Honduras | Al grito de “Globalizar la lucha, globalizar la esperanza” el campesinado vuelve a la escena
Honduras | Al grito de “Globalizar la lucha, globalizar la esperanza” el campesinado vuelve a la escena
En el marco de un nuevo 17 de abril, Día Internacional de la Lucha Campesina y del Abril Rojo, a lo largo y ancho de América Latina y el Caribe, las organizaciones y los territorios se movilizan para conmemorar a los caídos y a quienes, día a día, sostienen una lucha constitutiva del ser latinoamericano, la reforma agraria integral, la soberanía alimentaria, la justicia social y la autodeterminación de los pueblos.
En diálogo con Rafael Alegría, dirigente de Vía Campesina, emerge una idea central: “El 17 de abril es una fecha histórica de lucha de transformación, de unidad, de revolución en nuestro continente de América Latina y el mundo entero. Se trata de recordar con coraje, con valentía aquella triste masacre en Carajás en Brasil donde murieron 17 compañeros del movimiento sin tierra de Brasil”.
En Honduras, comenta Rafael, “como todos los años, lo conmemoramos con diferentes actividades en el mundo entero. En Honduras, el día jueves 16 a las 9 de la mañana arrancamos con una movilización campesina indígena en la capital de la República y movilizaciones en varias regiones del país. Así lo harán Centroamérica y todas las organizaciones de América Latina y el mundo”.
No se trata solo de recordar una masacre, sino de reafirmar un programa. La reforma agraria, la soberanía alimentaria, el acceso a los bienes naturales, la construcción de una democracia participativa, el comercio justo y el control popular de la ciencia, la tecnología y los recursos financieros.
Ese programa mantiene plena vigencia. Hoy, la disputa por la tierra ya no se expresa únicamente en desalojos, despojos o procesos judiciales atravesados por relaciones de poder; se manifiesta también —y de forma central— en el acceso a tecnologías, semillas, patentes, crédito, maquinaria y cadenas de distribución, así como en la dependencia de los precios internacionales. El poder que controla la tierra busca, además, controlar los insumos estratégicos de la producción y, en definitiva, del ciclo de la vida, qué se produce, quién produce, cómo se produce, cuánto cuesta y quiénes acceden a los alimentos.
La lucha campesina no se limita a un debate sectorial: es, en esencia, una discusión sobre el modelo de sociedad. El despojo de una comunidad campesina implica también el despojo de una forma de producir alimentos, de una relación con el agua, el monte, la semilla y el trabajo colectivo. Esto deja a los países cada vez más dependientes de un sistema que concentra la producción en pocas manos, extranjeriza la renta, socializa las pérdidas y encarece la vida de los pueblos.
En este sentido, la soberanía alimentaria supone que los pueblos puedan decidir qué alimentos necesitan y cómo producirlos. Implica reconocer el alimento como un bien social y un derecho humano universal, no subordinado a la lógica de las corporaciones transnacionales. Es pensar la producción para alimentar a la población y garantizar sus necesidades nutricionales y sanitarias, y no solo como una oportunidad de generación de divisas. No alcanza con producir más si eso ocurre a costa del hambre, la concentración de la tierra o el endeudamiento de quienes producen.
Rafael Alegría plantea, que “también luchamos por el tener el control además de nuestros recursos, del recurso financiero, la ciencia y la tecnología en manos de los productores, de los campesinos y los indígenas. Siguen siendo retos importantes y permanentes”. Esta definición abre un debate de época, la tecnología no es neutral cuando se concentra en pocas empresas, puede mejorar la producción, cuidar los bienes naturales y reducir esfuerzos, pero también puede convertirse en una herramienta de subordinación. La cuestión no es si utilizar tecnología, sino quién la controla y con qué objetivos.
En Honduras, en Centroamérica y en distintos puntos de América Latina, las organizaciones campesinas e indígenas vuelven a movilizarse en torno al 17 de abril. Lo hacen bajo una consigna que sintetiza una estrategia, globalizar la lucha y globalizar la esperanza. Frente a un capital que actúa a escala global, las respuestas aisladas resultan insuficientes. La defensa de la tierra exige coordinación, unidad y programa.
La masacre de Eldorado dos Carajás no fue solo un hecho trágico en Brasil, sino una advertencia sobre los límites a los que puede llegar el poder cuando los pueblos disputan la tierra. Pero también dio origen a una memoria organizada. A treinta años de aquel crimen, las organizaciones campesinas reafirman que el alimento no puede quedar en manos de quienes lo conciben únicamente como un negocio. La tierra, la semilla, el agua, la ciencia y la tecnología deben estar al servicio de los pueblos. No se recuerda para lamentar una derrota, sino para continuar y profundizar una lucha hoy más vigente que nunca.
*Rafael Alegría es dirigente histórico del movimiento campesino hondureño. Fue coordinador internacional de Vía Campesina, miembro de su Comité Coordinador Internacional (CCI), subsecretario de Agricultura y Ganadería de Honduras y diputado del Congreso Nacional.
Suplemento especial elaborado por el equipo del Centro de Estudios Agrarios, coordinado por Carolina Sturniolo, Bruno Ceschín y Fernando Rizza.
