Stiusso los escuchara.

Cristina Kirchner afirmó que en la denuncia de Nisman hay pocas novedades. Y se regodeó en que el presunto espía Bogado ya había sido denunciado a instancias de Stiusso. Tiene razón, desde el punto de vista penal, que es el único que parece interesarle. Su propósito es poco edificante: trivializar la presentación del fiscal para demostrar que el oficialismo no tenía por qué asesinarlo.

Para la política y las relaciones exteriores la presentación del fiscal es deletérea: confirma el establecimiento de una diplomacia paralela para celebrar un acuerdo con Irán cuyos objetivos y resultados el Gobierno todavía no puede explicar.

La Presidenta describió una crisis sin proponer remedio alguno. ¿Qué piensa hacer con la SI? Porque el nuevo director de Operaciones, Horacio García, es el otro yo de Stiusso. ¿Qué equipo seguirá el caso AMIA? ¿El fiscal Alberto Gentili, que reemplazará a Nisman, no impulsó su carrera gracias a colaboradores de Stiusso? ¿Qué lazos unen al juzgado de Lijo, que debe resolver la acusación de Nisman, con el entorno de Stiusso?

La Presidenta está más interesada en saber qué posición toma Daniel Scioli en esta guerra. Es el candidato al que, hoy por hoy, parece condenada. Ayer lo despeinó, al desdeñar a los que aceptan invitaciones de Clarín. Ella sigue sin desentrañar un enigma: ¿de qué hablaron el gobernador y Stiusso en la sede de la SI pocos antes de que el espía fuera despedido? El documento del PJ de ayer tenía casi un único objetivo: que Scioli lo firmara.

Son minucias en las que la Presidenta parece entretenerse para no pensar en la dimensión de su tragedia. Más allá de la azarosa peripecia judicial, como Yrigoyen con Alem, como Uriburu con Lugones, como Justo con De la Torre, como Perón con Juan Duarte, como Montoneros con Rucci, como Menem con Cabezas, Duhalde con Kosteki y Santillán, ella también entra a la historia cargando con un muerto inexplicable.

La Nación

Sobre las autorías – Por Horacio González

La vida colectiva sostiene siempre una pregunta: “¿Quién es el autor de los magnos crímenes?”. Sin certezas autorales se desmerece la vitalidad democrática, el contrato de la vida en común. Es lo que nos está pasando y por eso precisamos salir del pantano de las atribuciones apócrifas y de las especulaciones furtivas. Cuando alguien se suicida, nos preguntamos de inmediato por sus pasos previos, lo último que dijo, las señales que pudo haber dejado por el camino. El suicidio es el momento de la voluntad final, voluntad a la que consideramos disminuida, entorpecida (pues todo debería ser pulsión de vida) y al mismo tiempo intuimos que hay allí un extraño coraje que no todos sabríamos encarar (pues es la otra forma de fortalecer la voluntad, la superioridad de acabar consigo mismo). Vacilamos en saber de qué está compuesto el suicidio. La muerte del fiscal Nisman fue muy profusa en papeles, ahorrativa en señales y lacónica en su espantosa ambigüedad. Primero se dijo suicidio, conocida y temible palabra. Este hecho extremo muchas veces se halla recubierto por un decidido orgullo, un despechado altruismo o un oscuro deseo de legar a la sociedad una atmósfera de culpa colectiva.

Si alguien pensara “en sus cabales”, no se suicidaría; así razona el mero racionalista. Es un ejercicio literario muy conocido, que al comprobarse un suicidio, se pregunta por los más mínimos gestos, insignificantes en ese momento, y que ahora cobrarían nueva significación ante el cuerpo exánime que tenemos ante nuestros ojos. ¿Qué hizo Lugones en su viaje en tren al Tigre? ¿Qué impulsó a Alem a tomar su último carruaje? ¿Qué pensó Lisandro de la Torre en su recámara solitaria de calle Esmeralda? En todos estos casos hubo cartas, justificaciones, meditaciones repletas de melancolía y también de olímpicos desprecios. Sin embargo, solemos pedirle al suicida claves de su autoría, no sólo escritas de su puño y letra sino en signos a veces herméticos que, producidos en las aparentes insignificancias de los momentos anteriores, cobren un sello definitivo luego de consumado el acto. Nisman dejó sólo instrucciones a la mucama. Esa estridente sequedad, sin embargo, está rodeada de un revólver, puertas obstruidas, cerraduras inseguras, custodias sospechables. El fiscal que dedicó la mayor parte de su vida a buscar pruebas, muere en una sordina abrumadora de pruebas. Los poderes no desean ser ambiguos, y una muerte vinculada con el profundo drama del poder se presenta envuelta en toda clase de ambigüedades.

