El mundial y la gloria (no es solo un partido) – Por Aarón Attias Basso

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El mundial y la gloria (no es solo un partido)

Por Aarón Attias Basso*

En ciertos momentos el mundo olvida su gris arquitectura de transacciones y cálculos, que sin embargo le sirven de infraestructura, para reunirse en cilindros de hormigón en los que se reescribe la historia. Allí las naciones no buscan el éxito tal como lo postula el mercado mundial, sino una forma  extraña de la eternidad que, si tuviese que nombrarla, la única palabra que encuentro proviene del mundo religioso, la gloria.

El Mundial es una interrupción esplendorosa del tiempo profano, esa llanura del cálculo donde la vida moderna se agota en la rutina, en la producción constante, en la utilidad como medida de cada gesto. Allí donde el capitalismo impone su ley de conmensurabilidad y equivalencia, en el que todo valor es monetario, el estadio emerge como un recinto de lo heterogéneo, esa materia inasimilable que rompe el curso regular de las cosas para instaurar una efervescencia que recuerda una verdad fundamental de la existencia humana. En ese espacio-tiempo —más real que lo real— cada nación abandona su servidumbre utilitaria para entregarse a un gasto soberano, una suerte de «consumación» o pérdida prodigiosa de energía que no busca más que la soberana destrucción del excedente en favor de un objeto trascendente.

Estamos viviendo un momento mayor, en el que se nos abre la posibilidad de reconocemos en la entrega de tiempo, de energía, de pensamiento y de afecto que realizamos ante cada partido para reafirmar nuestra pertenencia a una comunidad de creencia que trasciende y suspende la competencia entre compatriotas. Es un modo de la embriaguez, un delirio colectivo. Es la nación dispuesta a un derroche, una predisposición a lo comunitario y a la lógica del don, en la que encuentra su verdad en el resplandor de su pérdida, escapando a la inercia mercantil de una sociedad que solo reconoce la razón técnica y el valor de cambio. Es una forma de sacudirse la banalidad del precio y el costo para situarse en la esfera de lo inconmensurable, donde lo sagrado se manifiesta como una fuerza que despierta emociones contradictorias y profundas, desestabilizantes y desindividualizantes.

En este altar deportivo, la justicia no es la de los tribunales ni la de los mercados, sino una justicia mítica que abandona definitivamente el reino de lo racional-legal para adentrarse en la creencia misteriosa pero también innegable. El mundial es milagroso cada vez que las naciones más diminutas son reconocidas por un instante, en el que los expoliados tienen su momento de goce respecto de quienes hace siglos que los fagocitan. Si el triunfo resulta tan importante es porque opera como mecanismo de sacralización, como producción del ídolo que encarna la sacralidad pura de una nación. La victoria sitúa al vencedor por fuera del sistema ordinario de las cosas, transformándose en el punto donde la contingencia finalmente se detiene ante el resplandor del acontecimiento, en el que el tiempo que en lo cotidiano es gris, pesado, contable, se transfigura en historia.

Así, el mundial funciona como un ritual de sacralización que subvierte  los sentidos dominantes mediante la instauración de una distancia absoluta entre lo valioso y lo vulgar, entre lo digno y lo abyecto.  Mientras el capital opera el mundo bajo el signo del vacío y la indiferenciación, en el estadio se instituyen jerarquías de gloria que no pueden comprarse ni venderse, sino solo habitarse a través del riesgo y el exceso. Es allí, en el rugido de las tribunas, donde la sociedad se crea y se recrea a sí misma bajo la forma de un sueño compartido, por más banal que le resulte a quien lo vea desde afuera. El mundial nos recuerda que la vida en común no se sostiene por el contrato, sino por la capacidad de darse, y que el propósito final de toda vida es tan solo jugar con otros.

*Doctor en Ciencias Sociales por la UBA. Argentina.


 

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