Paraguay, disputar la tierra para defender el alimento y la vida campesina
Paraguay, disputar la tierra para defender el alimento y la vida campesina
En Paraguay, la lucha campesina no es una consigna del pasado. Es una pelea abierta por la tierra, por el alimento y por el derecho de los pueblos a decidir cómo vivir. Cada 17 de abril, el Día Internacional de las Luchas Campesinas vuelve a poner esa disputa en el centro. No se trata solo de recordar una masacre ocurrida en Brasil, se trata de mirar el presente de América Latina, donde el avance del agronegocio sigue expulsando comunidades, concentrando territorios y debilitando la soberanía alimentaria.
La fecha recuerda la Masacre de Eldorado dos Carajás, ocurrida el 17 de abril de 1996 en el estado de Pará, al norte de Brasil. Más de mil quinientos trabajadores rurales sin tierra marchaban por la carretera PA-150 cuando fueron interceptados por la Policía Militar de Pará. Veintiún campesinos fueron asesinados. Diecinueve murieron en el lugar y dos después. Tras ese crimen, durante la Segunda Conferencia Internacional de La Vía Campesina, realizada en México, se estableció el Día Internacional de las Luchas Campesinas como una jornada mundial de memoria, unidad y organización.
En ese marco, Adriano Muñoz Pérez*, integrante de la Organización Campesina del Norte y del Partido Popular de Tekojoja, plantea una definición central: en Paraguay, la reforma agraria no caducó. Sigue vigente porque el problema de fondo aún no se resuelve, la tierra continúa concentrada, y las comunidades campesinas e indígenas siguen defendiendo el territorio frente al avance del agronegocio.
Paraguay es uno de los países de América Latina donde la distribución de la tierra expresa una fractura social profunda: el 90% de la tierra está en manos del 2 o 3% de los propietarios (aproximadamente 12.000 grandes dueños). Esa concentración no es solo un dato económico, sino que ordena la vida cotidiana y define quién produce, qué se produce, para quién se produce y bajo qué condiciones. Cuando la tierra queda en pocas manos, el alimento también queda condicionado, priorizando como destino los mercados externos y no las necesidades del pueblo.
Muñoz Pérez insiste en que la reforma agraria es una condición para la soberanía alimentaria: no hay soberanía alimentaria sin tierra, no hay tierra para el campesinado si el territorio queda absorbido por el monocultivo. El futuro de las comunidades está en riesgo si el modelo productivo atenta contra la biodiversidad, la salud y las generaciones que vienen.
La disputa actual no pasa solo por la propiedad de la tierra. También pasa por el modelo de producción. El campesinado paraguayo enfrenta el avance de cultivos ligados al agronegocio, como la soja y el maíz, que ocupan territorios antes destinados a la producción de alimentos. Esa expansión transforma el paisaje, reduce la biodiversidad y empuja a las comunidades a resistir en condiciones cada vez más difíciles.
Ante ese escenario, la agroecología aparece como una respuesta política para la Organización Campesina del Norte. No es una técnica aislada ni una moda productiva. Es una forma de organizar la relación entre la tierra, el trabajo y la vida. Para las organizaciones campesinas e indígenas de Paraguay, transitar hacia un modelo agroecológico significa dejar de reproducir un sistema que daña la salud, debilita los suelos y subordina la producción a insumos externos. La agroecología también permite enfrentar la crisis climática desde el territorio, no como discurso abstracto, sino como práctica concreta en donde una producción diversificada ayuda a sostener comunidades, cuidar semillas, preservar suelos y reducir la dependencia de insumos que ofrece el mercado concentrado. En tiempos de sequías, inundaciones y cambios en los ciclos productivos, esa capacidad de resistencia se vuelve una condición de supervivencia. Según Adriano, el modelo agroecológico es el camino para alcanzar la soberanía alimentaria, un camino de resiliencia y mitigación ante el cambio climático.
En este camino, los movimientos campesinos señalan una tarea clave: fortalecer las organizaciones campesinas. Resistir en el territorio exige comunidad, base organizada y proyecto. No alcanza con producir alimentos si quienes producen están aislados. No alcanza con defender una parcela si el modelo avanza sobre regiones enteras. “Ante la hegemonía financiera y tecnológica del capitalismo, nosotros como campesinos y campesinas cada vez más tenemos que fortalecer nuestras organizaciones, nuestras bases y asumir, como históricamente hemos asumido, el rol de la producción de alimento diversificado. Es asumir esa bandera de defensa de la vida, de defensa de la biodiversidad, de defensa de los patrimonios territoriales, de defensa de la cultura campesina indígena, de seguir defendiendo la vida, de seguir produciendo alimentos diversificados, saludables para la humanidad”, plantea Adriano.
El 17 de abril, entonces, no es solo una fecha de memoria. Es una forma de nombrar una disputa continental. En Brasil, en Paraguay y en toda América Latina, la tierra sigue siendo el punto donde se cruzan la justicia social, la alimentación, la cultura campesina indígena y el futuro de los pueblos. Recordar Eldorado dos Carajás es afirmar que la vida rural no puede ser sacrificada en nombre de la rentabilidad. Defender la tierra es defender la posibilidad de producir alimentos sanos, diversos y accesibles. Es defender la vida frente a un modelo que convierte el territorio en negocio.
*Adriano Muñoz Pérez es productor agroecológico del departamento de Concepción, en la República del Paraguay, integrante de la Organización Campesina del Norte y del Partido Popular de Coyoacán.
Suplemento especial elaborado por el equipo del Centro de Estudios Agrarios, coordinado por Carolina Sturniolo, Bruno Ceschín y Fernando Rizza.