Ese acto, el suicidio, no puede permanecer en la ambigüedad. Pero sin evidencias emanadas del propio actor de su elocuente inmolación, restarían solamente las certidumbres de una sutil premonición recreada a posteriori. Apenas se sostendría la condición suicida si fuera sólo fundada en intuiciones precisas en torno de esas actuaciones previas, sin las cuales podría sospecharse que no hubo “mano propia”, que no actuaron terceros o que no hubo una instigación que se habría producido con fatales amenazas secretas, a través de cargas infamantes, sigilosas imputaciones de importancia superior para su honor que los hechos demasiado obvios que el muerto iba a revelar. O peor: producir una muerte cuya contundente o ensordecedora autoría obedecería a un poder innominado, que deposita un cadáver como si fuera una pirámide conmemorativa en un parque, un cuerpo que cuando era portador de vida inculpaba al máximo poder público nacional. Esa muerte, sea suicidio o asesinato, ¿acaso tendría enrollado el papiro que señalaría a esa máxima autoridad como culpable?

La gravedad de este hecho reside en que esto es inverosímil en los horizontes colectivos de una democracia, pero revista una apariencia de verosimilitud sólo en enfermizas tramas conspirativas, con invisibles orquestas que dirigen el pífano de la conjura en un país. Esas tramas, si rigen, sólo es porque desean preparar el gran retroceso, el mandoble que le resta plenitud a un gobierno y retira las posibilidades a la entera sociedad. ¿Quién podría afirmar que Nisman preferiría atentar contra sí mismo (lo que indirectamente validaría con más fuerza sus papeles póstumos, notoriamente frágiles en su argumento, aunque escritos con concisa, y por qué no reiterativa, pluma jurídica), y así ese suicidio sacrificial sostendría con sangre la validez de su letra? No parecía esto más importante que una sesión de debates parlamentarios donde triunfaría una incierta atmósfera en la que dificultosamente se harían valer esas inferencias lógico-deductivas de su escrito. Eran escritos de muchos modos tan estentóreos como imprecisos, como esas llamadas telefónicas capturadas por los servicios, que parecen, algunas, propias de un trato coloquial entre personajes aleatorios, despojados de todo rigor conclusivo.

En disfavor de la tesis del suicidio figura el hecho de que Nisman podría haber confrontado tranquilamente sus papeles tan trabajosos con sus críticos gubernamentales, que sin duda exhibirían otros documentos, respecto de que no había concesiones de libre circulación de personas en cuanto a los sospechosos iraníes, ni esquemas comerciales que pasarían por encima del “contrato social argentino” por excelencia, el acuerdo sobre la primacía de los derechos humanos. Un suicidio siempre es absurdo y siempre tiene una última razón desconocida. Este último tramo misterioso de la conciencia del suicida, es decir, el suicida despojado que no deja evidencias anteriores o posteriores (que la tradición romántica, la de Werther, o la sociológica, de Durkheim, nunca ven como tal, pues tratan sobre suicidas que poseen razones claras en sí mismas), y que tiene en el dramático caso del fiscal Nisman un componente político tan condensado y de tan gravísimo tenor, que salvo pruebas periciales muy contundentes podría seguir dando pie a la discusión crucial en torno al suicidio o al asesinato, incluido el tan abarcador concepto de suicidio inducido que, sin estar en ninguna legislación, apunta hacia el máximo grado de la conmoción pública y a una sociedad presa de poderes subterráneos. Pero, ¿quién podría querer cualquiera de esas cosas, asesinato, suicidio inducido? El autor oculto, en su maniobra perversa, parecería triunfar en llevar las culpas hacia un lado de la incisión nacional ya creada por ostensibles autorías.

La culpa sería, por burda, primitivista: se agotaría la vida política y social del país. Si en lugar de estar ante un asesinado estuviéramos ante un suicida, éste, en su misterio rotundo, también encarnaría allí el turbio destino de una sociedad y la responsabilidad de quién quiera que sea: todo el debate sobre lo ocurrido en un piso de Puerto Madero se devolvería a la política real que se hace en un país, de tal modo que nos veríamos envueltos en una atmósfera de irreflexión muy penosa, y la vida pública, social, intelectual y cultural se desharía apenas intentemos, a lo mínimo, comenzar a conversar sobre ella. En la muerte de Nisman se percibe una cuestión bien conocida: se refiere a los “Servicios de Informaciones”, dudosas agencias estatales que generalmente basan su fuerza en operaciones de “falsa identidad”. Su trabajo consiste en conocer lo “indecible del otro”, y aunque generalmente se limitan a trazar catalogaciones, esquemas y arquetipos previsibles, salidos de manuales de encasillamiento escritos en lengua persecutoria, su verdadera especialidad es la de “actuar siendo otro”. Esto es, actuar bajo el nombre del adversario, o de quien se quiere destruir, o de quien, expropiándole la identidad, se le pueda adosar después una acción ajena hacia la que fueron conducidos, o actos con el significado deliberadamente inverso de aquello en que los “servicios” creen, producido por ellos mismos con el profesionalismo de una conciencia desdoblada. Esta es la clásica acción del agent provocateur: poner a luz las latencias de culpabilidad y embate que las conciencias pueden tener, pero saben contener con prudencia. El cándido poseedor de creencias varias (denuncistas, insurgentes, ideológicas) ve de pronto que ellas se prolongan en acciones que él no ha causado. Los “servicios” –la conciencia del otro– las cometen para ponerlo frente a su supuesta condición de culpable. ¿Era alguien que meditaba en su ensoñación libre sobre convulsiones y actos justicieros? Ahora tiene todo eso a su frente, en un charco de sangre. El no lo ha hecho, lo han hecho por él, le han tomado prestada su identidad, han leído su “inconsciente político”, lo ponen en situación de desmentirlo todo, pero obligándolo al mismo tiempo a desmentir sus sueños.

