Colombia | Reformar el campo para enfrentar el hambre y la desigualdad
Colombia | Reformar el campo para enfrentar el hambre y la desigualdad
En Colombia, la lucha campesina no es una memoria rural ni una demanda aislada, es una discusión sobre la soberanía alimentaria y la dignidad humana. Dialogamos con Ricardo Torres, tesorero del Coordinador Nacional Agrario (CNA), una asociación de campesinos y campesinas de Colombia, quienes plantean que las luchas actuales se reúnen en una consigna: Reforma Agraria Integral y Popular.
En Colombia, país ubicado en el noroeste de América del Sur, la cuestión campesina sigue siendo una herida abierta. La palabra reforma agraria suele ser tratada como una consigna antigua. Pero en Colombia conserva vigencia porque los problemas que la hicieron necesaria siguen presentes. El hambre, la desigualdad y la falta de condiciones dignas en el campo no se resuelven con discursos de mercado. Se resuelven con tierra, financiamiento, infraestructura, tecnología y organización campesina. Sin esos elementos, el productor queda atrapado entre la necesidad de producir y la imposibilidad de sostener su trabajo. Hay una pregunta en el centro: ¿qué campo necesita Colombia y quién debe decidir sobre él? No se trata solo de distribuir tierra, se trata de transformar las condiciones de producción, enfrentar el hambre y garantizar autodeterminación en los territorios.
Ricardo Torres nos comenta que el CNA “es una asociación de campesinos y campesinas de Colombia que busca las transformaciones del campo colombiano”. Y destaca que las luchas que los convocan en la actualidad “se ven recogidas en la Reforma Agraria Integral y Popular, la cual está pensada en combatir los grandes problemas de hambre que tiene el país, en la cual hemos avanzado en los territorios campesinos agroalimentarios que van pensados en la autodeterminación de los pueblos”.
El CNA plantea una salida desde los territorios campesinos agroalimentarios, esa idea contiene una definición política. El territorio no es solo un espacio físico, es una forma de vida, de producción y de decisión colectiva. Allí se juega la autodeterminación de los pueblos y se define si la tierra produce para alimentar comunidades o si queda subordinada a intereses que no responden a las necesidades populares.
El principal desafío señalado por Ricardo Torres es la tecnificación del campo: “Los principales desafíos que tenemos en el campo colombiano es que hace falta una mayor tecnificación del campo para crear condiciones dignas a los trabajadores y trabajadoras de la zona rural”. La tecnología no puede ser pensada como un lujo ni como una promesa para pocos. En las zonas rurales, la falta de herramientas, asistencia técnica e infraestructura limita la producción y deteriora las condiciones laborales. Un campo sin tecnificación exige más esfuerzo, genera menos ingresos y empuja a los jóvenes a abandonar los territorios. La dignidad rural necesita conocimiento, maquinaria, conectividad y acompañamiento productivo.
Pero la tecnología por sí sola no alcanza. También existe un problema de financiamiento. Ricardo afirma que “también hay un problema de desfinanciación. El campo está desfinanciado, es difícil acceder a créditos y cuando se acceden es impagable”. El acceso al crédito es difícil y, cuando existe, muchas veces se vuelve impagable. Esa situación produce una trampa. El campesino necesita invertir para producir mejor, pero las condiciones financieras lo endeudan. Entonces el crédito, en lugar de ser una herramienta de desarrollo, se convierte en una carga.
Pero no se quedan en la queja, sino por el contrario, señalan que “desde el CNA estamos pensando en la economía de fondos públicos, porque desde ahí se crea una bolsa común para el desarrollo de todos los sectores productivos del campo”. La idea es construir una bolsa común para el desarrollo de los sectores productivos del campo. Esa propuesta desplaza el eje. No coloca al productor solo frente al banco. Lo ubica dentro de una estrategia colectiva de financiamiento. Si la producción campesina cumple una función social, entonces el financiamiento también debe pensarse desde una lógica pública y comunitaria.
“La soberanía alimentaria sigue vigente porque el hambre sigue vigente”, con esta frase, Ricardo resume el fondo del conflicto. No alcanza con medir cuánto produce un país si una parte de su población no puede comer. No alcanza con celebrar exportaciones si los trabajadores rurales no acceden a condiciones dignas. No alcanza con hablar de crecimiento si los territorios campesinos quedan sin caminos, sin crédito y sin tecnología.
En Colombia, la Reforma Agraria Integral y Popular aparece como una respuesta a esa contradicción. No es una demanda parcial. Es una forma de ordenar el vínculo entre tierra, alimento y justicia social. Busca combatir el hambre desde la producción. Busca fortalecer la vida rural desde los territorios. Busca que el campesinado no sea tratado como mano de obra descartable, sino como sujeto político de la alimentación nacional.
El 17 de abril permite leer esa disputa en una escala continental. Colombia muestra que la lucha sigue porque las causas no fueron resueltas. La tierra, el crédito, la tecnología y el alimento forman parte de una misma pelea. Si el campo se organiza, la soberanía alimentaria deja de ser una consigna y empieza a volverse posibilidad.
Colombia necesita mirar al campesinado como parte de su futuro, no como resabio del pasado. Reformar el campo significa enfrentar el hambre con producción, la desigualdad con organización y la dependencia con autodeterminación territorial.
*Ricardo Torres, tesorero del Coordinador Nacional Agrario (CNA), asociación de campesinos y campesinas de Colombia.
Suplemento especial elaborado por el equipo del Centro de Estudios Agrarios, coordinado por Carolina Sturniolo, Bruno Ceschín y Fernando Rizza.
