El mito del «empleo vigoroso» en el Perú real
El mito del «empleo vigoroso» en el Perú real
Alejandro Narváez Liceras
Perú exhibe cifras macroeconómicas relativamente estables, pero esa estabilidad no se traduce en bienestar para la mayoría. El país puede crecer, acumular reservas, mantener baja inflación y mostrar disciplina fiscal; sin embargo, si millones de peruanos siguen trabajando sin derechos, con bajos ingresos y sin protección social, el supuesto éxito económico es más aparente que real.
El problema de fondo no es solo cuánto crece la economía, sino cómo crece y a quién beneficia. La economía peruana continúa apoyándose en sectores primarios —minería, hidrocarburos y algunas exportaciones— que elevan el PBI y la recaudación, pero generan muy poco empleo directo.
Dos preguntas inevitables: ¿de qué sirve celebrar la estabilidad macroeconómica si la mayoría de trabajadores permanece fuera de la formalidad y una parte importante de la población trabaja solo para sobrevivir? ¿de qué empleo vigoroso habla Julio Velarde jefe del BCRP cuando la informalidad laboral asfixia a millones de trabajadores peruanos? En este artículo pretendo desarrollar precisamente esa contradicción entre crecimiento, desempleo e informalidad laboral.
Más ocupación no significa mejor empleo
Según el INEI, en 2025 la población ocupada del país creció 1.5% y llegó a 17.6 millones de personas. A primera vista, el dato parece positivo. Pero una lectura más rigurosa obliga a mirar la calidad del empleo. Una persona puede aparecer como ocupada, aunque trabaje pocas horas, no tenga contrato, carezca de seguro, no aporte a una pensión o reciba ingresos insuficientes para cubrir una canasta básica familiar.
Ese es el drama peruano: no se trata únicamente de no tener empleo, sino de trabajar y continuar siendo pobre. El vendedor ambulante, el mototaxista, el trabajador eventual, los jóvenes que encadenan servicios por horas o el pequeño agricultor familiar aparecen en la estadística como ocupados. Sin embargo, en la vida real carecen de estabilidad, protección social y futuro previsional.
En 2025, la tasa de desempleo nacional fue 4.9%, pero esa cifra no debe llevarnos a conclusiones complacientes. En el Perú, muchas personas no pueden darse el lujo de estar desempleadas. Ante la falta de empleo formal, crean su propio puesto de subsistencia, aceptan trabajos precarios o ingresan a actividades informales de baja productividad. Por eso, el desempleo abierto que publica el INEI no revela la verdadera magnitud del problema laboral.
Informalidad: el resto real del mercado laboral
La informalidad laboral es la expresión más cruda del fracaso del modelo económico peruano. Entre abril de 2025 y marzo de 2026, cerca de siete de cada diez trabajadores ocupados se encontraban en condición de informal. Esto significa que millones de peruanos trabajan sin contrato adecuado, sin seguridad social, sin pensión efectiva y sin mecanismos reales de protección frente a una enfermedad, vejez o despido.
Reducir la informalidad a un problema de trámites, costos laborales o rigidez normativa es una explicación incompleta. La raíz es más profunda: gran parte de las unidades económicas opera con baja productividad, poco capital, tecnología limitada y obsoleta, escaso acceso al crédito y mercados reducidos. No se formaliza una empresa únicamente reduciendo papeles y burocracia. La formalización exige productividad, financiamiento, capacitación, acceso a mercados y confianza en el Estado.
El Perú tiene una economía dual: un sector moderno, exportador y relativamente productivo convive con millones de trabajadores y pequeños negocios de subsistencia. Esa fractura explica por qué el PBI puede crecer sin transforma r la vida cotidiana de la mayoría. El crecimiento llega a las cifras macro, pero no necesariamente al bolsillo de los trabajadores.
Crecer al 3% no alcanza
El Banco Central de Reserva proyectó para 2026 un crecimiento del PBI de 3.2%. Esa tasa puede evitar una recesión, sostener ciertos equilibrios macroeconómicos y mantener expectativas razonables, pero es insuficiente para absorber la oferta laboral y reducir la precariedad. También es cierto, que el crecimiento económico por sí solo no garantiza el bienestar social si no se acompaña de una transformación estructural y distributiva.
