Bolsonaro mañana – El Nacional, Venezuela

Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de Nodal. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.

De Jair Bolsonaro, nuevo presidente del Brasil, solo tenemos el pasado. No sabemos lo que hará a partir de hoy, pero conocemos lo que ha dicho y hecho hasta llegar a la elevación política. Tiene sentido que las esperanzas del pueblo venezolano se aferren a que un vecino poderoso los ayude en la batalla contra la dictadura de Maduro, no en balde estamos ante combates duros y de difícil pronóstico, pero echarse en sus brazos sugiere numerosas cautelas.

Ignoramos, en efecto, lo que pretende hacer en adelante, después de llegar a la presidencia de su república, pero las noticias de su currículo no son esperanzadoras. Adquirió notoriedad debido a sus arengas violentas contra una parte considerable de la sociedad. Llenó sus discursos de anatemas racistas y de reproches contra los habitantes más humildes de su país. Se valió de arengas belicistas para encontrar el apoyo de una colectividad agobiada por la injusticia. No dejó títere con cabeza a la hora de mirar a la mitad de la sociedad brasileña, su mortal antagonista, hasta el punto de amenazarla con hogueras y cadalsos.

Su discurso fue recibido con entusiasmo por los electores, por grandes masas de desposeídos y esquilmados votantes, hasta el punto de convertirlo en un protagonista arrollador, en la hoz anhelada desde hacía mucho tiempo, en un vengador deseado por las multitudes, pero el fenómeno se debió a su estrategia de atizar pulsiones elementales, de desperezar odios dormidos que solo esperaban la voz de un sonoro despertador.

Eso es lo que, hasta ahora, tenemos de Jair Bolsonaro. No significa que actuará de acuerdo con lo que ha predicado, seguramente graduará el volumen de su mensaje, ya lo ha hecho en sus apariciones después de la victoria electoral. Pero son avisos del pasado, los únicos reales y concretos que ha ofrecido, que no pueden pasar inadvertidos por quienes confían en el portento de su salvavidas. El hecho de que, en su discurso de toma de posesión, anunciara cercanías con el presidente de Estados Unidos obliga a tenerlos presentes. Una alianza con Trump no permite pensar en salidas apacibles para el concierto latinoamericano.

El cambio que se pretende para la crisis venezolana no se puede fundamentar en la multiplicación de las divisiones, en el mayor desbordamiento del odio, en promesas de asperezas y sangre. Debe mirar hacia la cohabitación anterior al advenimiento del chavismo, para ver lo que nos deja como lección de fábrica, compartida. Sin calcarla, puede sugerir caminos alejados de la intemperancia y del ojo por ojo que puede llenarse de consistencia si nos atenemos a proclamas y consignas como las que pregonó hasta hace poco el candidato Bolsonaro transformado hoy en jefe de un poderoso Estado. Podemos abrir un sendero flamante, un destino sin las distancias que hasta ahora nos han consumido como sociedad. Las esperanzas no se pueden cifrar en el crecimiento del dolor de los venezolanos.

El Nacional