Son algunas de las técnicas de los servicios en todo el mundo; grandes creadores de escenas, hechiceros de la manipulación de motivaciones, de la reversibilidad de las responsabilidades y convicciones. En un famoso episodio de la cuestión policial en el siglo XIX, Marx debió comprobar en un largo escrito sobre “Herr Vogt” –ése era el nombre del informante del bonapartismo– que el agente de espionaje era el otro, no él. En El agente secreto, magnífica novela de Joseph Conrad, se ve cómo se esboza la temible idea de que todos los actos humanos son impulsados por una suerte de inteligencia aviesa para que resulten en lo contrario de lo que desean. La reflexión sobre el doble agente, la acción bajo “bandera falsa” o sus sucedáneos –el “infiltrado”, el “agente provocador”– están inscriptos bien o mal en las prácticas y el lenguaje político. En el cine y la literatura –sin mencionar a Borges, que casi toda su obra la funda en estas situaciones– es posible refrescar el tema volviendo a ver Coronel Redl, un film de los ’80 de Itzván Szabó, basado en la obra de John Osborne, A Patriot for me, donde se relata el caso del jefe de inteligencia del Imperio Austro-Húngaro, a su vez espía ruso y de otras naciones, quien es llevado al suicidio por el propio emperador.

Nuestros casos tienen algunos de estos elementos, con medios de comunicación que suelen actuar también bajo hipótesis conspirativas, esa máxima facilidad folletinesca de masas. Es que yacen en la conciencia colectiva las lenguas oscuras o esotéricas del complot. Se han escuchado en los últimos días reflexiones sobre “autoatentados”, o sobre las agencias secretas de los imperios, provocando hechos con falsas identidades. Son estos, creemos, pensamientos poco sólidos, con estructuras conspirativas que sólo expresan la comodidad explicativa de un fácil determinismo. Renovar los pensamientos políticos en los movimientos populares, sobre todo los que vienen de legados de las izquierdas, implica volver a una idea de los acontecimientos que reconozcan el libre albedrío del ser político. Y no la molicie de atribuirle la violencia mundial sólo a las agencias clandestinas de las potencias –que por cierto actúan siempre–, con lo cual apenas se logra una condena monotemática a un único agente brutal en la historia. ¿Es el Imperio que ataca a los otros y se ataca a sí mismo para poder seguir atacando a los otros? Existen las conspiraciones, desde luego: todo principio de la política contiene algo de esa forma axiomática de atar los hechos; pero el total de lo producido por la historia tiene muchas más hebras sueltas de lo que pensamos. Nisman se convirtió en el nombre de lo impensado. Asesinado o suicidado, pone a prueba toda la arquitectura política del país y nos obliga a hablar sin ser entes reproductores de la vileza reinante.

Por eso es tan necesario seguir discutiendo las peripecias trágicas que rodean la actividad y el via crucis del fiscal Nisman –con el severo respeto que requiere el tema, pues fue ingenuo atacante y víctima inopinada–, sin abandonar los indicios periciales (hasta ahora inciertos), ni dejar de examinar las lógicas que sostienen sus escritos escasamente fundados (lógicas cerradas, regidas, lamentablemente, por conjeturas conspirativas propias del idioma profesional del método hipotético deductivo de los servicios), ni dejar de considerar que para todos el lamento que el episodio produce, debe revertir en un aireamiento de las instituciones estatales. Una renovación de los estilos políticos, una explícita caución y recaudos parlamentarios sobre los Servicios de Inteligencia, y cuanto menos un impedimento categórico para sus tecnologías embozadas de cálculo y construcción de bases de datos con rutinas de ilegalidad. Y, además, una advertencia para nosotros mismos de que la política de una nación soberana posee necesariamente orientaciones geopolíticas (creemos que Nisman se equivocaba al verlas tan linealmente), pero no se deben situar por encima de las permanencias culturales de sus definiciones humanísticas más avanzadas. En vez de la oscura maestría que parece haberse adquirido ahora en las tapas de los grandes diarios para los infusos veredictos criminológicos, a propósito de este entristecedor deceso del fiscal se podría tomar una actitud serena sobre nuevos pactos entre democracia vital, sensatez argumental y crítica a todos los aspectos de la demasía de la sangre que hoy acosa a la política mundial.

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