Pax Silica, Súper RIGI y la subordinación en la era de la inteligencia artificial – Por Lina Merino y Alfio Finola

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Pax Silica, Súper RIGI y la subordinación en la era de la inteligencia artificial

Por Lina Merino y Alfio Finola*

La Argentina de Milei se suma a una alianza impulsada por Estados Unidos para asegurar las cadenas de suministro de la IA. Bajo el discurso de la inversión y la innovación, el país vuelve a ser ubicado como proveedor de minerales críticos, energía, infraestructura y territorio para una nueva etapa de la dependencia.

En medio de la estadía de Peter Thiel en Argentina, el gobierno de Javier Milei anunció que el país se incorporará a Pax Silica, una iniciativa liderada por Estados Unidos a través de su subsecretario de asuntos económicos Jacob Helberg, quien fuera asesor principal de director ejecutivo de Palantir Technologies Alex Karp, y uno de los encargados de la política de seguridad nacional que enfrenta a China. Es básicamente un lobbysta de Silicon Valley que hoy ocupa directamente un cargo de funcionario del gobierno de Donald Trump. Anteriormente, desplegó esta misma misión en Guyana, Panamá y Costa Rica durante el pasado mes de mayo.

La Alianza busca asegurar a Estados Unidos y su Aristocracia Financiera y Tecnológica las cadenas de suministro vinculadas con la inteligencia artificial, los semiconductores, los minerales críticos, la energía y la infraestructura tecnológica. El anuncio fue realizado por el canciller argentino Pablo Quirno a través de sus redes sociales, donde presentó la decisión como una oportunidad para consolidar al país como proveedor confiable de recursos estratégicos necesarios para la economía de la inteligencia artificial.

La noticia fue celebrada por el oficialismo como un paso hacia la modernización productiva y la llegada de inversiones. Sin embargo, la incorporación argentina a Pax Silica expresa un profundo alineamiento del país con la estrategia tecnológica de Estados Unidos en su disputa con China y la inserción subordinada de la Argentina en una nueva división internacional del trabajo.

Pax Silica fue lanzada por el Departamento de Estado de Estados Unidos en diciembre de 2025 como una plataforma de cooperación entre países considerados “aliados” o “socios confiables”. Su objetivo es ordenar una red de abastecimiento segura para las tecnologías que sostienen la inteligencia artificial: minerales críticos, tierras raras, litio, cobre, energía, semiconductores, centros de datos, infraestructura logística, manufactura avanzada, modelos de IA y sistemas de ciberseguridad.

Más que una simple alianza tecnológica, se trata de una arquitectura de seguridad económica. La inteligencia artificial aparece como el nombre visible de una disputa mucho más amplia por el control de la base material de la economía del siglo XXI. Porque la IA no flota en una nube abstracta e inmaterial. Necesita energía, agua, suelo, cables, servidores, chips, minerales, puertos, marcos regulatorios, sistemas financieros y territorios disponibles.

Ese es el núcleo de la disputa mundial que hemos caracterizado como G2, una confrontación estratégica entre corporaciones tecnológicas ancladas en Estados Unidos y China por el comando de las tecnologías, los insumos críticos, la infraestructura y las normas que ordenarán la economía planetaria en las próximas décadas. Washington busca reducir su dependencia de las cadenas dominadas por China y construir un bloque de países alineados que le permita asegurar suministros, inversiones y marcos jurídicos favorables para sus corporaciones tecnológicas, financieras y de defensa.

En ese esquema, los países no ocupan el mismo lugar. Estados Unidos lidera la iniciativa y conserva el comando político, financiero, militar y tecnológico. Japón, Corea del Sur, Países Bajos, Alemania o Reino Unido participan desde capacidades industriales y científicas vinculadas con semiconductores, litografía, hardware avanzado, materiales, manufactura de precisión o investigación aplicada. Israel aparece como actor relevante en ciberseguridad y tecnologías sensibles. Emiratos Árabes Unidos y Qatar aportan capital financiero para infraestructura y centros de datos.

La Argentina, en cambio, ingresa como proveedora de minerales críticos, energía, infraestructura territorial y condiciones regulatorias excepcionales. Es decir, no entra al núcleo de la inteligencia artificial, sino a su periferia extractiva  de minerales y recursos energéticos. No se la convoca para disputar el diseño de los modelos, la propiedad de los algoritmos, la fabricación de chips o la soberanía sobre los datos. Se la incorpora como territorio útil para abastecer a quienes sí controlan esas capas superiores de la cadena.

La adhesión a Pax Silica debe leerse en el marco del impulso oficial al Súper RIGI. Ambos movimientos forman parte de una misma estrategia. Pax Silica ordena el marco geopolítico externo. El Súper RIGI adapta el marco jurídico interno. Uno define con qué bloque se alinea la Argentina. El otro crea las condiciones legales, fiscales, cambiarias y regulatorias para que las grandes corporaciones puedan utilizar el territorio nacional con beneficios extraordinarios.

El proyecto del Súper RIGI apunta a atraer inversiones de más de 1.000 millones de dólares en sectores presentados como “nuevas industrias”: inteligencia artificial, infraestructura digital, mega centros de datos, semiconductores, biotecnología avanzada, hidrógeno, GNL, procesamiento de minerales críticos y otras actividades estratégicas. A cambio, ofrece estabilidad normativa por 30 años, reducción impositiva, beneficios aduaneros, libre disponibilidad de divisas y garantías frente a eventuales modificaciones futuras.

