Campañas y guerra contra Cuba – Por Magda Arias
Campañas y guerra contra Cuba
Por Magda Arias*
La operación político-comunicacional contra Cuba del gobierno de Washington, apoyada por los operadores políticos, las redes sociales y los medios hegemónicos, se encuentra especialmente activa después de que, contrario a lo que esperaban, la masividad de las movilizaciones por el 1 de mayo los sorprendiera y el The New York Times percibiera en ese acto un “desafío” a los Estados Unidos.
Con su activismo digital, los soldados de la guerra no convencional contra Cuba trabajan activamente en función de viralizar narrativas no verificables o demostradamente falsas para garantizar la desinformación estratégica, sembrar dudas, infundir miedo, desmovilizar, culpar al gobierno cubano por la actual situación, forzar al pueblo a que lo rechace y que sea el mismo pueblo el que pida el derrocamiento y la invasión militar.
Este accionar malvado se distingue por su articulación; por carecer de convenciones éticas, por producir contenidos enfocados en el conflicto y por la viralización de mensajes a través del alineamiento de las empresas mediáticas, de algoritmos, bots, influencers y otros mecanismos. De ese modo, buscan establecer como sentido común una narrativa que concite atención, genere consenso o impulsos políticos como reflejos condicionados, naturalizando lo excepcional en la opinión pública interna y fuera de la isla, a fin de que los públlicos, los pueblos, el pueblo cubano acepte sin cuestionarse futuras narraciones, declaraciones y/o acciones.
Su misión es lograr “la afirmación de un ideal, de una justificación disfrazada” que, de hecho, legitime y persuada a los seres humanos de algo que no existe en realidad, como plantea Charles Wright, en La élite del poder.
Esta arquitectura narrativa se utiliza hoy para reforzar la llamada “amenaza inusual y extraordinaria” del gobierno de Cuba para la Seguridad Nacional y la Política Exterior de Estados Unidos e instala una crisis en la isla -la que ellos han creado con su bloqueo, hoy recrudecido-, que derivará en colapso -dizque por incapacidad del gobierno- y por tanto, la necesidad de una transición y de una intervención estadounidense, que presentan como probable y admisible.
Como conocen la decisión del pueblo de Cuba de defender el proyecto social socialista y que desde dentro no han podido alcanzar el objetivo de acabar con la Revolución, utilizan a sus huestes políticas y diplomáticas más reaccionarias para incidir en la percepción internacional respecto a sus fallidas políticas y decisiones.
El empleo de estratagemas es de larga data en la historia estadounidense y Cuba las ha conocido bien. Existen numerosas evidencias del invariable egoísmo, frecuentes torpezas, maldades y desprecios de los Estados Unidos respecto a Cuba, exacerbados, por “sus hábitos, sus petulancias, su sequedad fría y desdeñosa, su absorbente imperialismo” como señalara Fernando Ortíz en Los factores humanos de la cubanidad.
En su interés por apropiarse de la isla por más de dos siglos, han hecho de todo: intentos de compra y anexión, intervención armada y ocupación militar, imposición de la Enmienda Platt como apéndice a la Constitución, instalación de una base militar, establecimiento y sostenimiento de sangrientos regímenes dictatoriales, adopción de medidas coercitivas unilaterales, bloqueo naval, realización de sabotajes, introducción de plagas y enfermedades, organización de atentados contra los principales dirigentes, ejecución de acciones terroristas, aislamiento político internacional y regional, ruptura de relaciones diplomáticas, creación y apoyo a bandas armadas, transmisiones radiales y televisivas ilegales, ejecución de programas subversivos de “cambio de régimen”, recrudecimiento del bloqueo económico, comercial y financiero, leyes, resoluciones, hasta desembocar en la Orden Ejecutiva firmada el 1 de mayo de este año titulada, “Imposición de acciones a los responsables de la represión en Cuba y de las amenazas a la Seguridad Nacional y la Política Exterior de los Estados Unidos”.
En un mundo en el que se ha aprendido a practicar una libertad sin límites en las formas y sin consideración del otro, esta operación aprovecha la fuerza expresiva del discurso como instrumento de un poder hegemónico cuyo destino es prevalecer sobre los demás, controlar recursos, perdurar como potencia imperial y perpetuarse con un discurso egocéntrico, omnipresente, omnisciente y que parece real. Solo que EE.UU. es hoy un imperio decadente, cuyo poder va en declive en un mundo que se abre a la multipolaridad.
