Argentina | La próxima cita del Encuentro Plurinacional de Mujeres y diversidades será en CABA 

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La próxima cita del Encuentro Plurinacional de Mujeres y diversidades será en CABA 

Córdoba volvió a ser territorio de encuentro, debate y organización feminista. Durante tres días, el 39° Encuentro Plurinacional de Mujeres, Lesbianas, Travestis, Trans, Bisexuales, Intersexuales y No Binaries reunió a más de 150 mil personas  de distintos puntos del país y de la región, en una experiencia colectiva que desbordó las agendas institucionales y volvió a poner en el centro las preguntas urgentes de esta etapa: cómo enfrentar las violencias, cómo defender los derechos conquistados, cómo sostener la vida en un contexto de ajuste y cómo construir una fuerza popular capaz de disputar el presente. 

La próxima sede será la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (CABA). La decisión abre una nueva etapa para un movimiento que, desde hace cuatro décadas, recorre el territorio argentino y construye un espacio propio de debate, memoria y organización.

“La defensa del federalismo no es contradictoria con el reconocimiento del carácter estratégico de la ciudad de Buenos Aires como terreno de disputa con impacto nacional” afirma el documento leído por las próximas anfitrionas del Encuentro, antes de someter la decisión al “aplausómetro” durante el acto de clausura. 

“Sede de los tres poderes, foco mediático incrementado desde el cierre de Télam, consideramos que ser sede del Encuentro 2027 es clave para mostrar movilización feminista y transfeminista en el medio de la campaña electoral, contra la naturalización de la crueldad y el traspaso sin metáforas de los recursos del pueblo a manos de los capitales concentrados. Contra la Corte Suprema, donde se garantizan los atropellos y la criminalización y persecución creciente de la lucha política y social. Contra la destrucción de prácticamente todas las políticas de cuidado que, aún insuficientes, tendían a proteger la autonomía de nuestros cuerpos y proyectos de vida. Para visibilizar nuestras agendas, que son todas las agendas, para mostrarnos como actorxs políticxs con un acumulado histórico sobre nuestras espaldas”, agrega.

El Encuentro no es una postal de unidad ni una celebración aislada de las luchas históricas. Es un proceso político que se actualiza en cada territorio, con sus acuerdos, diferencias y tensiones. Los talleres, las asambleas, las intervenciones callejeras y las marchas son parte de una construcción colectiva que permite poner en común experiencias que muchas veces permanecen dispersas, relegadas o silenciadas. En Córdoba, esa trama volvió a enlazar las violencias machistas con las condiciones materiales de existencia, la precarización laboral, el endeudamiento, los derechos sexuales y reproductivos, la persecución política y las luchas de los pueblos frente al avance de proyectos autoritarios.

La agenda de las jornadas mostró que las demandas feministas no pueden separarse de las disputas económicas, sociales y geopolíticas de nuestro tiempo. El debate sobre los derechos conquistados convive con la preocupación por su sostenimiento; las denuncias de las violencias se enlazan con la discusión sobre las responsabilidades estatales; las experiencias territoriales dialogan con las luchas sindicales y las resistencias internacionalistas. Allí reside una de las potencias del Encuentro, en su capacidad de reunir reclamos que suelen aparecer fragmentados y reconocer que las desigualdades que atraviesan a mujeres y diversidades no son fenómenos individuales, sino parte de una organización social que distribuye de manera desigual la riqueza, el tiempo, los cuidados y las posibilidades de vivir sin violencia.

La deportación de Nekane Txapartegi, periodista y activista feminista vasca, coordinadora del medio suizo RADIA, a quien el Gobierno argentino le impidió ingresar al país cuando viajaba para participar del Encuentro, también formó parte de las denuncias que atravesaron estas jornadas.  El episodio generó repudios de organizaciones de prensa y colectivos feministas, que reclamaron explicaciones públicas y denunciaron un ataque a la libertad de expresión y a la participación política internacional. 

Los talleres fueron, una vez más, el corazón del Encuentro. En ellos se discutieron experiencias, se compartieron herramientas y se elaboraron diagnósticos desde distintas realidades territoriales. Lejos de una voz única, el Encuentro sostiene una dinámica en la que las diferencias políticas y organizativas forman parte de la discusión colectiva. Esa pluralidad no elimina las tensiones, las vuelve visibles y permite procesarlas en un espacio donde las conclusiones se construyen desde abajo, con la participación de quienes protagonizan las luchas.

Las calles de Córdoba condensaron buena parte de esa diversidad. La marcha contra los travesticidios, transfemicidios y transhomicidios y el pañuelazo por el aborto legal, seguro y gratuito, volvieron a enlazar dos dimensiones inseparables de la agenda transfeminista: el derecho a vivir y el derecho a decidir sobre los propios cuerpos. Frente a los discursos de odio, la estigmatización de las identidades disidentes y los intentos de retroceder sobre derechos conquistados, la presencia colectiva en el espacio público reafirmó que ninguna conquista se sostiene por inercia y que la ampliación de derechos requiere organización social. El pañuelo verde volvió a ser una marca de identidad política y memoria colectiva. La legalización del aborto fue una conquista histórica de la movilización feminista, pero su existencia legal no resuelve por sí sola las desigualdades que condicionan el acceso efectivo a los derechos sexuales y reproductivos. 