El Súper RIGI no exige transferencia tecnológica sustantiva, no garantiza desarrollo científico nacional, no asegura empleo local de calidad, no impone mecanismos robustos de protección ambiental, no establece una política soberana de datos y debilita la capacidad futura del Estado para revisar condiciones otorgadas al capital extranjero.

Por eso, la articulación entre Pax Silica y Súper RIGI expresa una estrategia de entrega. Bajo el lenguaje de la innovación, se diseña una infraestructura normativa para facilitar el ingreso de corporaciones tecnológicas y fondos de inversión sobre sectores decisivos. Bajo la promesa de modernización, se reproduce la vieja lógica centro-periferia. Bajo la retórica de la libertad, se restringe la capacidad soberana del país para decidir sobre sus minerales, su energía, sus datos y su territorio.

La referencia a los centros de datos permite ver con claridad esta dinámica. La inteligencia artificial requiere una capacidad de cómputo gigantesca. Los grandes modelos demandan servidores, chips especializados, redes de alta velocidad, refrigeración, agua y volúmenes crecientes de electricidad. Por eso, las empresas tecnológicas ya no buscan solamente programadores o mercados de usuarios. Buscan territorios con energía abundante a bajo precio, regulaciones flexibles, incentivos fiscales, estabilidad jurídica y gobiernos dispuestos a garantizar condiciones excepcionales.

La Argentina aparece en ese mapa como una plataforma posible. Vaca Muerta, la Patagonia, el litio del NOA, el cobre cordillerano, el sistema científico desfinanciado pero todavía existente, la infraestructura energética y la desregulación acelerada se combinan para ofrecer al capital extranjero un espacio atractivo. Pero esa atracción puede tomar la forma de un nuevo enclave: alto consumo de recursos, bajo control estatal, limitada agregación de valor, escasa creación de empleo permanente, pasivos ambientales y captura externa de los beneficios tecnológicos.

Los mega centros de datos son un ejemplo privilegiado de esta nueva economía de enclave. Pueden implicar inversiones millonarias, pero también demandan enormes cantidades de energía y agua, importan equipamiento altamente especializado, requieren pocos trabajadores una vez finalizada la etapa de construcción y suelen integrarse a cadenas de valor controladas desde el exterior. Si no existe una estrategia nacional de regulación, planificación energética, protección ambiental, soberanía de datos y desarrollo tecnológico, el resultado puede ser una infraestructura crítica instalada en el país pero funcional a intereses ajenos.

En ese punto, la presencia de actores del complejo tecnológico, financiero y de defensa de Estados Unidos en la Argentina no es un dato anecdótico. Las reuniones del Gobierno con figuras vinculadas a Silicon Valley, macrodatos, inteligencia artificial, vigilancia, seguridad y defensa permiten observar el tipo de inserción que se está configurando. 

Pax Silica habla de “socios confiables”. Pero en la gramática de Washington esa confianza supone alineamiento estratégico, aceptar una arquitectura de seguridad económica definida por ellos mismos,  integrarse a una red que busca limitar la influencia china y reorganizar las cadenas de suministro bajo conducción norteamericana. Para los países periféricos, el riesgo es quedar atrapados en una disputa entre potencias sin construir una estrategia propia.

La alternativa tampoco es el aislamiento tecnológico, es la soberanía. Una política nacional de inteligencia artificial debería partir de preguntas como qué datos se consideran estratégicos, qué infraestructuras deben estar bajo control público o mixto, qué límites ambientales tendrán los centros de datos, qué porcentaje de energía podrá destinarse a cómputo privado, qué participación tendrán las universidades y el sistema científico, qué capacidades industriales se desarrollarán localmente, qué condiciones de transferencia tecnológica se exigirán y qué mecanismos democráticos controlarán el uso de estas herramientas. Qué respuestas a las demandas y necesidades de las comunidades puede brindar.

América Latina y el Caribe necesita discutir una agenda común sobre minerales críticos, datos, energía, infraestructura, conectividad, regulación de plataformas, inteligencia artificial, ciencia pública y defensa de la soberanía tecnológica. De lo contrario, cada país será incorporado de manera fragmentada a las cadenas de valor de las grandes potencias.

Pax Silica marca una nueva etapa de la disputa mundial. La geopolítica del petróleo no desaparece, pero se articula con la geopolítica del silicio, del litio, del cobre, de los datos, de la energía para cómputo y de los centros de procesamiento. La inteligencia artificial se convierte en el nombre tecnológico de una vieja disputa histórica: quién controla las fuerzas productivas centrales de una época.

En ese escenario, el gobierno argentino parece elegir el lugar más bajo y dependiente. La promesa es entrar al futuro pero la política exterior plantea hacerlo por la puerta de servicio, dejando grandes excluidos.

La adhesión a Pax Silica y el impulso del Súper RIGI son piezas de una misma estrategia de alineamiento geopolítico, desregulación económica y entrega de recursos estratégicos. Bajo la retórica de la modernización, el gobierno consolida una nueva dependencia. Bajo el nombre de inteligencia artificial, organiza una forma renovada de subordinación territorial, tecnológica y política. Subordinación internacional que seguramente viene con disciplinamiento social y uso de tecnologías digitales, desarrolladas en el extranjero, para ello.

 

*Lina Merino es Lic. en Biotecnología y Biología Molecular, Dra. en Ciencias Biológicas (UNLP), diplomada en género y gestión institucional (UNDEF), Profesora (UNAHUR), investigadora (CICPBA); Alfio Finola es Geógrafo (UNRC), Dr. en Cs Sociales. Ambos son miembros del OECYT y analistas de NODAL.

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