Cien años de Fidel Castro: El trabajo hizo al hombre, el capital lo convirtió en bestia – Por Diego Lorca
Cien años de Fidel Castro: El trabajo hizo al hombre, el capital lo convirtió en bestia
Por Diego Lorca*
Fidel Castro Ruz nació el 13 de agosto de 1926 en Birán, entonces provincia de Oriente, hijo de un terrateniente cañero. Estudió derecho y junto a otros jóvenes revolucionarios llevó adelante el asalto al cuartel Moncada en julio de 1953, pasó por la cárcel y el exilio, desembarcó con el Granma en diciembre de 1956 y entró en La Habana el 1º de enero de 1959. Gobernó Cuba casi medio siglo y paso a la eternidad el 25 de noviembre de 2016. Su pensamiento se apoyó en el antiimperialismo, el internacionalismo y la educación como palanca de todo lo demás, más una advertencia sobre el propio marxismo, que las ideas no se copian de un manual, «copiar en la Revolución es como copiar en un examen».
Esta nota recorre una de esas ideas, la más trabajada por él y por el pueblo cubano en los primeros años del proceso, el trabajo como actividad central del ser humano. No como castigo ni como simple modo de ganarse el pan, sino como aquello que hace al hombre lo que es. Para ubicarla conviene ponerla en relación a las categorías que Karl Marx desarrolló un siglo antes sobre trabajo asalariado, explotadores y explotados.
La formulación de Fidel está en el Teatro de la CTC-R, La Habana, el 6 de marzo de 1964, al clausurar el Primer Encuentro Nacional de Emulación donde afirmó que «no fue el hombre el que creó el trabajo, fue el trabajo quien creó al hombre». Marx lo había fundamentado con un ejemplo que cualquiera entiende. Una araña teje. Una abeja construye panales que dejarían mal parado a más de un albañil. Pero «lo que distingue desde un comienzo al peor maestro de obras de la mejor abeja es que, antes de construir un panal de cera, lo hace en su cabeza». El trabajador imagina el resultado y después lo fabrica. De ahí que Marx defina el trabajo como «un proceso entre el hombre y la naturaleza» en el que el hombre, al transformar el mundo, «modifica a la par su propia naturaleza» humana. El que trabaja se produce a sí mismo mientras produce las cosas.
Si eso es cierto, hay un problema, porque en el capitalismo mientras más se trabaja menos humanidad se produce. Esto sucede porque mientras una parte de la jornada alcanza para que el obrero produzca lo que le pagan como salario, y a esa parte la llamó trabajo necesario. Lo que trabaja después no le vuelve, se lo queda otro, y ese excedente «le sonríe al capitalista con todo el encanto de algo surgido de la nada». En el capítulo IV había dejado la imagen más clara del libro. Mientras se firma el contrato todos son libres e iguales, es «un edén de los derechos innatos del hombre». Después se cruza la puerta del taller, donde dice «prohibida la entrada salvo por negocios», y el patrón camina adelante sonriendo mientras el obrero lo sigue «como quien llevó al mercado su propia piel».
Fidel llegó a lo mismo sin escribir una fórmula, describiendo lo que había visto. En Santa Clara, provincia de Las Villas, el 24 de julio de 1965, frente a cinco mil macheteros, recordó el campo cubano de antes del 59. Cientos de miles de hombres sin trabajo. Ocho meses al año sin nada que cortar, lo que allá llamaban el tiempo muerto, y que él resumió así: «el tiempo muerto era el terror». Los que cortaban vivían «en la miseria, viviendo en barracones, en las peores condiciones de vida». Y cuando bajaba el precio internacional del azúcar, los dueños acordaban producir menos para sostenerlo. ¿Quién pagaba? «Se reventaban los obreros.» El patrón ganaba igual.
De dónde salían las fortunas lo respondió el 1º de mayo de 1966, en la Plaza de la Revolución, nadie junta millones con sus propios brazos, y los millonarios de antes «eran precisamente aquellos que no trabajaban y que hacían trabajar a los demás para ellos». En Santa Clara fue más directo, esas fortunas se hicieron «arrebatándoles a cientos y a miles de obreros una parte considerable del fruto de su trabajo». Es la teoría del plusvalor dicha en el idioma de una plaza.
Qué significaba eso en una vida concreta quedó registrado en Varadero, Matanzas, el 16 de julio de 1962, cuando los obreros premiados de la zafra veranearon por primera vez en la playa donde antes solo entraban los ricos. Fidel repitió lo que le dijeron. Uno tenía 72 años y contó que ese era el momento más emocionante de su vida, después de medio siglo trabajando. Otro resumió la Revolución en una frase, que sus hijos ya no tendrían que pedir limosna. Un tercero dijo que por fin entraba al lugar donde antes venían los camajanes. Y un obrero que cruzó con su hijo soltó «¡Cómo he tenido que trabajar para traerte aquí a Varadero!».
Qué poner en el lugar de ese sistema fue la pregunta siguiente. En Santa Clara, Fidel rechazó las dos salidas cómodas. No creía posible que todos trabajaran movidos únicamente por el deber, y tampoco aceptaba lo contrario, tan disparatado «y puede decirse que antimarxista» como lo primero «concebir al hombre corriendo como loco detrás del dinero». Se entregaban premios, motocicletas, refrigeradores, casas, pero en un orden claro, el reconocimiento era «antes que nada, una cuestión de honor» y el objeto material solo lo expresaba. Y admitió el límite, sería idealista pedirle a quien se gana el pan cortando caña que rinda al máximo sin importarle cuánto cobra.
El caso más revelador es de 1964. Fidel contó que al leer los registros de Reinaldo Castro, machetero premiado cuya brigada quedó primera, le entró una preocupación, que un hombre así, repitiendo ese esfuerzo cada año, «se vuelve, entonces, una simple bestia de trabajo». Lo que propuso no fue subirle el premio, fue darle la posibilidad de estudiar.
Ahí está la pregunta que deja este centenario. Corre el siglo XXI, en plena cuarta revolución industrial, con máquinas que hacen el trabajo de cien hombres y sistemas capaces de organizar la producción de un continente. Y sin embargo hay trabajadores a los que el grado de explotación sigue reduciendo a simples bestias de trabajo, mientras una minoría cada vez más chica concentra cantidades de riquezas sin precedentes, riquezas que produjo la sociedad entera. Esta nueva aristocracia financiera y tecnológica no encontró la forma de aliviar la jornada. Encontró la de estirarla, fragmentarla y descontarle la protección. Si el trabajo es lo que hace al hombre, la pregunta es cuánto más se va a tolerar que haga lo contrario.
*Diego Lorca es Director del OITRAF (Observatorio Internacional del Trabajo del Futuro) y analista de NODAL