La solidaridad internacionalista tuvo su propia expresión en el kufiyazo, una intervención que enlazó la agenda feminista con la denuncia del genocidio contra el pueblo palestino y la defensa de su derecho a existir, vivir en su territorio y decidir su futuro. La kufiya, símbolo de resistencia e identidad palestina, se hizo presente en las calles de Córdoba como expresión de apoyo a un pueblo sometido a la violencia de la ocupación y a la devastación de sus condiciones de vida.

La demanda por la libertad de Cristina Fernández de Kirchner también tuvo un lugar central en las jornadas. A la vera del río Suquía, organizaciones sociales, políticas y sindicales protagonizaron la convocatoria “Plaza Kristina Libre”, donde denunciaron la proscripción de la expresidenta, reclamaron justicia por el intento de magnicidio y advirtieron sobre las consecuencias de la persecución política para la democracia. En ese marco, volvió a escucharse también la exigencia de libertad para Milagro Sala, presa política desde 2016. Ambos reclamos pusieron en discusión el uso del aparato judicial como herramienta de disciplinamiento y la persistencia de mecanismos que buscan excluir de la vida política a referentes populares. La consigna “Cristina libre” se enlazó así con una demanda más amplia de justicia, democracia y soberanía popular, en un Encuentro donde las luchas feministas también disputan quiénes pueden ejercer el poder y qué proyectos políticos tienen derecho a construir futuro.

La marcha central dejó una imagen que sintetizó la hostilidad del poder político frente a la movilización popular. Mientras más de 150.000 mujeres y diversidades recorrían las calles de Córdoba para exigir justicia, defender derechos y denunciar las violencias, el gobierno provincial apagó las luces de la ciudad. No se trató de un detalle logístico ni de un episodio menor, sino de una señal política que interpela directamente a las autoridades provinciales y a su responsabilidad de garantizar la seguridad y la participación democrática. Sin embargo, la oscuridad no logró silenciar la marcha ni borrar sus consignas. Las calles siguieron siendo territorio de organización, resistencia y encuentro.

La escena expuso la contradicción entre los discursos institucionales que invocan la convivencia democrática y las prácticas que obstaculizan la expresión colectiva cuando el pueblo ocupa el espacio público para reclamar. El derecho a la protesta no puede quedar sujeto a la voluntad de un gobierno ni convertirse en una concesión de las autoridades: es una garantía democrática que debe ser respetada y protegida. Frente a cualquier intento de invisibilizar, intimidar o desmovilizar, los feminismos volvieron a demostrar que la organización colectiva no se construye bajo la autorización del poder, sino desde la decisión política de encontrarse, levantar la voz y disputar un presente más justo.

El episodio no puede leerse de manera aislada del escenario nacional y regional. En la Argentina de Javier Milei, el ajuste económico, el desmantelamiento de políticas públicas, el ataque a las organizaciones sociales y la ofensiva contra los derechos de mujeres y diversidades forman parte de una reconfiguración regresiva del Estado y de las condiciones de vida de las mayorías. Sus consecuencias no se distribuyen de manera igualitaria, recaen con particular intensidad sobre quienes sostienen las tareas de cuidado, habitan empleos precarizados y construyen redes comunitarias para enfrentar la pobreza y las violencias. Frente a un modelo que individualiza la supervivencia y convierte derechos en privilegios, los feminismos populares sostienen una respuesta colectiva: organizan la solidaridad, defienden lo conquistado y construyen herramientas para disputar las condiciones materiales de existencia.

La elección de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires como próxima sede adquiere, en este escenario, una relevancia particular. En 2027, el Encuentro llegará al centro político e institucional del país, donde se concentran las principales disputas nacionales, sin abandonar el carácter federal que constituye su identidad. 

La capital será el escenario de una nueva convocatoria para poner en discusión el rumbo económico, la responsabilidad del Estado frente a las violencias, la defensa de los derechos conquistados y las condiciones de vida de las mayorías populares. El desafío será sostener una construcción autogestiva, plural y colectiva, capaz de reunir las experiencias de todo el territorio y convertirlas en una fuerza política que trascienda los días del Encuentro.

Córdoba deja una imagen que no debe pasar inadvertida: miles de mujeres y diversidades marchando mientras la ciudad quedaba a oscuras, con sus consignas, sus pañuelos verdes, sus kufiyas y sus reclamos de justicia. Allí confluyeron la lucha contra las violencias machistas, la defensa de los derechos sexuales y reproductivos, la solidaridad con Palestina, la exigencia de libertad para las presas y los presos políticos y la denuncia de una deuda económica y social que sigue pesando sobre las mayorías. No son demandas aisladas, expresan una disputa por quiénes tienen derecho a vivir dignamente, decidir sobre sus cuerpos, habitar sus territorios y construir su futuro.

Frente a un proyecto que busca desarticular los lazos colectivos y presentar la resignación como único horizonte posible, los feminismos populares sostienen otra perspectiva, la de una sociedad organizada alrededor de la justicia social, la autonomía, la igualdad y la solidaridad entre los pueblos. Las luces de una ciudad pueden apagarse por decisión de un gobierno; la fuerza política de un movimiento que construye memoria, comunidad y organización no se extingue con ellas.

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