El Perú necesita crear empleo formal neto en una magnitud mucho mayor a la actual. Cada año ingresan o retornan al mercado laboral jóvenes y adultos que necesitan trabajar. Además, existe un stock acumulado de desempleados, subempleados e informales que no puede ser ignorados. Para absorber nuevas incorporaciones y reducir progresivamente la precariedad, el país tendría que crecer de manera sostenida alrededor de 5.5% a 6% anual, pero cambiando su matriz productiva.
No basta crecer más; hay que crecer mejor. Una expansión basada casi exclusivamente en sectores extractivos puede mejorar exportaciones, utilidades empresariales y recaudación, pero no garantiza empleo suficiente. En cambio, construcción, agroindustria, manufactura, turismo, servicios empresariales, y economía digital tienen mayor capacidad de generar puestos de trabajo directos e indirectos.
El problema peruano no es la estabilidad macroeconómica en sí misma. El problema es creer ingenuamente que la estabilidad basta. Una economía puede estar ordenada en sus cuentas y, al mismo tiempo, ser socialmente injusta, productivamente débil y laboralmente precaria.
2026: señales poitivas, estructura frágil
En el primer trimestre de 2026, la población ocupada aumentó 1.3% respecto al mismo periodo del año anterior. Construcción, comercio y servicios explicaron buena parte de ese avance. También se observó un aumento del ingreso promedio laboral entre abril de 2025 y marzo de 2026. Son señales que no deben desconocerse.
El crecimiento de la ocupación no equivale automáticamente a empleo formal, productivo y bien remunerado. Además, el desempleo afecta con mayor severidad a mujeres y jóvenes, y también golpea a personas con educación superior, lo que revela una desconexión preocupante entre la academia y el mercado laboral.
Qué hacer
El Perú necesita una política nacional de empleo productivo. No se trata de rechazar la minería ni las exportaciones, sino de usar sus excedentes para diversificar la economía y promover una nueva matriz productiva.
Primero, se requiere un “programa sostenido de infraestructura” (carreteras, puertos, irrigación, vivienda, agua, saneamiento, hospitales y escuelas). Estas inversiones generan empleo inmediato y elevan la productividad futura. No obstante, este programa requiere reformas profundas en la gestión pública, para combatir la corrupción.
Segundo, debe impulsarse una estrategia de desarrollo productivo regional. La agroindustria, manufactura ligera, pesca para consumo humano, industria forestal, turismo, economía digital y servicios modernos pueden crear empleo descentralizado si reciben financiamiento, tecnología, asistencia técnica y acceso a mercados.
Tercero, las micro y pequeñas empresas necesitan una ruta de formalización gradual. La formalidad debe ofrecer beneficios visibles: crédito más barato, compras públicas, capacitación, protección social flexible y simplificación tributaria real. Formalizar no puede significar únicamente imponer obligaciones a negocios que apenas sobreviven.
Cuarto, la educación técnica debe vincularse con las necesidades productivas de cada región. El país requiere técnicos, especialistas digitales, operarios calificados, gestores logísticos, trabajadores agroindustriales y profesionales capaces de integrarse a las cadenas de valor.
Quinto, rediseño de las métricas estatales para medir la calidad del empleo y no solo la ocupación cuantitativa. Hay que saber cuánto ganan, cuántas horas trabajan, si tienen contrato, seguro, pensión, estabilidad y posibilidades de progreso.
Conclusión
El crecimiento del mercado laboral peruano es mediocre y mantiene una falla estructural: crece poco, genera empleo insuficiente y tolera una informalidad masiva. La estabilidad macroeconómica es necesaria, pero no suficiente. Sin transformación productiva, el crecimiento seguirá siendo débil, concentrado y socialmente excluyente.
El verdadero éxito económico no consiste en que las personas hagan cualquier cosa para subsistir. Consiste en construir una economía donde trabajar permita vivir con dignidad. Para lograrlo, el Perú necesita crecer más, pero, sobre todo, derechos laborales y oportunidades reales para quienes hoy sostienen el país desde la precariedad. Son los desafíos que debe asumir el nuevo gobierno.
