Argentina y Brasil son los laboratorios donde la derecha vernácula y sus aliados del Norte pergeñan cómo ha de retornar el gobierno del stablishment, donde haya logrado reemplazar a gobiernos populares previos. En Brasil, con una sociedad civil menos activa que la de Argentina, la receta es de un oscuro simplismo: volvemos a los programas de puro ajuste, a la ortodoxia liberal, a las privatizaciones. El gobierno de Temer tiene escasa legitimidad de origen, y con este programa ‘ortodoxo’ agrega riesgos graves a su legitimidad por ejercicio. Pero tampoco apuesta a tal legitimidad: le queda poco tiempo, no ganó una elección y quizá no espera ganar otra, simplemente opera para realizar el ajuste, sin advertencia de los costos políticos.

En Argentina, donde la insurgencia popular es fuerte (si bien discontinua e ideológicamente lábil), un programa así no funcionaría. Por eso, encontramos un gobierno de típica derecha proestadounidense que, en lo estructural, va claramente en la misma dirección que el brasileño, pero que no liquida el gasto social de un solo golpe, porque teme a la resistencia social. Es brutal en algunas medidas (aumento de tarifas, por ej.), pero se retracta cuando advierte reacciones fuertes. Busca alianzas, y espera a mejor momento -tras las elecciones legislativas de 2017- para mostrar sus peores aristas de achique del gasto público.

Por ahora tal gasto no ha disminuido, pues el gobierno macrista echó a adversarios políticos a los que declaró ñoquis (en jerga argentina, vagos), para poner en su lugar a ñoquis del propio bando. Eso explica que, con miles de despedidos, haya igual número de empleados públicos. Y la Asignación por Hijo así como las jubilaciones estatales se han mantenido, y hasta expandido levemente.

En ese sentido, es un ajuste heterodoxo. Pero se dejó de recaudar a los grandes exportadores, se ha bajado el poder adquisitivo del salario entre 10% y 15% en menos de un año, hay ceses y despidos en las empresas privadas, y la inflación desde que subió Macri es de más del 40%.

Es decir: es el programa de siempre, pero retocado con algunas compensaciones. Con ello, se ha producido 3 millones de nuevos pobres y se ha aumentado sensiblemente la brecha entre pobres y ricos (esto último, según datos oficiales), pero sin disminuir un abultado déficit fiscal, cubierto con un brutal aumento de la deuda externa ($ 40.000 millones hasta ahora).

Este es el modelo pospopular: empeorar las condiciones del consumo mayoritario, pero veladamente. Con disimulo. En este sentido va el larvado lenguaje del macrismo, que habla de ‘hambre cero’ y de preocupación por los pobres, mientras está cubierto por grandes gerentes de empresas, y llueven denuncias por irregularidades financieras, que comienzan con las empresas offshore del propio Macri.

Quizá en esa ruptura esquizofrénica entre lenguaje y realidad, esté la base del extraño fenómeno nacional que hoy asola la Argentina: la emergencia de nuevas violencias urbanas. Femicidios feroces y repetidos, asesinatos con chuzas entre jóvenes, fiestas a las que adolescentes concurren con armas de fuego, son algunas de las ‘novedades culturales’ que nos está regalando este tiempo del gobierno de Macri.

(*) Doctor y Licenciado en Psicología por la Universidad Nacional de San Luis, Argentina. Profesor titular de Epistemología de las Ciencias Sociales (Universidad Nacional de Cuyo).Ha sido asesor de la OEA, de UNICEF y de la CONEAU (Comisión Nacional de Evaluación y Acreditación Universitaria). Ganador del Premio Nacional sobre Derechos Humanos y universidad otorgado por el Servicio Universitario Mundial. Columnista de El Telégrafo.