Los políticos estadounidenses han actuado como cínicos bandoleros y embaucadores. Han escalado en las esferas de poder defalcando a los contribuyentes, de cuyos bolsillos han financiado históricamente las acciones subversivas contra la Isla. Solo entre 1996 y el 2021, el Congreso norteamericano aprobó unos 404 millones de dólares (Sullivan, Cuba: U.S. Policy in the 116th Congress, 2019) ejecutados por el Departamento de Estado, la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID, por sus siglas en inglés) y la Fundación Nacional para la Democracia (NED, por sus siglas en inglés). A la cifra anterior se añaden cerca de 945 millones de dólares (Sullivan, Cuba: U.S. Policy in the 116th Congress and Through the Trump Administration, 2021) destinados a las transmisiones de Radio y TV Martí. En resumen, y sin considerar otras partidas de carácter secreto que operan el Pentágono, la CIA y otras agencias de aplicación de la ley, durante los 35 años analizados, se invirtieron unos 1 349 millones de dólares para destruir a la Revolución Cubana por hambre, desesperación y fomentar descontento que erosione el apoyo interno al proyecto político cubano.
Hoy las consecuencias de las acciones imperiales en la vida cotidiana de los cubanos son amplias. La severidad de las restricciones y carencias se manifiestan en todos los sectores de la economía y la vida, y dejan graves secuelas en el bienestar humano. Sus efectos son paliados mediante la actuación coordinada y centrada en los seres humanos y las familias del gobierno, las organizaciones e instituciones, las comunidades, las familias, así como la solidaridad internacional.
Es grave negarle a un país, por más de 65 años, los medios de sustento, el acceso al comercio, a financiamientos, a recursos, a tecnologías, a conocimiento. Es muy grave la intención de desinformar, desorientar, desgastar, cansar, desmoralizar y destruir la cultura, la historia y la identidad de una Nación. Es gravísimo pretender desmovilizar a un pueblo para atacarlo por sorpresa, desarmarlo y someterlo. Pero el pueblo y el Gobierno cubano están preparados, se mantienen firmes y abiertos a un diálogo sin presión, sobre la base del respeto y la igualdad, que excluye toda discusión inherente al sistema político, económico y social cubano, que sí ofrece discutir sobre numerosos temas de interés común entre dos países vecinos, y que rechaza cualquier manipulación, por eso, no hay espacio para una transición que desconozca o destruya el legado de tantos años de lucha.
Cuba condena y rechaza tanta retórica agresiva y amenazante que inunda nuestros sentidos, y denuncia las acciones desestabilizadoras y belicistas que pretenden destruir la obra de justicia social y humanismo de la Revolución. Al mismo tiempo, Cuba exige respeto al derecho a construir el tipo de sociedad elegido por su pueblo, que se ponga fin a la guerra económica y a las fallidas políticas agresivas del gobierno de Estados Unidos que hoy extienden sus tentáculos de forma extraterritorial.
En abril del 2018, Miguel Díaz Canel, presidente del Consejo de Estado y de Ministros insiste en que no es posible desconocer o destruir el legado de tantos años de lucha y que “por decisión del pueblo, solo cabe darle continuidad a la Revolución y a la generación fundadora, sin ceder ante las presiones, sin miedo y sin retrocesos, defendiendo nuestras verdades y razones, sin renunciar a la soberanía e independencia, a los programas de desarrollo y a nuestros sueños”.
Cuba no desea la guerra. Su pueblo desea trabajar y vivir en paz para desplegar sus capacidades, talento y fuerza en beneficio propio y de todos los que lo necesiten. Los cubanos sabemos que en esos empeños no estamos solos. La solidaridad que hoy recibimos nos demuestra que no fue en vano la elección de la humanidad como Patria.
*Magda Arias es Doctora en Ciencias Económicas. Profesora Titular. Centro de Estudios de Técnicas de Dirección (CETED), Universidad de La Habana.
Referencias
Sullivan, M. (29 de 03 de 2019). Cuba: U.S. Policy in the 116th Congress. Obtenido de fas.org: https://fas.org/sgp/crs/row/R45657.pdf
Sullivan, M. (22 de 01 de 2021). Cuba: U.S. Policy in the 116th Congress and Through the Trump Administration. Obtenido de sgp.fas.org: https://sgp.fas.org/crs/row/R45657.pdf
